ALICANTINOS ILUSTRES II

Francisco Javier de Balmis y Berenguer (Alicante, 2 de diciembre de 1753-Madrid, 12 de febrero de 1819) fue un cirujano y médico militar honorario de la corte del rey Carlos IV. Encabezó la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, también conocida como Expedición Balmis.

Hijo y nieto de cirujanos, siguió desde muy joven la tradición familiar.  Balmis terminó sus estudios secundarios a los diecisiete años y comenzó su carrera de medicina en el Hospital Real Militar de Alicante donde fue practicante al lado del cirujano mayor durante cinco años. Años después se trasladó a la Habana y, más tarde, a la ciudad de México, donde sirvió como primer cirujano en el hospital de San Juan de Dios. Estudió remedios para enfermedades venéreas que le serviría para publicar más tarde el tratado de las virtudes del agave y la begonia (Madrid, 1794).

De vuelta en España, llegó a ser el médico personal de Carlos IV. Convenció al rey para enviar una expedición a América a vacunar masivamente a la población con la recién descubierta vacuna de la viruela, enfermedad que diezmaba las poblaciones del mundo. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que el rey Carlos IV apoyó y sufragó con fondos públicos, pues su propia hija, la infanta María Teresa, había fallecido a causa de la enfermedad. Aceptó por tanto la idea del Dr. Balmis para vacunar al mayor número de niños a lo largo del imperio español ya que la alta letalidad del virus estaba ocasionando la muerte de miles de niños.  

Francisco Javier Balmis y José Salvany fueron el alma de la expedición, que partió del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803 a bordo de la corbeta María Pita. De allí viajó a San Juan de Puerto Rico, La Guaira, Puerto Cabello, Caracas, La Habana, Mérida, Veracruz y la Ciudad de Nueva Granada[1] en el sur.

Antes de que se descubriera la vacuna propiamente dicha, gracias a la cual se ha conseguido erradicar la viruela, se utilizaba una técnica conocida como variolación. Consistía en extraer, a una persona que estuviera ya en la última fase de la enfermedad, líquido de sus pústulas e inoculárselo a otra persona, mediante una incisión hecha en el brazo. El receptor se infectaba, pero rara vez moría, al recibir una dosis reducida de virus.

Fue un médico rural inglés, Edward Jenner, quien observó que las ordeñadoras de vacas adquirían ocasionalmente una especie de «viruela de vaca» o «viruela vacuna» por el contacto continuado con estos animales, y que era una variante leve de la mortífera viruela «humana», contra la que quedaban así inmunizadas. Adaptó la técnica de la variolación, extrayendo el líquido de las pústulas de la ubre de una vaca enferma para inoculárselo a James Philips, un niño de 8 años. El pequeño mostró síntomas de la infección de viruela vacuna, pero mucho más leve, y no murió. El resto de los niños inoculados respondieron sorprendentemente bien y quedaron inmunizados contra la viruela humana. Tras ello, Jenner hizo otro importante descubrimiento: no era imprescindible la utilización de las vacas puesto que el líquido infectado podía transmitirse de una persona a otra. En el lugar en el cual se había llevado a cabo la punción, el receptor desarrollaba pústulas, el líquido de las cuales podía extraerse y emplearse para administrar nuevas vacunas.

Lo que resultaba difícil en aquella época era mantener en condiciones el suero de vacunación, que solo surte efecto mientras estén activos los virus que contiene. Hoy tenemos medios de conservación a baja temperatura, pero entonces, para lograr que se conservara tan solo unos diez días lo que se hacía era empapar algodón en rama con el fluido y guardarlo entre dos placas de vidrio selladas con cera. El procedimiento era adecuado en Europa, pero cruzar el Atlántico suponía saltarse, con mucho, el periodo de actividad del preciado líquido. Una dificultad añadida era que en América no había vacas con las que se pudiera practicar la variolación. Y era justamente América a donde el rey de España Carlos IV quería llevar la vacuna. Cinco años después de la publicación de este descubrimiento, en 1803, Carlos IV, aconsejado por Balmis, mandó organizar una expedición para extender la vacuna a todos los dominios de Ultramar, América y Filipinas. El principal problema que se le planteaba a Balmis, a quien se le confió esta misión, era cómo conseguir que la vacuna resistiese todo el trayecto en perfecto estado. La solución se le ocurrió al mismo Balmis, y podría denominarse transporte humano en vivo. Iría a bordo un grupo de personas no vacunadas. A dos de estas se les inocularía el virus y se los separaría del resto. Hacia el final del proceso patológico se les extraería líquido de sus pústulas, destinado a las siguientes dos personas, y así sucesivamente hasta llegar a Sudamérica. Balmis decidió llevar consigo 22 niños huérfanos de entre tres y nueve años.

