MEMORIAS DE UN DESMEMORIADO. –

Monumento a Peter Pan en Hyde Park

Nuestro primer viaje a Londres fue en el otoño de 1975. Un par de años antes, se había producido la incorporación de Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca a la Comunidad Europea y se vivían las primeras experiencias como país miembro. Era un momento interesante porque se habían incrementado mucho las visitas de muchos países del resto de Europa. La pertenencia a la Comunidad ofrecía muchas facilidades y los precios eran muy razonables en aquella época.

Fue una interesante experiencia encontrar unos ciudadanos con un sentido de condescendiente superioridad, pero siempre dispuestos a ayudar al forastero con mucha amabilidad. En el momento que te encontrabas desorientado, siempre había algún ciudadano (con más frecuencia señoras mayores) que se aproximaba con una sonrisa y la frase: “May I help you”. He procurado a lo largo de mi vida, cada vez que he visto un ciudadano británico desorientado en mí tierra, acercarme con la misma frase y tratar de ayudarle.

Para empezar a orientarnos contratamos una visita guiada en bus para tener una visión global, al menos, de los lugares más emblemáticos. El guía, una persona de mediana edad y español impecable, nos fue ilustrando sobre la historia de los lugares y monumentos que visitamos, salpicando algunas disertaciones con anécdotas vinculadas al lugar visitado, que hacían la visita más amena.

Al visitar el barrio de Chelsea, uno de los más elegantes en la época, nos contó la anécdota que a continuación ofrezco como la recuerdo.

Vivían en ese barrio y a corta distancia, dos grandes literatos, George Bernard Shaw y Oscar Wilde. Había una cierta enemistad, celos profesionales, entre aquellos dos grandes personajes de la literatura universal, ambos con mucho talento, mucha arrogancia y engreimiento. Parece que el Sr. Shaw tenía además un carácter bastante hosco e irascible y como consecuencia, el número de sus amigos no era muy amplio.

En 1892, Wilde estrenó en el teatro St. James su obra “El abanico de Lady Windermere”. Siguiendo la costumbre entre colegas, caballerosos y bien educados, Wilde le envió a Shaw, dos entradas para el día del estreno acompañadas de una nota malintencionada:

Apreciado Mr. Shaw, el próximo día xx, se estrena en el Teatro St. James, mi obra “El abanico de Lady Windermere” y me complacería poder contar con su asistencia. Para ello le adjunto dos localidades preferentes, una para Vd. y otra para un amigo, si es que tiene alguno.

El siguiente día, Wilde recibió devueltas sus dos entradas con el siguiente mensaje:

Muy agradecido por su amable invitación. No podré asistir debido a un compromiso previo en esa misma fecha y hora.  Pero tendré mucho gusto en asistir a una representación posterior, si es que se sigue representando el siguiente día.

Parece que fue el primer gran éxito teatral de Wilde y estuvo en cartel durante mucho tiempo. Ignoro si el Sr. Shaw se dignó ir a verla.

La anécdota es divertida y refleja muy bien el carácter y el ingenio británico, pero me parece poco creíble, aunque con el peculiar carácter británico, todo es posible.

En cualquier caso, como dicen los italianos, “Si non e vero, e ben trovato”

¿Los últimos días de España?

atentados 11 MArticulo muy interesante del Sr. Joseph Stove

En 2007, el prestigioso escritor de la posguerra europea Walter Laqueur publicó «The Last Days of Europe», un lúcido estudio sobre las causas de la decadencia europea. El libro no ha sido publicado todavía en España, donde la corrección política se impone. Laqueur trata de dar respuesta a la cuestión de qué ocurre en una sociedad cuando bajos índices de natalidad sostenidos y envejecimiento, se juntan con una inmigración incontrolada.

El autor cree que Europa, dada su debilidad, jugará, en el futuro, un modesto papel en los asuntos mundiales, a la vez que muestra su certeza de que será algo más que un museo de pasadas gestas culturales, para el solaz de turistas asiáticos.

Por supuesto que España no se escapa de su agudo análisis y deja constancia de su rol en el «landslide» europeo. El contexto sociocultural que expone Laqueur, es motivo para reflexionar sobre las singularidades que aquejan a España y que no comparte con ningún otro país de Europa, lo que hace de su situación algo particularmente grave:
– En España, a los 30 años de aprobarse una constitución democrática, el modelo de estado sigue sin cerrarse, lo que se ha traducido en una dinámica de descomposición. En un arrebato de originalidad se puso en práctica un modelo excepcional en el constitucionalismo comparado: se inventó el «estado de las autonomías».

Su materialización ha consistido en ir desposeyendo, paulatinamente y sin pausa al Estado de sus competencias, creando a la vez fronteras interiores basadas en exclusivismos artificiales y en diferentes niveles de bienestar.

– España es el único país de Europa con un terrorismo propio, de carácter secesionista, donde sus miembros y simpatizantes están en las instituciones del estado y reciben ayuda de los presupuestos públicos.

– En España, se relativiza, o se niega el concepto de nación, impulsado por un «status» de idiosincrasia política que permite la puesta en manos de exiguas minorías independentistas, resortes políticos que cualquier estado con un mínimo sentido de la supervivencia no osaría considerar, ni tan siquiera en tono de broma, su transferencia a las regiones. Ejemplo: la educación.

– Y, sobre todo, existe un hecho de enorme importancia social: el pueblo español cree que vive en una democracia consolidada.

Las «élites» políticas españolas trasmitieron al pueblo que se había terminado con éxito la «transición política» y que todos se habían convertido en «demócratas de toda la vida». Se había conseguido un hecho espectacular, lo que otras naciones habían tardado siglos en alcanzar, España lo había conseguido en una década prodigiosa. Se instaló en la opinión pública la certeza de que era madura y estaba bien informada, que había una clase política experta y con sentido de estado, que funcionaba la separación de poderes y actuaba como la fortaleza de la democracia, dado el vigor y prestigio de sus instituciones. Todo era una falacia.

Un largo periodo de crecimiento económico y bienestar material enmascaró durante años la metástasis que corroía el cuerpo nacional. El fin de los sueños se produjo el 11 de marzo de 2004. Un ataque, posiblemente por parte de un actor no estatal, en forma de acción terrorista, iba a poner de manifiesto la enfermedad terminal que aquejaba a España. La sociedad lo encajó como un «atentado», un hecho al que estaba acostumbrada por las innumerables acciones de ETA y que tenía su liturgia particular.

Empieza con el estupor e indignación, sigue con las condenas, las manos blancas a continuación y, después, el olvido, hasta el siguiente golpe.
Pero esta vez, el ataque era de carácter «apocalíptico», no era «selectivo» como los anteriores. Tenía un objetivo claro, destruir España como actor estratégico. Los casi doscientos muertos y los cientos de heridos, efecto material del ataque, sólo eran el catalizador para alcanzar los efectos estratégicos, los terroristas habían finalizado su trabajo. Los creadores de opinión pública y la puesta en práctica de una política diferente se encargarían de materializar esos efectos: El pueblo español se encogió.

 No había sido casual que España fuese elegida como blanco. La debilidad de sus instituciones y la vulnerabilidad de su opinión pública, la hacían pieza adecuada para asestar un duro golpe al mundo occidental, suprimiendo a uno de sus peones.

A partir del 11 de marzo de 2004, España desapareció como actor estratégico y se volvió hacia sí misma, como había hecho en los dos siglos anteriores. Una ola de «catetismo» invadió el país. La fabricación de «diferencias» entre regiones se acentuó, «la España plural», a la vez que la Constitución se adaptaba convenientemente a las circunstancias. Se apeló a la «memoria histórica», como si de la Guerra Civil al posmodernismo de principios del siglo XXI no hubiese ocurrido nada, y se articuló una política de «ampliación de derechos» que no era más que ingeniería social, al más puro estilo orwelliano.

El 11 de marzo de 2004 se convirtió en fecha incómoda. La sociedad española no consideró la acción terrorista un ataque a su integridad, sólo una retribución por una errónea política exterior. 

Cualquier estado moderno que sufriese una agresión semejante habría empleado (TODOS) los resortes adecuados para conocer quien promovió el ataque y a quien beneficiaba, en el ámbito internacional, para actuar en consecuencia. Pero a una sociedad que se le había inoculado el «no a la guerra«, no podía concebir que alguien emplease la violencia organizada para alcanzar fines políticos. La solución fue aplicar el procedimiento penal, aunque era, a todas luces, insuficiente. La «verdad judicial» aclararía el hecho.

Hoy se conoce dicha verdad, pero poco se sabe de quién ordenó el ataque y a quien benefició en el ámbito internacional. La opinión pública, dirigida por su clase política y por los medios de comunicación, olvida. Como señala Laqueur, Europa está enferma. El bajo nivel de natalidad y una inmigración descontrolada, es un cóctel letal para el ser europeo y para cualquier sociedad.

España sufre esa enfermedad y, además, su propia deriva centrífuga, que puede acelerarse al ampliarse las desigualdades sociales por la crisis económica.

Su sociedad está enferma y su mediocre clase política es incapaz de encontrar el tratamiento adecuado ya que, sin excepciones, se embarca en una huida hacia delante, alabando el «estado de las autonomías» y evitando las referencias éticas.

Si no se reacciona, todo hace indicar que «The last days of Spain» precederán a los del resto de Europa.»

SOBRE EL AUTOR: El Sr. Joseph Stove, es analista político. Colabora con la Ilustración Liberal y con el GEES (Grupo Español de Estudios Estratégicos) con certeros y documentados análisis sobre temas internacionales.  Este artículo se publicó en febrero de 2010 en La Ilustración Liberal

EL VALLE DE LOS CAÍDOS

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Artículo publicado en el diario Ya, de los Sres. D. Alberto Bárcena y D. Laureano Benítez Grande-Caballero que guardaba en mi archivo. No guardé la fecha de publicación, pero pienso que fue en ocasión de alguna otra ronda de estupideces como la actual sobre el Valle de los Caídos.

Toda la verdad y nada más que la verdad sobre el Valle de los Caídos.