El 30 de noviembre de 1803 zarpó el navío María Pita, con 37 personas desde el puerto de La Coruña. Entre los veintidós niños había seis procedentes de la Casa de Desamparados de Madrid; otros once del Hospital de la Caridad de La Coruña y cinco de Santiago. La vacuna debió ser llevada por niños que no hubieran pasado la viruela, y se transmitió de uno a otro cada nueve o diez días. Entre los niños se encontraba el hijo de Isabel Zendal Gómez, Benito Vélez, de nueve años, hijo de la enfermera y rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña. El resto del personal técnico estaba formado por Balmis, Salvany, dos médicos asistentes, dos practicantes y la citada enfermera.  

Las normas de la expedición indicaban claramente el cuidado que los niños debían recibir:  […] Serán bien tratados, mantenidos y educados, hasta que tengan ocupación o destino con que vivir, conforme a su clase y devueltos a los pueblos de su naturaleza, los que se hubiesen sacado con esa condición.

Cada niño recibió un hatillo que contenía dos pares de zapatos, seis camisas, un sombrero, tres pantalones con sus respectivas chaquetas de lienzo y otro pantalón más de paño para los días más fríos. Para el aseo personal: tres pañuelos para el cuello, otros tres para la nariz y un peine; y para comer: un vaso, un plato y un juego completo de cubiertos.

La expedición hizo la primera escala en Santa Cruz de Tenerife, donde pasó un mes vacunando, zarpando de nuevo el 6 de enero de 1804, llegando a Puerto Rico el 9 de febrero de 1804. A su llegada conocieron que la vacuna había sido llevada a la isla desde la colonia danesa de Santo Tomás.

Continuaron navegación hacia Venezuela, donde arribaron en marzo de 1804. Allí decidieron dividirse para multiplicar los esfuerzos. Balmis se trasladó a Caracas, donde instaló la Junta Central de la Vacuna con el apoyo de José Domingo Díaz y Vicente Salías, marchando a continuación a Puerto Cabello y La Habana. El 26 de mayo de 1804 llegó al puerto de La Habana. A su arribada conocieron que la vacunación contra la viruela ya había sido llevada a cabo gracias a la actividad de Tomás Romay. Balmis se encaminó hacia México vacunando y formando a nuevos sanitarios, extendiendo su actividad hasta Texas.

Por su parte, el segundo cirujano de Balmis, José Salvany y Lleopart y su equipo, marcharon hacia América del Sur. Se adentró en Nueva Granada y el Virreinato del Perú [2]

]. Tardó siete años en recorrer el territorio, donde le esperaba un periplo lleno de penalidades en una geografía con distancias descomunales y todo tipo de obstáculos. Él mismo relató así, desde Cochabamba, Bolivia, las dificultades que él y sus hombres tuvieron que superar: “No nos han detenido ni un solo momento la falta de caminos, mucho menos las aguas, nieves, hambres y sed que muchas veces hemos sufrido”. Las duras condiciones y los esfuerzos del viaje se llevaron la vida del propio Salvany, que murió en Cochabamba en 1810.

Tras su trabajo en México, Balmis decidió continuar su labor con las poblaciones del Pacifico. Isabel permanecería en la ciudad mexicana de Puebla con su hijo, ya no volverían a España.

Para sustituir a los niños embarcados en España, recogió veintiséis nuevos huérfanos que mantuvieran la vacuna viva durante la larga travesía del océano Pacífico a bordo del navío Magallanes. Partieron el 8 de febrero de 1805 del puerto de Acapulco, llegando a Manila el 15 de abril. En las Filipinas la expedición recibió una importante ayuda de la Iglesia para organizar las vacunaciones. El 14 de agosto de 1809 el grueso de la expedición regresó a Acapulco, mientras Balmis, descartando volver a tierras novohispanas, siguió avanzando hacia la China.

Conociendo que la vacuna no había alcanzado China, Balmis solicitó permiso para marchar hacia Macao, permiso que le fue concedido, partiendo de Manila el 3 de septiembre de 1805. Arribó tras un accidentado viaje a la colonia portuguesa de Macao, y el 5 de octubre de ese mismo año se adentró en territorio chino. Vacunó a la población de varias ciudades hasta llegar a la provincia de Cantón. Tras su concluir su trabajo en China, decidió volver a España.

En su camino de vuelta, Balmis consiguió convencer a las autoridades británicas de la isla Santa Elena (1806) para que accediesen a la vacunación de la población. Tras esa última campaña, se hicieron de nuevo al mar, arribando a Lisboa el 14 de agosto de 1806. Su vuelta a Madrid se produjo el 7 de septiembre. Carlos IV lo recibió en su palacio de San Ildefonso, donde lo colmó de honores y felicitaciones.

El propio descubridor de la vacuna de la viruela Edward Jenner escribió sobre la expedición: No puedo imaginar que en los anales de la Historia se proporcione un ejemplo de filantropía más noble y más amplio que este.

Sobre el mismo hecho Alexander von Humboldt escribía en 1825: Este viaje permanecerá como el más memorable en los anales de la historia.

En cuanto a los pequeños grandes héroes, los portadores de los virus, una vez cumplida su misión, fueron en su mayoría adoptados por familias locales acomodadas como agradecimiento a la colaboración prestada en tan grande acto de ayuda humanitaria. Ninguno de ellos volvió a España.


[1] Actuales Perú, Chile y Bolivia


[2] Nueva Granada. El territorio de esa denominación abarcaba los países actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá.

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Abd Allah ibn Zirí al Shînjayya

Último rey Zirí de Granada (S. IX)

Perlas de sabiduría del último rey Zirí de Granada que fue destronado por los invasores musulmanes del sur de Marruecos…

1) Aquel a quien guste disfrutar de las delicias del mundo, debe aprovechar cuantas facilidades encuentre para satisfacer su apetito, porque quien arrebata a la suerte una hora de placer, eso se encuentra, y quien la deja para más adelante, eso se pierde, ya que el hombre es efímero e hijo del instante.

2) Un sabio a quien se le preguntó por el vino, lo censuró, pero luego dijo: “Si se toma como conviene, con quien conviene y cuando conviene, no hay mal en ello, porque alegra el espíritu, disipa los cuidados y enardece e impulsa a las acciones meritorias. Tomarlo con exceso es tan grande daño como es gran bien beber poco. Dicen que una de las medicinas más grandes para la melancolía es beber vino cuando se la siente; pero que luego deja una melancolía peor que la anterior, si se bebe con exceso. […] No hay bien en beber vino, salvo si éste es ligero, de un año cumplido y de olor perfumado, circunstancias en que el vino es cálido y seco.

Pero en todo tiempo beba el hombre aquello que se acomode a su naturaleza, sin dejarse arrastrar por la avidez.

3) Es lo mismo que pasa con el coito, que cuando más se aprovecha es después de reposar el organismo y de haberlo tenido sumido en el sueño después de la cena, o sea, a la mañana siguiente, cuando el cuerpo está en la plenitud de sus funciones, deseoso de evacuar sus secreciones y en perfecta actividad.

No hay que hacer entonces ningún esfuerzo para el coito porque la naturaleza lo pide, sobre todo si la ayuda el alma, asistiendo a aquella persona con la pasión, porque alma y cuerpo se corresponden y están estrechamente ligados.

4) A un hombre sabio le preguntaban una vez: “¿De dónde viene todo eso que sabes?” Y contestó: “De una mente y un espíritu abierto y curioso y una lengua preguntona”

De sus “Memorias” escritas en Fez.

ALICANTINOS ILUSTRES

Pedro Montengón y Paret

De ascendencia francesa (sus abuelos paternos fueron los comerciantes franceses Juan Montengón y María Larraux, establecidos en Alicante), su padre, Pedro Montengón Larraux, casó en 1743 con Vicenta Paret, unión de la que nacieron quince hijos, de los que el segundo fue el novelista que nos ocupa. Tuvo por padrinos a otros mercaderes franceses establecidos en Alicante.

Nacido en Alicante el 17 de julio de 1745 y falleció en Nápoles el 14 de noviembre de 1824. Fue un prolífico escritor que brilló en todos los campos literarios, como poeta, narrador, dramaturgo y traductor. ) exjesuita español de la Ilustración y disidente, que salió en 1767 a Italia.