El Valle de los Caídos en un conjunto monumental construido entre los años de 1940 y 1958 en el Valle de Cuelgamuros, en la Sierra Norte de Madrid. Fue concebido por Francisco Franco como un mausoleo donde fueran enterrados cristianamente los fallecidos en la Guerra Civil española, pertenecientes a los dos bandos en lucha, por lo cual su verdadero espíritu es el de ser un monumento a la reconciliación nacional, siendo una completa falsedad afirmar que es un mausoleo franquista, un monumento al fascismo, porque Franco no levantó la Basílica con la intención de que fuese su sepultura. Fue enterrado allí, porque el rey Juan Carlos I, de acuerdo con el Gobierno y el Ayuntamiento de Madrid, así lo decidió a los tres días de su fallecimiento.

Con este objetivo, están allí inhumados 33.384 fallecidos durante la contienda, de los cuales pertenecen al bando nacional el 58%, y al bando rojo el 42% restante. Los cuerpos fueron trasladados allí desde toda España, con el consentimiento de sus familias en la gran mayoría de los casos, en muchas ocasiones recogidos de las cunetas, porque Franco deseaba que sus restos descansaran en terreno sagrado.

Aparte de ser un Centro de reconciliación nacional, Franco quiso erigir en el Valle de los Caídos un monumento a la fe católica, que consta de una basílica y de un monasterio benedictino, edificaciones donde no existe absolutamente ninguna alusión a la victoria franquista, ni a la derrota de la España republicana, y que carece por completo de cualquier símbolo que pudiera ser calificado de franquista o de fascista, pues Franco no levantó el Valle para que fuera un centro de adoctrinamiento de su régimen, ni de celebración de la victoria. En su lugar, el complejo monumental contiene todos los principales símbolos, dogmas y principios de la fe católica, simbolizado por la enorme cruz de 150 metros que preside el conjunto monumental, considerada como la mayor del mundo.

Un pretexto del que se valen quienes quieren acabar con el Valle de los Caídos es el de recuperar los restos de los allí fallecidos para proceder a su identificación y su devolución a las familias, pero los expertos que han estudiado el tema afirman que realizar esto es completamente imposible, y así se ha reconocido en las instancias oficiales.

También se alega que Franco no falleció en la Guerra Civil, por lo cual no debería estar enterrado en un monumento que guarda los restos de los que sí perdieron la vida durante la contienda. Pero este argumento no quiere tener en cuenta que, según el Derecho Canónico, el fundador y benefactor de una institución o edificación religiosa tiene pleno derecho a ser enterrado en ella, y esto se ha hecho así a lo largo de los dos milenios de historia de la Iglesia.

Por otra parte, según afirman todas las leyes internacionales, es completamente ilegal la profanación de tumbas, hecho en que incurriría el Gobierno que quisiera exhumar los restos de Franco, ya que su familia se opone completamente a ello, y ha afirmado ante notario que no se hará cargo de los restos exhumados.

En cuanto a la historia de que el Valle fue edificado con el trabajo esclavo de miles de presos republicanos, es otra completa falsedad, otro argumento con el que se quiere justificar el ataque al Valle. Este tema ha sido investigado exhaustivamente por el doctor Alberto Bárcena, que empleó en el estudio ocho años de trabajo, accediendo a miles de actas, y con sus conclusiones elaboró su tesis doctoral ―y posteriormente un libro, que publicó con el nombre de «Los presos del Valle de los Caídos», editorial San Román, 2015― cuyo contenido resume él mismo con estas palabras:

«El 23 de enero de 2013 defendí mi tesis doctoral, titulada “La redención de penas en el Valle de los Caídos”, en la Universidad CEU San Pablo. Era el resultado de siete años de investigación que venían a contradecir absolutamente la leyenda negra tejida contra el monumento y contra el propio franquismo, presentado desde hacía años como un régimen tiránico que habría explotado inhumanamente a miles de presos políticos en aquellas obras, con el resultado de varios miles de muertos en accidentes laborales o a causa de las condiciones extremadamente duras que se les obligó a soportar.

El propio monumento se ha presentado como una construcción faraónica levantada a mayor gloria del jefe del Estado y del bando ganador en la Guerra Civil. Para desmentir esto último basta leer el decreto de 23 de agosto de 1957 que constituye la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, ya próximo el final de las obras. En él consta con toda claridad que aquel era un monumento a todos los caídos de los dos bandos, “bajo los brazos pacificadores de la Cruz”, a la vez que se establecía la fundación de una comunidad religiosa encargada del culto en la basílica; de rezar por todos los caídos, y de dirigir una escolanía, que sigue funcionando, y un Centro de Estudios Sociales cuya finalidad era recopilar y dar a conocer la Doctrina Social de la Iglesia como instrumento capaz de establecer un régimen social verdaderamente justo. Dicho centro, de brillante trayectoria, dejó de funcionar al verse privado de la financiación oficial establecida, por decisión del gobierno de Felipe González.

En cuanto a la construcción del monumento, objeto de mi estudio, encontré un fondo documental, apenas utilizado por los investigadores, de 69 cajas que contienen miles de documentos relativos a las obras. Se trata del Fondo Valle de los Caídos conservado en el Archivo General del Palacio Real de Madrid, sección de Administraciones Generales. Las fuentes primarias, tanto como los testimonios publicados y los textos legales, contradicen el mito calumnioso en todos sus extremos: los trabajadores penados tenían que solicitar, mediante una instancia presentada en el Patronato de Nuestra Señora de la Merced para la Redención de Penas, del ministerio de Justicia, su traslado al Valle de los Caídos. Y lo hacían por razones obvias reconocidas por los propios presos cuando fueron entrevistados tras la muerte de Franco: en primer lugar, reducían sus condenas en una proporción que llegó a ser de seis días de condena por uno de trabajo, contándose a tal efecto las bajas laborales y las horas extraordinarias que realizaran. Esta figura jurídica ―la redención de penas―, creada en plena guerra civil, junto a los indultos que alcanzaron a los presos, tuvo como consecuencia la reducción de las condenas, hasta quedarse en una cuarta parte o menos de lo que marcara la sentencia.

Aparte de esto, los penados cobraban jornales iguales a los de los trabajadores libres, con los que compartieron los trabajos en completa igualdad de condiciones, también en cuanto a sus seguros sociales.

En lo que respecta al número, los presos oscilaban entre 500 y 800 de promedio, y solamente participaron en las obras durante siete de los diecinueve años que duraron (entre 1943 y 1950, cuando fueron indultados ya los últimos). Además, se construyeron poblados donde pudieron llevar a sus familias, y contaron allí con escuela gratuita y obligatoria para sus hijos, que estudiaban junto a los de los libres y los funcionarios que también vivieron allí; el maestro era uno de los presos que había llegado al Valle por los mismos motivos que el resto de penados, y siendo ya libre permaneció allí ejerciendo su profesión, lo mismo que el médico (uno de ellos si no me falla la memoria, fue el padre del Sr. Peces Barba, que una vez cumplida su pena, prefirió seguir en el Valle hasta la terminación de las obras) y el practicante.

En resumen, puede decirse que la realidad del Valle de los Caídos es diametralmente opuesta a la falacia que se viene difundiendo desde hace décadas interesadamente».

Como consecuencia de todos los argumentos considerados, se puede concluir que tras la decisión política de exhumar los restos de Franco lo que se oculta es un proyecto de persecución religiosa a la fe católica, persecución tradicional en los partidos de izquierda, que en la Segunda República española protagonizaron una de los holocaustos de católicos más horrendos de la historia, con asesinatos masivos de religiosos y destrucción de edificios religiosos. Esto último es lo que buscan realmente con sus ataques al Valle de los Caídos, contra lo que todos los católicos están llamados a combatir.

LA DEMOCRACIA EN AMERICA

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ALEXIS DE TOCQUEVILLE.

La noticia aparecida en la prensa de que un cretino, concejal del Ayuntamiento de Los Ángeles (California), ha ordenado la retirada de una estatua dedicada a Cristóbal Colón, y su afirmación de que debían destruirse en todo el mundo, por considerarlo el iniciador de un genocidio sin precedentes en la historia, me ha llevado a publicar este artículo en mi blog, que hace tiempo venía preparando.

Me uno a la indignación del admirado Sr. Pérez Reverte y espero que sirvan las informaciones de Monsieur Tocqueville, para ofrecer unas autorizadas opiniones sobre quiénes fueron los autores del genocidio en lo que hoy son los Estados Unidos de América.

El pobre don Cristóbal, abrió nuevos horizontes, grandes espacios para la humanidad, y de ninguna manera puede ser culpable de lo que hicieron los que vinieron tras él. Como se puede comprobar en las transcripciones que tomo del libro de Monsieur Tocqueville que da título a este artículo, no fue Colón quien perpetró el genocidio, sino todos los pueblos que invadieron el norte de ese continente, muy en especial los sajones.

Quiero que sirva también este escrito para poner de manifiesto el distinto trato que tuvieron los países colonizados por España y Portugal (a pesar de la leyenda negra urdida por esos mismos sajones que cometían todo tipo de tropelías y negaban cualquier derecho a los pueblos sometidos), que conservan grandes poblaciones indígenas y mestizas, con las del norte del continente donde tuvieron que confinar a los nativos allí existentes en una especie de zoológicos, ocultos tras la neutra denominación de “Reservas”, con el objeto de que no se perdieran totalmente las razas anteriores a su colonización.

Alexis Henri Charles de Clérel, vizconde de Tocqueville, fue un pensador, jurista, político e historiador francés, precursor de la sociología y uno de los más importantes ideólogos del liberalismo temprano. Tocqueville es conocido por su obra «La democracia en América» en dos volúmenes y también por «El Antiguo Régimen y la Revolución«.

Nacido el 29 de julio de 1805 en una familia de monárquicos que perdió a varios de sus miembros durante el período conocido como “El Terror” en la Revolución francesa. La caída de Robespierre (el modelo del gran demócrata Lenin) en el año II de la Revolución (1794), libró in extremis a sus padres de la guillotina. Probablemente por esta razón, desconfió toda su vida de los revolucionarios, sin que ello lo llevara a planteamientos ultraconservadores.