El 25 de noviembre de 1759, por deseo de sus padres, ingresó como novicio en la Compañía de Jesús en Valencia, donde tuvo como profesor a Antonio Eximeno[1]. Estudió también, cumplido el noviciado, en el colegio de Tarragona. Entre 1763 y 1765 estudia filosofía en Gerona. Sus superiores le encargaron la clase de gramática en Onteniente.

Consecuencia del decreto de Expulsión de los Jesuitas, el 20 de abril de 1767, se reunieron todos los jesuitas de la provincia de Aragón en Tarragona. Allí embarca para Italia. Sin embargo, eso no fue precisamente por ortodoxia, ya que por escritos autógrafos suyos, se sabe que entró en la Compañía de Jesús por deseo expreso de sus padres y que salió de España porque el Superior no atendió sus súplicas.

Ya en Italia escribió tales sátiras contra la filosofía aristotélica predicada por los jesuitas, que la orden le tuvo poco menos que por un hereje y como tal le acusaron ante los comisarios reales. Estos le retiraron la pensión de la cual vivía. En esta sátira, se ridiculiza el sistema de enseñanza jesuita citando los nombres de muchos de sus condiscípulos y maestros.

Marchó con sus compañeros expulsos a Ferrara, donde estudió Teología y, dos años más tarde, abandonó la orden. Tras la publicación de su citada sátira, las protestas hicieron que se le retirara la pensión como exjesuita, aunque por breve tiempo. En Ferrara hizo amistad con otro importante ilustrado, Juan Andrés y Morell[2], y Carlos III dobló su pensión en atención a sus méritos literarios. De 1778 son sus Odas, firmadas con el pseudónimo de Filopatro.

SUS OBRAS. –

Eusebio es una novela educativa que apareció en cuatro partes. Denunciada a la Inquisición en 1799, la obra pasó por un proceso a causa del cual tuvo que reescribirla y publicar una edición enmendada en 1808.

Es la obra más importante de Montengón en la que reflejó sus ideas pedagógicas y planteamientos paralelos, a Rousseau. En el siglo XVIII este ilustrado llegó a vender 70.000 ejemplares, todo un bestseller en aquella época. Se consideró a Montengón el Rousseau español.

El año de su matrimonio, Montengón publica Antenor (1788), obra antibelicista inspirada en la Eneida de Virgilio y en el Telémaco de Fénelon. Al año siguiente, concluye Eudoxia, hija de Belisario, relatando los amores de ésta con Maximio, entre referencias a las tesis, muy modernas que defiende el autor, que reflejó en este libro: el interés por la educación de las mujeres en igualdad con los hombres. Montengón sostiene que las mujeres tienen igual capacidad y han de recibir instrucción general.

En 1790 lo encontraremos en Venecia, donde publica El Rodrigo, extenso relato en doce partes precedida cada una de una “invocación” cuyo género literario vacila entre la novela histórica y la épica culta. Este romance épico, en prosa, ambientado en el siglo VIII, refleja el tema legendario de la violación de la hija del Conde don Julián, la ocupación de España por los musulmanes y el fin del reino visigodo.

Sorprende su última obra: El Mirtilo o Los pastores trashumantes de 1795. La trama es mínima: Mirtilo, desengañado de la Corte, marcha al campo y cultiva la poesía. Podría ser la última novela pastoril de la literatura española. Montengón volverá a España en 1800 y traducirá la obra del falso bardo céltico Ossián.

Fue expulsado de nuevo como jesuita en 1801, año en que publicó otra obra (Frioleras eruditas y curiosas para la pública instrucción) y regresó a Nápoles, donde estableció su residencia y murió. En las Frioleras se encuentran, un discurso sobre el buen gusto en las artes y las ciencias, cortas disertaciones sobre el sistema económico romano y sobre el politeísmo entre los latinos; exposiciones sobre la medición de la latitud y la longitud terrestre y sobre curiosidades de la naturaleza. De sus últimos años es un poema de épica culta, La conquista de México (1820).

Entre sus múltiples aportaciones destacan su estilo en algunas de sus obras: poemas deudores del estilo de fray Luis de León y Fernando de Herrera, o el innovador modelo de educación que defendió para la época. Tradujo además cuatro tragedias de Sófocles. Su azarosa existencia fue tal vez un acicate para que llegase a vislumbrar una sociedad justa, fraternal y solidaria, donde coincidían las felicidades del individuo y la república; utopía que trató de reflejar en todos sus libros.

En la actualidad, se le recuerda dando nombre a una callejuela del barrio de Santa Cruz, en la falda del monte Benacantil, coronado por el magníficamente cuidado Castillo , y bajo la benévola mirada del último señor musulmán, tallado por el tiempo y los elementos.

[1] Antonio Eximeno Pujades, nació en Valencia el 26 de septiembre de 1729 y falleció en Roma el 9 de junio de 1808. Ejemplo de intelectual jesuita, fue matemático, filósofo y musicólogo español. Fue profesor de retórica en el Seminario de Nobles de Valencia y de matemáticas en el Colegio de San Pablo de la misma ciudad. Fue también profesor del Real Colegio de Artillería de Segovia donde pronuncia su discurso de inauguración con una exhortación dirigida a los jóvenes cadetes, en las que proclama que la finalidad perseguida era la de crear un colegio de héroes que propagase en España el talento y el espíritu militar. Expone en su discurso el sistema educativo, que supone el enfoque de la enseñanza artillera desde la base imprescindible de la base teórica matemático-científica de la práctica artillera.

[2] Juan Andrés y Morell (Planes, Alicante, 15 de febrero de 1740/Roma, 12 de enero de 1817), sacerdote jesuita español y escritor en lenguas española, italiana y latina, fue un humanista, científico y crítico literario de la Ilustración, padre de la Literatura universal y comparada. Es considerado la principal figura de la Escuela Universalista Española del siglo XVIII.

LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO

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LA NAO VICTORIA

EXPEDICIÓN MAGALLANES-ELCANO.

La Armada de la especiería.

Este fue el nombre que recibió la expedición armada por Carlos I, formada por cinco naves bajo el mando del portugués, al servicio de la corona española, Fernando de Magallanes.

La nao Victoria fue construida en los astilleros de Zarauz, desaparecidos hace tiempo. Desplazaba 102 toneladas y su eslora era de 28 m., manga 7,5 m y su calado de 2 m en la borda más baja y 7,5 m en el castillo de popa.  Constituían su aparejo tres mástiles, con gavias en trinquete y mayor y en mesana vela española, también llamad latina. Estaba artillado con 6 falconetes de hierro forjado y 4 cañones del mismo material. Su tripulación al inicio de su navegación era de 45 hombres. El mando inicial de la nave era de Luis de Mendoza, que, además de capitán de la Victoria, era tesorero de la Armada.

Además de la Victoria, los otros cuatro barcos fueron la Trinidad (nave capitana, 132 toneladas, 55 tripulantes), la San Antonio (144 toneladas, 60 tripulantes), la Concepción (108 toneladas, 45 tripulantes), y la Santiago (90 toneladas, 32 tripulantes).

La expedición zarpa de Sevilla el 10 de agosto de 1519. Tras una corta estancia en Tenerife, llega el 13 de diciembre a la bahía de Sta. Lucia, sita entre los actuales Rio de Janeiro y Sao Paulo. Continúan rumbo Sur y el 11 de enero llegan a la desembocadura del Rio de la Plata.

El 30 de marzo de 1520 fondean en una bahía a la que llaman puerto de San Julián, en la Patagonia argentina, donde se preparan para pasar el invierno. Algunos oficiales le presionan para que deje de andar perdido por esa costa estéril y Magallanes se ve obligado a revelar que tiene acordado con el Rey explorar toda esa costa hasta localizar un paso que les permita pasar al Océano Pacífico navegando hacia el Oeste. En esencia, explorar el Océano Pacífico y alcanzar las Islas de la Especias sin tener que navegar toda la costa africana y el subcontinente asiático. Le insisten en que no se detenga y siga avanzando, pero Magallanes se mantiene firme. Como nadie antes había llegado a estas costas cada entrante y cada bahía, debía ser explorada y cartografiada.