Estudió Derecho y obtuvo una plaza de magistrado en Versalles en 1827. Su inquietud intelectual lo llevó a aceptar una misión gubernamental para viajar a los Estados Unidos a estudiar su sistema penitenciario en 1831. Su estancia allí duró nueve meses, y le sirvió para profundizar en el análisis de los sistemas político y social estadounidense, que describió con mucha amplitud en la obra que ha servido de base a este artículo.

Todo lo transcrito, es una muy pequeña parte del capitulo 10 de la obra, cuyo titulo es “Consideraciones sobre las tres razas que habitan Estados Unidos”. Tras el capitulo dedicado a los nativos indios viene otro de título: “Posición que ocupa la raza negra en los EEUU; peligros que su presencia hace correr a los blancos”. Más adelante publicaré algunas reflexiones que hace sobre el tema de ese capítulo. No tienen desperdicio. Realmente vale la pena leer el libro porque es extraordinario e instructivo.

“Estado actual y probable futuro de las tribus indias que habitan el territorio poseído por la Unión”.

“Todas las tribus indias que en otro tiempo habitaban el territorio de Nueva Inglaterra, los narragansetts, los mohicanos, los pecots, sólo existen ya en el recuerdo de los hombres; los lenapes, que recibieron a Penn hace ciento cincuenta años en las orillas del Delaware, hoy han desaparecido. He conocido a los últimos iroqueses: pedían limosna. Todos los pueblos que acabo de nombrar se extendían antaño hasta la orilla del mar; ahora hay que andar más de cien leguas por el interior del continente para encontrar un indio. A estos salvajes no sólo se les ha hecho retroceder, sino que se les ha destruido[i]. A medida que los indígenas huyen y mueren, ocupa su lugar y crece incesantemente un pueblo inmenso. Nunca se había visto entre las naciones un desarrollo tan prodigioso y una destrucción tan rápida. En cuanto a cómo se opera esta destrucción, es fácil describirlo”.

“Cuando los indios eran los únicos que habitaban el desierto del que hoy se les expulsa, sus necesidades eran escasas; ellos mismos fabricaban sus armas, el agua de los ríos su única bebida y usaban por vestidura la piel de los animales cuya carne les servía de alimento”.

“Los europeos introdujeron entre los indígenas de América del Norte las armas de fuego, el hierro y el aguardiente y les enseñaron a sustituir con nuestros tejidos las bárbaras vestimentas con que hasta entonces se había contentado la simplicidad india. Al contraer nuevos gustos, los indios no aprendieron el arte de satisfacerlos y han tenido que recurrir a la industria de los blancos. A cambio de estos bienes que no sabía crear, el salvaje no podía ofrecer nada sino las ricas pieles que aún encerraban sus bosques. A partir de ese momento, la caza no sólo debía ya proveer a sus necesidades sino a las pasiones frívolas de Europa. Ya no perseguía a los animales de las selvas sólo para nutrirse, sino para procurarse los únicos objetos de intercambio que podía ofrecernos[ii]”.

“Mientras las necesidades de los indígenas iban así aumentando, sus recursos no dejaban de decrecer. Tan pronto como un establecimiento europeo se implanta junto a un territorio ocupado por los indios, la caza se siente alarmada[iii] . Los millares de salvajes que erraban por los bosques sin morada fija no la espantaban; pero en el instante en que el estruendo continuo de la industria europea se deja oír en algún sitio, empieza a huir y a retirarse hacia el este, donde su instinto le dice que todavía encontrará desiertos sin límites. Las manadas de bisontes se retiran sin cesar -dicen los señores Cass y Clark en su informe al Congreso de 4 de febrero de 1829-; hace algunos años se acercan todavía al pie de los Alleghany; dentro de pocos será tal vez difícil ver alguno en las inmensas llanuras que se extienden frente a las Montañas Rocosas. Me han asegurado que el efecto de la proximidad de los blancos a veces se dejaba sentir a doscientas leguas de la frontera. Su influencia se ejerce así sobre tribus cuyo nombre apenas conocen, y que padecen los males de la usurpación mucho antes de conocer a los autores de la misma[iv]”.

[…]

“Les resulta fácil hacerlo, pues los límites del territorio de un pueblo cazador siempre son imprecisos. Por otra parte, este territorio pertenece a la nación entera y no es propiedad nadie determinado; el interés individual no defiende, pues, ninguna de sus partes”.

“Unas cuantas familias europeas, ocupando puntos muy alejados entre sí, acaban de expulsar definitivamente a animales salvajes de todo el espacio intermedio que se extiende entre ellas. Los indios, que hasta entonces habían vivido en una especie de abundancia, apenas encuentran medios de subsistencia, y aún les resulta más difícil procurarse los objetos con que realizan el intercambio que necesitan. Espantarles la caza es como llevar la esterilidad a los campos de nuestros cultivadores. Pronto los medios de existencia faltan por completo. Se ve entonces a esos desventurados, vagar como lobos hambrientos por sus bosques desiertos. El amor instintivo de la patria los ata al suelo que los vio nacer[v], donde no encuentran más que miseria y muerte. Por último, se deciden; parten de allí, y siguiendo a distancia en su huida al alce, al búfalo y al castor, dejan a estos animales el cuidado de escoger su nueva patria. No son, pues, propiamente hablando, los europeos, quienes echan del territorio a los indígenas de América: es el hambre; feliz distinción que escapó a los antiguos casuistas y que los doctores modernos han descubierto”.

“Son inimaginables los horrores que acompañan a estas migraciones forzosas. Cuando los indios abandonaron los campos paternos, ya estaban extenuados y disminuidos. La región donde van a fijar su morada está ocupada por otros pueblos que miran con recelo a los recién llegados. Detrás de ellos está el hambre; ante ellos la guerra, y por todas partes la miseria. Para escapar a tantos enemigos, se dividen. Cada uno de ellos se va por su lado, para encontrar furtivamente medios con que sostener su existencia, y vive en la inmensidad de los desiertos, como el proscrito en el seno de las sociedades civilizadas. El lazo social, ya hace tiempo debilitado, se rompe. Ahora no hay patria para ellos y pronto no habrá pueblo; apenas quedarán las familias; el nombre común se pierde, la lengua se olvida, las huellas del origen desaparecen. El pueblo ha dejado de existir. Apenas vive en el recuerdo de los anticuarios americanos, y tan sólo es conocido por algunos eruditos de Europa”.

“No quisiera que el lector crea que recargo las tintas. He visto con mis propios ojos muchas de las miserias que acabo de exponer; he contemplado males que me sería imposible describir”.

“A finales del año 1831 me encontraba en la margen izquierda del Mississippi, en un lugar llamado Menfis por los europeos. Mientras estaba allí, llegó una numerosa tropa de choctaws (los franceses de Luisiana les llaman chactas); estos salvajes abandonaban su país e intentaban cruzar a la orilla derecha del Mississippi, donde esperaban encontrar lo que el gobierno americano les había prometido. Estábamos en pleno invierno y el frío se dejaba sentir ese año con violencia desacostumbrada. La nieve había endurecido la tierra y el río arrastraba enormes bloques de hielo. Los indios llevaban consigo a sus familias, cargando con heridos y enfermos, niños que acababan de nacer y ancianos que iban a morir. No tenían ni tiendas ni carros; tan sólo algunas provisiones y armas. Los vi embarcar para cruzar el gran río, y ese espectáculo solemne jamás se apartará de mi memoria”.

“De aquella compacta muchedumbre no surgían sollozos ni quejas; todos guardaban silencio. Sus desgracias ya eran antiguas, y las sabían irremediables. Todos los indios habían entrado ya en el barco que debía transportarles; sus perros permanecían aún en la orilla. Cuando estos animales vieron por último que iban a alejarse para siempre, lanzaron a un tiempo espantosos aullidos y, arrojándose todos a la vez a las gélidas aguas del Mississippi, siguieron a sus amos a nado hasta perecer ahogados”.

“El desposeimiento de los indios se suele efectuar hoy de una manera regular y, por así decirlo, completamente legal[vi].

[…]

“Acabo de describir grandes males, pero he de añadir que me parecen irremediables. Creo que la raza india de América del Norte está condenada a morir, y no puedo menos que pensar que el día en que los europeos se hayan establecido en la orilla del océano Pacífico habrá dejado de existir[vii]”.

“Los indios de América del Norte no tenían más que dos caminos de salvación: la guerra o la civilización; en otras palabras, tenían que acabar con los europeos o convertirse en sus iguales”.

“En los primeros tiempos coloniales habrían podido, uniendo sus fuerzas, desembarazarse del corto número de extranjeros que se establecían  en las orillas del continente. Mas de una vez intentaron hacerlo, estando a punto de lograrlo. Hoy día, la desproporción de recursos es demasiado grande para que puedan soñar en tal empresa”.

Al final de este capítulo, el señor Tocqueville, tras recitar la obligada letanía de las “horribles masacres” de los españoles sobre las poblaciones indígenas, deja este par de perlas apoyándose en la leyenda negra urdida por los sajones: “[…] pero todo no se puede destruir y el furor tiene un término; el resto de poblaciones indias que escapara a las matanzas acaban por mezclarse con sus vencedores y por adoptar su religión y sus costumbres”

“Los españoles […], no han llegado a exterminar a la raza india, ni pudieron siquiera impedir que compartieran sus derechos. Los americanos de EEUU han obtenido este doble resultado con maravillosa tranquilidad, tranquilamente […] No es posible destruir a los hombres respetando mejor las leyes de la humanidad (¿?)”.

O sea, los españoles en cuyos dominios se han mantenido las poblaciones autóctonas, y que incluso en la actualidad son mayoritarias en muchos países, hemos sido una raza de genocidas exterminadores. Por el contrario, los pobladores del norte del continente que han tenido que crear “reservas” para que quedara algún vestigio de todas aquellas razas, son los que han cumplido “las leyes de la humanidad”.

Por citar solo algunos ejemplos de respeto a las leyes de la humanidad, recuerdo solo las batallas de Fallen Timbers, agosto de 1794; Point Pleasant, octubre 1794, en la que murió el padre de Tecumseh; Tippecanoe, noviembre 1811; Thamesville, octubre 1813, donde perdió la vida el caudillo Tecumseh (ver artículo publicado en este blog sobre el personaje) y la famosa Wounded Knee, 28 de diciembre de 1890, donde fue atacado el campamento de una tribu india con cuatro cañones además de los rifles y ametralladoras, con el resultado de unas 300 personas muertas, al menos 200 mujeres y niños. Son algunas de las más destacadas (en internet buscando “las guerras indias” se pueden encontrar muchas más), pero la determinación de exterminar a los indios, fue continua tan pronto pusieron los sajones el pie en el continente americano.

ASI SE ESCRIBE LA HISTORIA.

 

[i] En los trece Estados originarios no quedan más que 6.373 indios. (Véase Documentos legislativos, XX Congreso, n.º 117, p. 20.) Clark yCass.

[ii] Los señores Clark y Cass, en su informe al Congreso de 4 febrero de 1829, p. 23, decían:

“Ya está lejano el tiempo en que los indios podían procurarse los objetos necesarios para su sustento y vestido sin recurrir a la industria de los hombres civilizados. Al otro lado del Mississippi, en un país donde aún se encuentran grandes rebaños de búfalos, habitan tribus indias que siguen a estos animales salvajes en su emigración; los indios de que hablamos todavía encuentran el medio de vivir conformándose a todos los usos de sus padres; pero los búfalos retroceden sin cesar. Hoy sólo pueden cazarse ya con fusiles o trampas los animales salvajes de especies más pequeñas, como el oso, el gamo, el castor y la rata almizclera, que son los que especialmente proporcionan a los indios su necesario sustento.”

[iii] «Hace cinco años -dice Volney en su Cuadro de los Estados Unidos, p. 370-, yendo de Vincennes a Kaskaskias, territorio comprendido hoy en el Estado de Illinois, y entonces completamente salvaje, 1797, no se atravesaba ninguna pradera sin ver rebaños de cuatrocientos a quinientos búfalos; hoy día no queda ninguno; han cruzado el Mississippi a nado, empujados por los cazadores y sobre todo por los cencerros de las vacas americanas.» El conde de Volney es otro interesante personaje de principios del S. XIX. Autor de “Las ruinas de Palmira” y “La Ley natural”. Es uno de los más destacados representantes del racionalismo, cuyo pensamiento entronca con la Ilustración.

[iv] Puede comprobarse la verdad de lo que digo consultando el cuadro general de las tribus indias contenidas dentro de los límites reclamados por los Estados Unidos. (Documentos legislativos, XX Congreso nº 117, pp. 90-105.) Se observará que las tribus del centro de Norteamérica decrecen rápidamente, aunque los europeos se encuentran aún muy lejos de ellas.

[v] Los indios, dicen Clark y Cass en su informe al Congreso, p. 15, tienen por su país el mismo sentimiento afectivo que nos liga a nosotros al nuestro: además, unen a la idea de ceder tierras que el Gran Espíritu concedió a sus antepasados ciertas ideas supersticiosas de gran poder sobre las tribus que aún no lo han hecho o que sólo han cedido aún una pequeña parte de su territorio a los europeos. “No vendemos el lugar donde reposan las cenizas de nuestros padres”, es la primera respuesta que dan a quien les propone comprarles sus campos.

[vi] El 19 de mayo de 1830, Mr. Ed. Everett afirmaba ante la Cámara de Representantes que los norteamericanos ya habían adquirido por tratado (¿?), al este y al oeste del Mississippi, 230.000.000 de acres. (Unos 93 millones de hectáreas)

[vii] Esta opinión, por lo demás, es, a mi parecer, la de casi todos los hombres de Estado norteamericanos. «Si se juzga el porvenir por el pasado -decía Cass al Congreso- es de prever una disminución progresiva del número de indios hasta llegar a la extinción final de su raza. Para que este acontecimiento no tuviese lugar, sería preciso que nuestras fronteras dejaran de extenderse y que los salvajes se estableciesen al otro lado, o bien que operase un cambio completo en nuestras relaciones con ellos, lo que razonablemente no es de esperar.»

 

 

LA CASA DEL TERROR

BOULEVARD ANDRASSY 60. BUDAPEST

TANQUE

Cualquiera que haya visitado Budapest, sabe que una de las más hermosas arterias de la capital es el Boulevard Andrássy. Ornada de frondosos árboles y flanqueada de lujosas villas y edificios señoriales, conecta el centro de la ciudad con la Plaza de los Héroes. Lleva el nombre de uno de los más grandes estadistas húngaros del Imperio Austro-Húngaro, el Conde Gyula Andrássy. También es conocida porque los regímenes del terror del siglo XX, Nazis y Comunistas, eligieron un bello edificio situada en este paseo para sede de sus ejecuciones y torturas: el edificio de estilo neo-renacentista en Andrássy 60, que fue diseñado por Adolf Feszty en 1880.

La rama del movimiento socialista nacional húngaro de Szálasi, alquiló espacio en el edificio en 1937. Ferenc Szálasi, jefe del partido Cruz Flechada, explicó acerca del lugar, que “La sede del Boulevard Andrássy siempre permanecerá como la Casa de la Lealtad ahora y siempre después de mí, a iniciativa del pueblo húngaro”.

Durante la segunda guerra mundial, Hungría estuvo en medio del fuego cruzado de las dictaduras Nazi y Comunista. Tras el ascenso de los nazis al poder, el gobierno colaboracionista húngaro obligó a los ciudadanos judíos del país a llevar estrellas amarillas. De forma inmediata se inició la detención de judíos en el ámbito rural y su deportación a campos de exterminio alemanes. En octubre de 1944, Hungría hizo desesperados intentos por poner fin a la guerra sin resultado. El ya castigado, pero aún no derrotado estado de la Alemania nazi, forzó al Regente Miklós Horthy a dimitir (15/10/1944) dando inicio al gobierno de la Cruz Flechada, breve pero muy sanguinario.

EN LA ACTUALIDAD

EL EDIFICIO EN LA ACTUALIDAD

En la «Casa de la Lealtad», los miembros de la Cruz Flechada, torturaron y mataron a cientos de personas. A la espera de que se utilizara el arma secreta de Hitler, miles de adolescentes fueron reclutados para las batallas inútiles del lado nazi y miles de judíos inocentes fueron asesinados y arrojados al Danubio helado. La fe ciega de los miembros del partido Cruz Flechada en el triunfo de Hitler condujo el país a su destrucción. Los judíos fueron forzados a caminar hacia el oeste a una muerte segura. El objetivo era exterminar a todos los judíos húngaros.

En 1945, final de la guerra, Hungría, al igual que otros países del este de Europa, fue ocupada por las tropas soviéticas.

La primera tarea que llevaron a cabo los comunistas húngaros que llegaron con los tanques soviéticos fue apoderarse del edificio del Boulevard Andrássy 60. El mando de la Policía Política (PRO) asumió el control de la abandonada sede de la Cruz Flechada, que se convirtió en la sede de la Autoridad de la Seguridad del Estado, primero (AVO) y luego (ÁVH).

El director de las tres organizaciones (PRO, AVO Y AVH) fue Gábor Péter, antiguo aprendiz de sastre a quien todo el país temía, así como a su tenebrosa organización terrorista. Convirtieron la ciudadanía en una masa de personas aterrorizadas: miles de ciudadanos temían la organización y se temían unos a otros. Mataban y torturaban sin compasión y tras los brutales interrogatorios, enviaban a las víctimas a la horca, las prisiones y campos de trabajo basados en sus confesiones forzadas bajo horribles torturas. Los miembros al servicio de la Seguridad en Andrássy Boulevard 60, eran dueños de la vida y la muerte sin tener que dar cuentas a nadie.

Durante los más inimaginables y terribles interrogatorios, que podían durar semanas, muchas de las víctimas morían. Aquellos que sobrevivieron con el cuerpo destrozado y el alma dolorida y humillada estaban dispuestos a firmar cualquier documento.

SALA SOVIETICOS

Sala de los asesores soviéticos

Todo un ejército de informadores y delatores anónimos estaban presentes en las fábricas, en las oficinas, en la Administración, en las universidades, en Iglesias, así como en cines y teatros. Observaban y anotaban cada movimiento, cada comentario. Estos informadores recibieron el pleno respaldo de los ocupantes soviéticos, así como formación ideológica y práctica. Nadie podía sentirse seguro frente a aquel ejercito fantasma de delatores. Con el apoyo de los soviéticos, los comunistas, se apoderaron y pudieron conservar el poder. Crearon un régimen tiránico que tomó a todo el pueblo como rehén, infligiendo torturas que dejaron a la mayoría lisiados de por vida.

La organización creció sin parar y en un par de meses las instalaciones se quedaron pequeña por lo que fueron ocupando más espacio del edificio. Tras un corto periodo de tiempo todo el edificio les perteneció. Los sótanos debajo de este edificio y los colindantes fueron conectados formando un laberinto subterráneo de celdas, cámaras de tortura y zona de ejecuciones por ahorcamiento. En 1956 la Autoridad de Seguridad del Estado se trasladó a otras instalaciones.

Hasta tiempos recientes, el edificio era una más de las villas y edificios del bulevar. En la actualidad se ha transformado en un museo, que recuerda los sufrimientos del pueblo. Con su transformación, la «Casa del Terror» ya no es un simple edificio: Andrássy 60 se ha convertido en un Memorial, en forma de edificio, para mantener viva la memoria de las víctimas.

La antigua “Casa del Terror” es un testimonio de que el sacrificio de las víctimas en nombre de la libertad no fue inútil. Los resistentes de la libertad e independencia, con infinidad de bajas en sus filas, resultaron vencedores en la lucha contra los dos regímenes asesinos. Aunque hay que apuntar que el comunista duró bastantes años mas y dejó una huella más dolorosa y profunda.