Los capitanes en desacuerdo, Luis de Mendoza, Gaspar de Quesada y Juan de Cartagena, se amotinan contra Magallanes, tomando el control de las naos Concepción, San Antonio y Victoria. Envían a la Trinidad un mensaje para Magallanes pidiendo negociar. Magallanes retuvo esta embarcación y envió a Gonzalo Gómez de Espinosa, su alguacil, al mando de cinco o seis hombres armados secretamente a la Victoria, con una carta para Luis de Mendoza. Mientras Mendoza lee el mensaje de Magallanes, Espinosa y otro de sus hombres lo matan a traición. El 7 de abril, Magallanes, manda cortar la cabeza y descuartizar a Gaspar de Quesada, capitán de la Concepción, y condena a ser abandonados a su suerte al veedor real, Juan de Cartagena, y a un fraile, Pedro Sánchez Reina.

Al mismo tiempo, otro bote también enviado por Magallanes, con Duarte Barbosa y quince hombres armados, abordan la Victoria tomando el control sin resistencia. Magallanes reúne la Santiago, la Victoria y la Trinidad en la salida del puerto de San Julián, haciendo imposible la huida de las dos naves rebeldes, que tienen que rendirse. Magallanes nombra capitán de la Victoria a Duarte Barbosa.

Reanudada la navegación, la nao Santiago que se había enviado a explorar más al Sur, encalla a causa de las fuertes oscilaciones de las mareas.  La tripulación se salva con la sola baja de un esclavo y se recuperan la mayor parte de los enseres y vituallas. Se envían dos hombres quienes a pie y en circunstancias muy penosas, llegan a Puerto San Julián para dar noticia de lo sucedido. El grueso de la expedición acudió de inmediato a su rescate.

Al reanudar la navegación, encuentran condiciones meteorológicas muy desfavorables y deciden atracar el 26 de agosto en Puerto de Santa Cruz, en el que aprovechan para reponer vituallas por su abundancia en pesca. 

El 18 de octubre parten de Santa Cruz y a tres días de navegación se empiezan a adentrar, con una fuerte tormenta que separa a la San Antonio y la Concepción del resto, empujándolas hacia lo que estimaban una bahía en la que podían encallar. Al fondo de la zona encuentran un estrecho canal y continúan navegando. A la salida del canal, encuentran otra bahía y un nuevo canal al final del cual se abre el océano y toman conciencia de que han encontrado el ansiado paso hacia el Pacifico. Vuelven atrás y a los tres días se reúnen con las otras naves, con toda la arboladura desplegada y con descarga de salvas de artillería. Comunicaron el descubrimiento del estrecho con gran alborozo para toda la expedición.

Magallanes envía de nuevo a la San Antonio y la Concepción a explorar el estrecho. Estando ya las naves dentro del estrecho, la San Antonio perdió de vista a las otras, circunstancia que aprovecha el experto piloto portugués Esteban Gómez para hacerse con el mando de la San Antonio durante la noche y abandonar la expedición poniendo rumbo a España. Llegan a España en mayo comunicando al Emperador el descubrimiento del estrecho y los abusos de Magallanes.[1]

La exploración y cartografiado del recién descubierto estrecho, luego llamado de Magallanes, les llevará nada menos que 28 días, y por fin, el 18 de noviembre de 1520, desembocarán en el Océano Pacífico. Inician la travesía buscando latitudes más cálidas y navegando muy cerca de la costa al llegar a la altura de la actual ciudad de Concepción (Chile), ponen rumbo al Noroeste para atravesar el Océano. La climatología se mostró muy favorable, con vientos a favor y sin borrascas que entorpezcan la navegación lo que les permite avanzar cada día distancias del orden de 100 leguas[2], unos 560 km., aunque el océano parece no tener fin. La travesía se vuelve muy dura por la carencia de agua y alimentos lo que provoca una elevada mortalidad en las tripulaciones.

Siguiendo su singladura rumbo Oeste por el Pacífico, llegan el 6 de marzo de 1521 a la actual isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas, a las que llamaron “Islas de los ladrones”, por el saqueo al que los sometieron los habitantes de las mismas. Como contrapartida obtuvieron agua y alimentos abundantes. Tras aprovisionarse retoman viaje hacia el oeste, avistando el 16 de marzo un archipiélago que denominaron de San Lázaro (actual Filipinas). Divisan una isla grande, la de Homonhon y allí se dirigen. Hay un buen puerto y unos indios amigables. Parte de la tripulación se recupera de sus enfermedades.