PASILLO SOTANO

Un pasillo del sótano de las torturas y ejecuciones

La visita resulta estremecedora. Hay profusión de documentos gráficos y sonoros que a lo largo de las salas deja al visitante estremecido: las imágenes de los tanques soviéticos en la invasión de octubre de 1956 con la población en las aceras aterrorizada; las terribles imágenes de la desigual lucha de la resistencia con fusiles antiguos contra los tanques; mujeres y hombres llorando, abrazando a sus hijos, ejecuciones sumarias en plena calle mediante un tiro en la nuca, etc.

El video para mi más estremecedor, es el de un anciano, que estuvo en su juventud como vigilante en el edificio en cuestión, que no podía terminar su relato, ahogado por el llanto al recordar las torturas y asesinatos que se cometieron con otros jóvenes de su misma edad que solo pretendían algo más de libertad…

Los sótanos son el escenario de un auténtico aquelarre, un grito de denuncia a las atrocidades cometidas. Hay celdas que son como ataúdes verticales que imposibilitan cualquier movimiento, otras, al más puro estilo de las chekas (como las que hubo en España en aquella “maravillosa” república tan añorada ahora por mucha gente joven), con piezas de piedra en el suelo y paredes que impiden tumbarse o apoyarse. Pero lo mas tenebroso era la celda de ejecuciones. De unos 60 metros cuadrados, tiene seis columnas de madera de unos 50 cm. de lado y sujetas en suelo y techo. En su parte alta, a unos 30/40 cm del techo tienen un agujero que permite pasar una gruesa maroma con un lazo corredizo en su extremo para ahorcar. Se completa con una escalerilla, en la parte anterior, de tres o cuatro peldaños y en la parte posterior una serie de ganchos donde fijar la cuerda ajustada al cuello de la víctima. Para terminar, solo falta retirar la escalerilla que le sirve de apoyo…

Según el guía, al tener apoyada la espalda, la rotura del cuello no era tan rápida como al hacerlo en un cadalso y la muerte era más larga y angustiosa para regocijo de los verdugos. (Ver el plano del sótano)

Completan el macabro espectáculo las fotos que cubren las paredes de todas las celdas y chekas, de las personas más importantes y conocidas allí torturadas y ejecutadas por uno u otro sistema: políticos, militares, intelectuales, escritores, periodistas, religiosos… lo más destacado del pueblo húngaro.

A todos aquellos que en estos momentos están fascinados por el nuevo comunismo que se extiende por el mundo, les recomendaría que meditaran bien su elección y que lean a los historiadores imparciales y las memorias de muchos de los que estuvieron al lado del comunismo de buena fe (la lista es muy extensa) y a la postre se dieron cuenta de lo que realmente era…

La historia tiene raras veces marcha atrás una vez que se desencadenan las pasiones.

Enlace a unos videos sobre la revolución húngara de 1956 y la represión soviética.:

Este último es de RT o sea Rusia TV

Michel Houellebecq

sumision

Michel Thomas (nació en la Isla francesa de La Reunión, el 26 de febrero de 1956), conocido como Michel Houellebecq, es poeta, novelista y ensayista francés.

Sus novelas Las partículas elementales y Plataforma se convirtieron en hitos de la nueva narrativa francesa actual. Ambas le otorgaron cierta consideración literaria, pero también dieron lugar al llamado “fenómeno Houellebecq”, que provocó numerosos y apasionados debates en la prensa internacional.

Con la publicación en 1994 de Ampliación del campo de batalla, que se llegó a comparar con El extranjero de Camus, pasó del anonimato total a convertirse, en autor de uno de los libros más vendidos del año. La obra fue traducida a numerosas lenguas y lo dio a conocer al gran público.

Su segunda novela, Las partículas elementales, considerado el mejor libro francés de 1998 por la revista Lire y galardonada con el Prix Novembre. Ese mismo año obtuvo además el Premio Nacional de las Letras para jóvenes talentos. Su tercera novela, Plataforma, le convirtió definitivamente en estrella mediática, no sólo por traducirse a más de 25 lenguas sino por ser objeto de polémica en torno a su supuesta islamofobia y por su visión de la explotación sexual del Tercer Mundo. En su obra se aprecia la influencia de autores tales como el Marqués de Sade, Aldous Huxley, H.P. Lovecraft y Louis-Ferdinand Céline.

A causa de la presión mediática dejó Francia y vivió en Irlanda y después en el sur de España (en la provincia de Almería), para regresar años después nuevamente a Francia.

Sus obras y opiniones, muy críticas con el pensamiento políticamente correcto y con mayo del 68, lo pusieron en el punto de mira de algunos medios, que lo acusaron de misógino, decadente, xenófobo y racista. Esas críticas consiguieron que aumentaran su popularidad y sus ventas. Plataforma, donde aparece el tema del terrorismo islamista, fue calificada de islamófoba. A raíz de una entrevista en la revista literaria Lire, publicada en septiembre de 2001, en la que afirmó que la religión más idiota del mundo es el islam y que cuando lees el Corán se te cae el alma a los pies fue denunciado por agrupaciones islámicas y de derechos humanos por «injuria racial» e «incitación al odio religioso»[1]. El juicio, celebrado en París en octubre de 2002, dividió a la comunidad intelectual internacional acerca de la libertad de expresión, algo que recordó el caso Salman Rushdie. Fue absuelto de todos los cargos: el juez argumentó en la sentencia que la crítica a la religión es perfectamente legítima en un estado laico. La polémica por su presunto anti islamismo se reavivó en 2015 con la publicación de Sumisión, novela en la que plantea los profundos cambios que sufrirá la sociedad francesa a partir de 2022, cuando asume la presidencia el islamista Mohammed Ben Abbes. ​

Grandes críticos mundiales independientes y medios como The Guardian, Le Figaro, The New Yorker y Die Zeit, lo consideran uno de los grandes talentos literarios de la actualidad y consideran Plataforma y Sumisión obras cuasi proféticas acerca del futuro de Europa.

SUMISION

Resumen

Francia, a las puertas de las elecciones presidenciales de 2022. Los partidos tradicionales se han hundido en las encuestas y Mohammed Ben Abbes, carismático líder de una nueva formación islamista moderada, derrota con el apoyo de los socialistas y la derecha a la candidata del Frente Nacional en la segunda vuelta.

François, un profesor universitario hastiado de la docencia y de su vida sexual, que a sus cuarenta años se había resignado a una vida aburrida pero sosegada, ve cómo la rápida transformación que sucede a la llegada del nuevo presidente al Elíseo altera la vida cotidiana de los franceses y le depara a él un inesperado futuro. Los judíos han emigrado a Israel, en las calles las mujeres han cambiado las faldas por conjuntos de blusas largas y pantalones, y algunos comercios han cerrado sus puertas o reorientado el negocio. La Sorbona es ahora una universidad islámica en la que profesores conversos gozan de excelentes salarios y tienen derecho a la poligamia. Al igual que Huysmans, el escritor del siglo XIX convertido catolicismo al que consagró su tesis doctoral, François sopesará pronunciar las palabras que le abrirán las puertas de la religión islámica y de una nueva vida: «No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta.»

¿Realidad posible en el futuro próximo? ¿Fantasía sin posibilidad de realidad?

Ayer mismo de leído un artículo de Judith Bergman, “La implacable radicalización de Suecia”[2], basado en un nuevo estudio sobre el salafismo en Suecia, realizado por la Universidad de Defensa de Suecia, muestra un lúgubre retrato de la radicalización de los musulmanes que está teniendo lugar en Suecia. Algunos fragmentos del articulo:

Aunque el estudio no ofrece una estimación de cuántos salafistas hay en Suecia, sí describe los entornos salafistas que han evolucionado y cobrado fuerza, especialmente en la última década, y enumera varios ejemplos de su influencia en diferentes ciudades y pueblos suecos. «Los salafistas […] defienden la segregación por sexos, exigen que las mujeres se cubran para limitar la ‘tentación sexual’, restringen el papel de la mujer en la esfera pública y se oponen enérgicamente a escuchar música y a algunas actividades deportivas», concluyen los autores del estudio.

 Según el estudio, muchos salafistas también les dicen a los musulmanes que no tengan amigos suecos, y se refieren a ellos como «kafires», el término árabe para referirse a un no musulmán o «no creyente».

 Los salafistas, al parecer, se han dividido geográficamente Suecia entre ellos.

En Borås, algunos niños no beben agua en el colegio o pintan con acuarelas, porque dicen que el agua es «cristiana». La policía dice que los niños musulmanes les han dicho a sus compañeros de clase que los van a degollar, enseñándoles decapitaciones en sus móviles. Hay por ejemplo «adolescentes que llegan a las mezquitas al final de la jornada escolar para ‘lavarse’ tras haber interactuado con la sociedad [no musulmana]». Los profesionales [de la salud, de la infancia, etc.] de la ciudad han atestiguado el control que los hombres ejercen sobre las mujeres, a las que vigilan incluso en las salas de espera. Un cuidador dijo:  Me he percatado de que existe una red que controla que las mujeres no se queden a solas con los profesionales. No se les da la opción de hablar con nadie de su situación. La vida de muchas mujeres es peor aquí que en sus países de origen.

De los trescientos musulmanes suecos que se unieron al ISIS en Siria e Irak, casi un tercio provenía de Gotemburgo. (En relación con su población total, han viajado más personas desde Suecia para unirse a organizaciones yihadistas en Siria e Irak que de la mayoría de los países europeos; sólo Bélgica y Austria tienen una proporción mayor. 

 En fin, esta es la situación que se está produciendo en muchos países de Europa y no tiene solución, porque los musulmanes estrictos, léase salafistas, yihadistas, etc., son de “piñón fijo…”

 [1] Es curioso que la religión que esta asesinando a los cristianos y destruyendo sus lugares de culto, acuse a un novelista que denuncia sus excesos de “incitar al odio religioso”. ¡Cosas veredes Sancho…!

[2] Gatestone Institute <list@gatestoneinstitute.org>

 

EL ORO ENVIADO A RUSIA POR LA REPUBLICA

INTRODUCCIÓN

 Mi padre me regalo mi primer Quijote (que todavía conservo) a la edad de 12 años. Considero que fue la edad adecuada para iniciarse en la lectura de sus aventuras. También era uno de los libros de lecturas y comentarios en los colegios a los que asistí. A partir de entonces leía todo lo que caía en mis manos, desde las obras subidas de tono del “Caballero Audaz” a las de Pedro Antonio de Alarcón, que tenía mi padre en su despacho y muchos pequeños libros para jóvenes de la Editorial Labor sobre temas tan diversos como la electricidad, el cosmos, la navegación, meteorología, física, química, etc. Mi madre me inculcó su amor a la lectura, la poesía, el teatro y la música.

Mi curiosidad no ha tenido, y sigue sin tener, límites. Ello me ha creado el complejo de ser: “Aprendiz de todo y maestro de nada”; aunque a estas alturas de mi vida considero que también ha sido divertido y estimulante.

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Doctor Juan Negrin. Ministro de Hacienda

Alla por el año 1967, una popular revista de Estados Unidos, publicó un artículo de un tal Alexander Orlov, nacido Leiba Lázarevich Felbing, de familia judía de Bielorrusia, que me interesó, leí, guardé y sigue en mi poder. Este personaje llegó a España en septiembre de 1936, se presentaba con el rango de General de la NKVD (policía política soviética) y estuvo en España hasta 1938.

Su tarea principal en España consistía en purgar a los disidentes de la política criminal de Stalin: miembros del POUM, anarquistas y muchos voluntarios de las Brigadas Internacionales de diversas nacionalidades, que estaban en España como combatientes. Luego, por orden directa de Stalin, fue el responsable de organizar y llevar a cabo el traslado a Rusia del oro depositado en el Banco de España, entonces banco privado, cuando el gobierno español decidió trasladarlo “a un lugar seguro”.

Los documentos desclasificados de los archivos del NKVD, tras la caída de la URSS, revelan la larga lista de los crímenes de Orlov en España. Fue el responsable de falsificar las pruebas que condujeron a la detención y purga de los líderes del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Los detenidos fueron llevados a centros de interrogatorios y a cámaras de tortura, la mayoría clandestinos, entre ellos el ex convento de Santa Úrsula en Barcelona, el llamado “Dachau de la España republicana”. Durante 1937 y hasta bien entrado 1938, muchos miles de miembros del POUM y otros izquierdistas de distintas facciones, fueron ejecutados o torturados hasta la muerte en las cárceles comunistas españolas.

En un informe a sus superiores en Moscú, fechado en agosto de 1937, Orlov perfilaba su plan para la captura y liquidación del socialista austriaco Kurt Landau. También desaparecieron en España Erwin Wolf, antiguo secretario de Trotski, y Mark Rein, hijo de un líder menchevique; el periodista británico «Bob» Smilie y José Robles, ex catedrático de la Universidad John Hopkins de Estados Unidos. Tuvo parte en la desaparición del oficial ruso y agente doble del NKVD, Nikolái Skoblin. Entre los personajes que consiguieron escapar a sus manejos, estaban George Orwell y Willy Brandt, el futuro canciller alemán. Si les hubiera puesto las manos encima, el mundo habría perdido un buen escritor y un gran estadista.

Andreu Nin, dirigente del POUM, fue asesinado por Orlov personalmente (lo desolló vivo), en el parque de El Pardo. Nin, fue el modelo de Goldstein, el héroe de la obra “Mil novecientos ochenta y cuatro (1984)”, de Orwell, quien prefirió morir bajo tortura antes que confesar. También en su libro “Homenaje a Cataluña”, cuenta la guerra dentro de la guerra que supuso aquella lucha a muerte entre los anarquistas, los comunistas del POUM y los de Moscú, con miles de víctimas colaterales.

El líder del POUM, fue trasladado a la localidad madrileña de Alcalá de Henares tras pasar unas horas en la checa de Atocha. Pero aquella otra checa «casera» improvisada en el apartado hotelito del matrimonio formado por Ignacio Hidalgo de Cisneros, jefe de la Aviación republicana, y Constancia de la Mora Maura, nieta comunista del político conservador Antonio Maura.

Durante mucho tiempo Andreu Nin se encontraba incomunicado entre las paredes de un sórdido habitáculo que a duras penas amortiguaban sus alaridos de dolor.

Orlov y sus secuaces se afanaron en despellejar su maltrecho cuerpo para seccionar mejor sus miembros en carne viva. Ni siquiera así pudieron subyugar su voluntad para arrancarle una falsa confesión de ser espía de Franco. Con la piel desgarrada y los músculos deshechos, Nin era un montón informe de carne tumefacta que mantenía firme su moral hasta su muerte.

En 1938, la Unión Soviética se hallaba sumida en los horrores de la Gran Purga, en la que Stalin eliminó a la vieja guardia protagonista de la revolución para reemplazarlos por sus adeptos. Orlov vio que colegas y amigos suyos eran detenidos y fusilados uno a uno. Cuando fue invitado a reunirse en Amberes con un jefe anónimo del NKVD (seguramente el asesino S. Spigelglas) decidió desertar. En lugar de acudir a la reunión, Orlov robó 60.000 dólares de la caja para operaciones del NKVD local y huyó con su mujer y su hija a Canadá.

Mientras estaba en Canadá, envió una carta al jefe del NKVD, advirtiéndole que, si atentaban contra él o su familia, todo lo que sabía sobre las operaciones de la inteligencia soviética saldría a la luz. Adjuntó una extensa lista con los nombres en clave de algunos de los agentes y topos soviéticos en Occidente. También envió una carta a Trotski alertándole de la presencia de un agente de la NKVD (nombre en clave TULIP) en el entorno de su hijo, con intención de matarlo. A continuación, se trasladó a los Estados Unidos para esconderse.

Desde 1938 vivió en los Estados Unidos. En 1953 publicó un libro titulado “Historia secreta de los crímenes de Stalin”.  Entre los acontecimientos que narra, está el asombroso relato de lo que quizá haya sido el mayor robo de la historia, narrado por primera vez y con todo detalle por el que fue su principal organizador.

Sigue su relato, al que posteriormente haré algunas aclaraciones recogiendo datos publicados por diversos historiadores  sobre el asunto:

Aquella tarde del 22 de octubre de 1936, a la luz del crepúsculo, salí de Cartagena. A mi lado, en el coche, incapaz de dominar su nerviosismo, se hallaba un alto funcionario de la Dirección General del Tesoro. Nos seguía una columna de veinte camiones de cinco toneladas. Nuestro punto de destino estaba en las colinas que se perfilaban a lo lejos, a seis u ocho kilómetros al norte. Se trataba de un polvorín de la Armada, pero lo que en aquellos momentos nos ocupaba era algo más importante que granadas y cordita.

Cuando el convoy se detuvo, ya había caído la noche. Al descender del automóvil observé unas pesadas puertas de madera, reforzadas con barras de hierro, que cubrían el frente de la ladera junto a las que montaban guardia varios centinelas. Uno de ellos corrió los enormes cerrojos y abrió una puerta doble frente a nosotros. Vimos una espaciosa gruta artificial, excavada en la roca, escasamente iluminada por varias bombillas eléctricas

En el interior, esperando nuestras órdenes, se hallaban sesenta marineros españoles. Apiladas contra las paredes, había miles de cajas de madera, todas iguales. Las cajas contenían lingotes y monedas de oro, y virutas. Todo ello valía centenares de millones de dólares. Ante mí se amontonaba el tesoro que una vieja nación había acumulado a través de los siglos. Aquello era lo que yo había venido a buscar y mi tarea era hacerlo llegar a Moscú.

 Corrían los primeros meses de la guerra civil española. Durante diez días yo había estado preparando la «Operación Oro» con todo detalle. Algunos dirigentes republicanos, temiendo que las reservas de oro del país pudieran caer en poder de las fuerzas del general Franco, decidieron confiar el tesoro, «para mayor seguridad», a José Stalin. Aunque autorizada (con dudosa legalidad) por dichos dirigentes republicanos, la transacción constituyó, posiblemente, el mayor atraco de la historia.

El envío a la Rusia soviética de la mayor parte de las reservas españolas de oro -por lo menos seiscientos millones de dólares, según mis cálculos- ha sido objeto de todo género de rumores y conjeturas durante más de dos décadas. Del grupo de hombres que estuvieron implicados en los comienzos de la operación, solo dos viven todavía: un español y yo.

Había llegado yo a Madrid el 16 de setiembre de 1936, unos dos meses después del comienzo de la guerra civil española, para dirigir un numeroso grupo de técnicos soviéticos en cuestiones militares y de inteligencia. Mi grado en la N. K. V. D.[1] , era el equivalente a general.

Actuaba como asesor principal del gobierno republicano en lo referente a espionaje, contraespionaje y guerra de guerrillas, cargo que iba a desempeñar durante casi dos años. Al igual que todos los rusos destacados en España, sentía una apasionada devoción por la causa de la República. Nos instalamos en el último piso de la embajada soviética en Madrid, donde disponíamos de un potente equipo de radio.

Llevaba allí menos de un mes cuando el oficial de cifra entró en mi despacho con el libro de claves bajo el brazo y un radiograma en la mano.

-Acaba de llegar de Moscú -dijo-, y estas son las primeras líneas: «Absolutamente secreto. Debe ser descifrado personalmente por Schwed». Schwed era mi nombre clave.

Descifré el resto del mensaje. Tras una nota introductoria del jefe de la N. K. V. D., Nikolai Yezhov, se leía:

 «Prepare con el jefe del gobierno, Largo Caballero, el envío de las reservas de oro de España a la Unión Soviética en un vapor ruso. Todo debe hacerse con el máximo secreto. Si los españoles exigen un recibo, rehúse -repito-, rehúse. Diga que el Banco del Estado entregará un recibo oficial en Moscú. Le hago personalmente responsable de la operación. Firmado: lvan Vasilyevich». La firma era el nombre en clave, rara vez utilizado, del propio Stalin.

 ¿Sería posible que Largo Caballero y sus colegas, españoles patriotas y honrados, consintieran en poner el oro de su país en las voraces manos de Stalin? ¿Pensarían sinceramente que el Kremlin, que despreciaba la ley y la moralidad «burguesas», podría devolver semejante riqueza una vez en posesión de ella? Pude averiguar que la respuesta a estos interrogantes era afirmativa. De hecho, la idea de «proteger» las reservas de oro de su posible captura por parte del enemigo, mediante el envío de las mismas a Rusia, ¡había tenido su origen en los propios e inquietos líderes republicanos!

Las fuerzas de Franco apretaban su cerco en torno a Madrid y la caída de la capital parecía inminente. El traslado del oro y la plata de las cajas del Banco de España fue ordenado en una disposición secreta, de

fecha 13 de setiembre, firmada por el presidente de la República, Manuel Azaña, y el ministro de Hacienda, Dr. Juan Negrín. Este decreto facultaba al ministro para transportar los metales preciosos «al lugar que, en su opinión, ofreciera las mayores garantías de seguridad». También señalaba que, «a su debido tiempo», la trasferencia sería regularizada mediante su discusión y aprobación por las Cortes. Sin embargo, este requisito no se cumplió jamás.

Por discutible que fuese la legalidad del decreto, la medida no

implicaba el envío del tesoro fuera del país. Pero al empeorar la situación militar, Negrín, desesperado, resolvió hacer uso de sus poderes. Con este fin decidió sondear -solo el presidente y el jefe del gobierno tenían conocimiento de esta decisión- al agregado comercial soviético acerca de la posibilidad de situar el oro en Rusia. El agregado informó a Moscú, y Stalin aprovechó la oportunidad.

Dos días después de haber recibido la orden de Stalin conferencié con Negrín en nuestra embajada. El ministro de Hacienda, un catedrático recién llegado a la Administración, parecía el verdadero prototipo del intelectual: opuesto teóricamente al comunismo, pero, si bien de una manera vaga, simpatizante con el «gran experimento» ruso. Esta candidez política contribuye a explicar su impulso de enviar el oro a aquel país. Además, con Alemania e Italia al lado de los nacionalistas, y ante la indiferencia de las democracias occidentales, Rusia era un aliado, la única gran potencia que apoyaba a los republicanos españoles.

 – ¿Dónde están ahora las reservas de oro? -pregunté.

-En Cartagena -contestó-. En una de las viejas grutas, al norte de la ciudad, utilizadas por la Armada como polvorín.

 Otra vez la suerte de Stalin, pensé satisfecho. Mi tarea se simplificaba enormemente por el hecho de que el cargamento estuviera ya en Cartagena. Aquella amplia bahía era donde los buques rusos, descargaban sus suministros de armamento y equipo. No solamente barcos, sino también personal de confianza soviético, estaban a nuestro alcance fácilmente.

Otro político español tenía que ser informado: el ministro de Marina y Aire, Indalecio Prieto. Necesitábamos sus barcos de guerra para escoltar el cargamento a través del Mediterráneo hasta Odesa, en el mar Negro. Cuando se le consultó, accedió a dar las órdenes necesarias.

La rapidez era vital. El menor rumor expondría nuestros barcos a ser interceptados. Además, el temperamento del pueblo español era tal que, si se filtraba algún indicio de que el tesoro de la nación iba a ser enviado al extranjero – ¡y a la Rusia comunista! -, toda la operación y sus autores hubieran terminado trágicamente.

Siguiendo instrucciones de Negrín, un alto funcionario de la Dirección General del Tesoro me dio detalles acerca del oro y su lugar de almacenamiento. Había unas diez mil cajas, cuyas dimensiones eran 30,5 x 48,2 x 17,7 cm, cada una con 65 kilos y medio del precioso metal, lo que suponía unas 650 toneladas.

Al día siguiente salí para Cartagena por carretera. En aquella base me encontré con nuestro agregado naval y viejo amigo mío Nikolai Kuznetsov (que durante la segunda guerra mundial fue ministro de Marina de la URSS), al que di instrucciones para hacerse cargo de todos los buques rusos que llegaran a Cartagena, lograr que fueran descargados rápidamente y ponerlos bajo mi mando. Un carguero soviético estaba en el puerto, y se esperaba la arribada de otros más. También conferenciamos con el jefe español de la base, el cual puso sesenta marineros a mi disposición.

Me enfrenté luego con el problema de transportar el oro desde la gruta al muelle. Una brigada soviética de tanques había desembarcado en Cartagena dos semanas antes y se hallaba destacada en Archena, a unos 65 kilómetros de distancia. Su jefe era el coronel S. Krivoshein, al que los españoles conocían por Melé. Krivoshein puso a mi disposición veinte de sus camiones militares y otros tantos de sus mejores conductores. Finalmente, todo estuvo a punto.

Mis camiones estaban aparcados en la estación de ferrocarril cartagenera, con un tanquista soviético, vestido con uniforme español, al volante de cada uno. Los sesenta marineros que cargarían el oro habían sido enviados a la gruta con una o dos horas de anticipación. Los tripulantes de cuatro barcos rusos, incluidos cocineros y camareros, sabían ya que les esperaban varias noches de duro trabajo para llevar a bordo un importante cargamento. Y así, el 22 de octubre, al caer la tarde, me dirigí al polvorín seguido de una caravana de camiones.

Los marineros españoles, todos ellos procedentes de la flota submarina, eran jóvenes y de escasa corpulencia. Hacían falta dos de ellos para llevar una caja y subirla al camión. Para facilitar el recuento limité la carga de cada vehículo a cincuenta cajas y, una vez cargados, envié los camiones al puerto en grupos de diez. Cuando volvían, dos horas más tarde, otros diez vehículos estaban dispuestos a partir con otras quinientas cajas. Mi coche, en el que viajaba yo u otro miembro de la N. K. V. D. y uno de los funcionarios del Tesoro, encabezaba cada convoy.

Cuando la operación estuvo en marcha planteé finalmente al funcionario de la Dirección General del Tesoro, que se hallaba a mi lado, la pregunta que había evitado cuidadosamente hasta entonces:

 – ¿Cuánto oro se supone que vamos a enviar?

 Debido a la atropellada preparación del envío en la parte que correspondía a los españoles, el funcionario contestó:

 – ¡Oh, más de la mitad, supongo! Sería, pensé, mucho más.

 La carga y el trasporte continuaron durante tres noches, desde las siete de la tarde a las diez de la mañana. Aquellas fueron noches sin luna. Como la ciudad estaba permanentemente a oscuras, no podíamos usar los faros. A veces un conductor perdía de vista el camión que le precedía, y parte de la columna se fraccionaba.

Tuve muchas preocupaciones a causa de esto, porque los tanquistas

aunque vestían uniforme español, no hablaban una palabra de castellano. ¿Qué pasaría si eran detenidos por una patrulla militar y tomados por espías alemanes? La justicia de la guerra civil era rápida y tajante. ¿Y si se registraban los camiones? La noticia de que unos extranjeros se llevaban camiones cargados de oro podía provocar un estallido de violencia política.

Otro motivo de angustia era la posibilidad de un bombardeo nacionalista. Las grutas inmediatas a la utilizada como depósito del oro estaban llenas de explosivos; un impacto directo significaría el fin de todos nosotros. Por otra parte, nuestros barcos podían ser hundidos en el puerto.

Durante aquellos días no dormí más de cuatro horas, por término medio. Entre carga y carga, los marineros encerrados en la gruta dormían también, tendidos en el suelo. Les dábamos emparedados, café, bebidas frías, chocolate y cacahuetes. Para matar el tiempo, muchos de ellos jugaban a las cartas. Resultaba irónico que emplearan en sus partidas monedas de cobre y, en algunos casos, cacahuetes, estando rodeados de millones en oro.

La suerte nos acompañó hasta la tercera y última noche. Hacia las cuatro de la madrugada, un grupo de bombarderos apareció súbitamente sobre las colinas. Desde la gruta podíamos escuchar la explosión de las bombas en los muelles. En el puerto, según pude saber por las declaraciones de los conductores que regresaban, los aviones habían alcanzado a un carguero español que estaba fondeado junto a nuestros barcos. Decidí acelerar la operación y hacer que mis buques abandonaran la bahía lo más rápidamente posible.

 Cuando aquella noche, después de cargado, el último camión para los muelles, pedí al funcionario del Tesoro que me dijera la cifra final.

 -He contado 7.800 cajas -contestó-; tres cuartas parte de las reservas de oro.

 A las diez de la mañana del 25 de octubre la última caja subió a bordo del último barco. Llegó entonces el momento tan inevitable como embarazoso para mí: ¡Me pedían un recibo!

 – ¿Un recibo? -dije esquivando la mirada inyectada y patética del funcionario, y aparentando indiferencia-. Pero, compañero, no estoy autorizado a dárselo. No se preocupe, amigo mío, ese recibo será extendido por el Banco del Estado de la Unión Soviética cuando todo sea comprobado y pesado allí.

 El funcionario se quedó de una pieza, como si hubiera sido alcanzado por un rayo. Apenas podía hablar con coherencia. No comprendía… Aquello podía costarle la vida en esos momentos… ¿Debería llamar a Madrid?

Yo estaba dispuesto a mantenerle alejado del teléfono, por la fuerza si fuera necesario. En su lugar, le sugerí que enviara un representante del Tesoro en cada barco, en calidad de vigilante oficial del oro. Lógicamente, esta concesión no significaba nada. Pero aquel hombre estaba tan aturdido que se aferró a dicha solución.

 Dos horas después zarparon los buques. Por fin pude informar a Moscú que el precioso cargamento iba ya rumbo a Odessa.

Posteriormente, y por los informes de algunos altos funcionarios del Servicio de Inteligencia que iban y venían entre Rusia y España, pude conocer lo sucedido en el lado soviético de la operación.

 Un gran número de agentes de la N. K. V. D., procedentes de Moscú y Kiev, se reunieron en Odessa. Durante varios días trabajaron como estibadores descargando las cajas y llevándolas a un tren especial. Una amplia zona, desde los muelles a la estación de ferrocarril, fue acordonada por tropas escogidas. Cuando el tren salió para Moscú, centenares de oficiales armados escoltaron el cargamento, como si atravesaran territorio enemigo.

 Supe que Stalin, para celebrar el golpe, ofreció una magnífica recepción a los altos jefes de la N. K. V. D. la noche siguiente de la llegada del cargamento a Moscú. Todo el Politburó estuvo presente. El dictador estaba entusiasmado. ¡Qué triunfo para un hombre que había empezado su carrera política organizando atracos a los bancos en favor de su causa!

El jefe de la NKVD, Yezhov, contó a un amigo mío que Stalin pronunció estas joviales palabras:

 “Nunca volverán a ver su oro, del mismo modo que no pueden verse sus propias orejas”.

 En los veintiún meses que trascurrieron entre la «Operación Oro» y mi deserción del régimen soviético, estuve en estrecho contacto con los líderes republicanos españoles, pero el asunto siguió siendo un callado y doloroso secreto entre nosotros. Estaba seguro de que su acción había empezado a parecerles un error monumental. La única vez que se mencionó la cuestión fue en el curso de una conversación con Negrín.

– ¿Recuerda aquellos cuatro hombres de la Dirección General del Tesoro que fueron enviados a bordo de sus barcos? -pregunto-. Todavía están en Rusia, y ya ha pasado un año. Me pregunto por qué a esos pobres muchachos no se les permite regresar a su tierra.

 Aquellos cuatro desdichados, según pude descubrir mucho tiempo después, no pudieron salir de Rusia hasta que terminó la guerra en España.

El general Franco debió de enterarse de la desaparición del oro tan pronto como tomó a Madrid. Pero su gobierno no dijo una palabra de ello durante más de dieciocho años. La moneda española, ya un tanto débil, podría haberse derrumbado si se hubiera sabido que las arcas nacionales estaban casi vacías.

El silencio oficial se rompió una sola vez, en diciembre de 1956, después de la muerte del Dr. Juan Negrín[2] . De entre sus papeles privados se rescató finalmente un recibo oficial por el oro depositado en la Unión Soviética.

Pocos meses después, en un artículo claramente irónico, el periódico Pravda admitía que unas quinientas toneladas de oro habían llegado a la URSS en 1936, y que el gobierno soviético había expedido el oportuno recibo. El oro, seguía diciendo el diario, era la garantía por el pago de los aviones, armas y otras mercancías soviéticas enviadas a la República española. No solo se había gastado todo, ¡sino que todavía se debían cincuenta millones de dólares a la Rusia soviética!

 Y así sigue el asunto.

documento oro

[1] Siglas en ruso de «Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos», es decir, la Policía Política.

[2] En diciembre de 1956 el hijo de Negrín, Rómulo, cumpliendo los últimos deseos de su padre, entrego a  Franco muchos documentos guardados por el expresidente en secreto, entre ellos, todo lo referente al oro entregado a Rusia.

¿Cual era la situación en aquel momento?

En los primeros días de septiembre, después de la matanza de la cárcel Modelo se produjeron una serie de fuertes reveses para las izquierdas. Fracasó la expedición a Baleares; en Navarra, las tropas de Mola tomaron Irún y aislaban las vascongadas de Francia y además caía Talavera de la Reina. Giral presentó su dimisión y la de todo su gobierno y dieron paso a otro presidido por Largo Caballero (El Lenin español) formado por miembros de partidos revolucionarios. El 12 de septiembre las tropas nacionales se abrían camino desde Talavera hacia Maqueda.

LARGO CABALLERO

Largo Caballero.»Lenin español«

El fracaso de las milicias era absoluto. Solo habían destacado en la represión criminal en la retaguardia siendo totalmente inoperantes en el frente. La incorporación de militares profesionales no sirvió para nada porque los milicianos les imponían sus criterios. Era necesario la creación de un ejército disciplinado y bien dirigido[1]. Para ello se contaba con los fondos depositados en los sótanos del Banco de España, como ya dijimos antes, entonces un banco privado.

Negrín en aquel momento, hizo un decreto secreto que debía firmar Azaña, autorizando trasladar las reservas de metales preciosos e instrumentos financieros “a un lugar seguro”. Azaña lo firmó con la condición de que se daría cuenta a las Cortes en su momento. Requisito que nunca se cumplió.

AZAÑA

Manuel Azaña Diaz. Presidente

Se dedicaron a crear un ejército revolucionario bajo la hegemonía comunista en todos los órdenes, y como consecuencia el Estado se convirtió en un satélite soviético. Para garantizarse la ayuda rusa, decidieron el envío de la mayor parte de las reservas financieras a Moscú. El cuarto depósito de oro del mundo acumulado gracias, sobre todo, al comercio con los países beligerantes de la I Guerra Mundial: más de 700 toneladas, cuyo valor actual se ha calculado en unos 8.000 millones de euros.

Disponían, además, de los bienes privados confiscados por los gobiernos de Giral y el Lenin español, en las cajas de los bancos privados[2], el Palacio Real, Iglesias, Catedrales y domicilios privados saqueados.

Entre el 14 y el 16, se transportaron 560 toneladas de oro a un polvorín de la Armada, un túnel excavado en un monte de La Algameca. Permanecieron allí hasta el 25 de octubre en que casi todas (510 Ton.) fueron embarcadas rumbo a Odessa. A partir de ese momento, Stalin dictó la política del Frente Popular.

En diciembre de 1956, el hijo de Negrín, Rómulo, cumpliendo las últimas voluntades de su padre, entregó a las autoridades del régimen todos los documentos guardados por su padre en secreto.

Una nueva aportación, los gobiernos de Giral y el Lenin español, depositaron en Francia casi 200 toneladas de oro de las que el Frente Popular pudo disponer y negociar con toda libertad. También vendieron en EEUU, 1.225 toneladas de plata del Tesoro Nacional.

Y esta es la historia de las enormes reservas de oro del Banco de España desaparecidas para siempre del país.

[1] Es muy divertida la narración de Azaña en su librito “Causas de la guerra de España” donde cuenta como los milicianos y sus familias, salían por la mañana de Madrid se dirigían cerca del frente, algunos milicianos se acercaban a pegar unos tiros y luego volvían a comer con su familia en el campo. Hecho lo cual volvían a casa en la capital para dedicarse a asesinar civiles indefensos.

[2] En aquellos saqueos, se apoderaron de la Memorias del Presidente de la República, D. Niceto Alcalá-Zamora, depositadas en una caja de su esposa en el Crédit Lyonnais. Durante su vida nunca aparecieron y reflejó de nuevo todo en un libro de Memorias.

 

 

 

 

 

Auguste Marie Joseph Jean Léon Jaurès

 

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Carta de un socialista ateo francés a su hijo

Hubo una época en que los políticos, incluidos los socialistas, eran gente culta, sensata y preparada y por encima de las estúpidas elucubraciones ideológicas tenían muy claro, los principios que debían regir la vida de las personas.

Este es el caso de Jean Jaurès, un político socialista ateo francés que fundó el periódico L’Humanité en 1904. cátedra de filosofía en 1881. Ejerció como profesor de filosofía, en primer lugar, en Albi y más adelante en Toulouse, en cuya Facultad de Letras ejerció su cátedra de maestro de conferencias.

Su toma de postura en pro del pacifismo, poco antes del desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial, lo hicieron impopular entre los sectores nacionalistas, y Raoul Villain, un joven de ideas ultra patrióticas, lo asesinó en el Café du Croissant de la calle Montmartre de París, tres días después de que se iniciaran las hostilidades. Por el motivo que en el propio escrito explica, dirigió una carta a su hijo que fue publicada en 1919.

Querido hijo:

Me pides un justificante que te exima de cursar religión, un poco por tener la gloria de proceder de distinta manera que la mayor parte de los condiscípulos y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas.

Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás. No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no hay en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor.

Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre, pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.

Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión; son, hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las cuales todo el mundo discute? ¿Quisieras tú, por tu ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un disparate?

Dejemos a un lado la política y las discusiones y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender historia y la civilización de los griegos y de los romanos y ¿qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo, sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civilización? En el arte ¿qué serán para ti las obras maestras de la Edad Media y de los tiempos modernos, si no conoces el motivo que las ha inspirado y las ideas religiosas que ellas contienen?

En las letras ¿puedes dejar de conocer no sólo a Bossuet, Fenelón, Lacordaire, De Maistre, Veuillot y tantos otros que se ocuparon exclusivamente de cuestiones religiosas, sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra, a todos estos grandes maestros que debieron al cristianismo sus más bellas inspiraciones? Si se trata de derecho, de filosofía o de moral ¿puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? –éste es el pensamiento de Juan Jacobo Rousseau.

Hasta en las ciencias naturales y matemáticas encontrarás la religión: Pascal y Newton eran cristianos fervientes; Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón; Flammarion se entrega a fantasías teológicas. ¿Querrás tú condenarte a saltar páginas en todas tus lecturas y en todos tus estudios? Hay que confesarlo: la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelectual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nuestros días tantas inteligencias preclaras.

Ya que hablo de educación: ¿para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente, y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta. No fijándome sino en la cortesía en el simple ‘savoir vivre”, hay que convenir en la necesidad de conocer las convicciones y los sentimientos de las personas religiosas. Si no estamos obligados a imitarlas, debemos por lo menos comprenderlas para poder guardarles el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas. Nadie será jamás delicado, fino, ni siquiera presentable sin nociones religiosas.

Querido hijo: convéncete de lo que digo: muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión, pero todo el mundo desea conocerla. En cuanto a la libertad de conciencia y otras cosas análogas, eso es vana palabrería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común.

Muchos anti-católicos conocen por lo menos medianamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.

Además, no es preciso ser un genio para comprender que sólo son verdaderamente libres de no ser cristianos los que tienen la facultad de serlo, pues, en caso contrario, la ignorancia les obliga a la irreligión. La cosa es muy clara: la libertad exige la facultad de poder obrar en sentido contrario. Te sorprenderá esta carta, pero precisa hijo mío, que un padre diga siempre la verdad a su hijo. Ningún compromiso podría excusarme de esa obligación.

Recibe, querido hijo, el abrazo de

TU PADRE.