Avanzan hasta la isla de Mazava, cuyo rey se ofrece a guiarlos hasta Cebú, donde dice que hay más población y otro rey. Un esclavo malayo capturado en otros viajes por los portugueses, se entiende bien con los nativos, lo que consideran una señal de estar cerca de su éxito, y todavía más importante, empiezan a confirmar la redondez de la tierra.

Entran en Cebú con salvas de artillería que atemorizan a los nativos. Los convencen de que es una forma de expresar su alegría. Se ganan la confianza del rey local con quien intercambia regalos. El rey de la población vecina, Mactan, desafía a los navegantes. Magallanes acude a la visita con muy pocos hombres y al desembarcar son atacados por miles de guerreros que los aguardaban. La superioridad numérica se impone y Magallanes muere alcanzado por una lanza que atraviesa su cabeza. Posteriormente, en una supuesta comida de desagravio, mientras el rey distrae a los españoles, entran cientos de guerreros en la sala y matan a 26 hombres más.[3]

Tras las pérdidas de personal sufridas hasta ese momento, consideran insuficiente la tripulación para navegar de forma segura las tres naves restantes y deciden destruir, quemándola, la Concepción en Bohol, repartiendo su tripulación entre la Trinidad y la Victoria. Se nombra nuevo capitán a López Carvalho, quien da muestras de no estar capacitado para el mando. Recorren de isla en isla la zona del mar de Joló, al parecer perdidos y sin un rumbo claro. Terminan por encontrar la isla de Palawan donde se pueden surtir al fin de abundantes provisiones. Allí tienen noticias de la riqueza de la cercana Brunéi, en la isla de Borneo, donde llegan el 21 de julio. Brunéi cuenta con una gran población, y un grado de civilización muy superior al de los lugares que han visitado hasta entonces. El trato que reciben de la población es bueno, pero al ver aproximarse a las naves más de un centenar de canoas, con varios centenares de guerreros en ellas, se asustan y las atacan, causando muertos y tomando prisioneros. Se aclara al fin que los guerreros venían celebrando una victoria en una guerra con otras tribus y no tenían intenciones agresivas hacia nuestros navegantes, ya muy en guardia por las experiencias anteriores. Fue un error comprensible que terminó con las buenas relaciones, y obliga a los españoles a salir de Brunéi precipitadamente.

Pocos días después de abandonar Brunéi y tras un periodo de navegación caótica, encalla la nave Trinidad. Encuentran un puerto, no identificado, donde reparan los daños de la nave demorándose en ello 37 días. En esa escala se toma el acuerdo de relevar a López Carvalho por Gonzalo Gómez de Espinosa quien, de hecho, ya comandaba la nave. A la vez, Juan Sebastián Elcano es nombrado capitán de la nao Victoria, fijándose como objetivo prioritario continuar viaje hasta llegar a las islas Molucas y volver a España cargados de especias.

El 28 de octubre fondearan en la isla de Kagayan y contratan dos pilotos locales para que los guíen a las Molucas. En sólo 10 días, estaban ya viendo los picos volcánicos de aquellas islas, las islas de la Especiería. El 8 de noviembre llegan a Tidore, en las islas Molucas. A su llegada a Tidore los españoles son muy bien recibidos por el rey local, Almansur, al que enseguida llaman Almanzor. Es musulmán, ya que los árabes habían llegado mucho antes allí para comerciar con especias. Les pide que le ayuden a defenderse de los portugueses que no le trataban muy bien. Los españoles perciben que debían apremiar su salida para evitar problemas; el 25 de noviembre empiezan a cargar las naves de clavo, y el 8 de diciembre, después de haber atrasado la salida casi una semana parten rumbo Sur.

Al zarpar la Trinidad advierte que le cuesta avanzar. Ambas naves maniobran y dan la vuelta, y ya fondeadas se descubre que la Trinidad hacía agua de forma muy peligrosa. El rey Almansur dispuso buzos para localizar la entrada de agua, sin éxito. Descubren que el problema es más grave que una simple vía de agua, quizás por una mala reparación tras haber encallado en el trayecto a Brunéi, y con la sobrecarga las cuadernas se habían desencajado. Ello obligaba a descargar la nave, y pese a que el rey trae carpinteros para ayudar, la reparación de la Trinidad iba a precisar meses.

Con el fin de dar noticias al Rey de lo conseguido a la mayor brevedad, disponen que la Victoria zarpe ya para volver a España rumbo Oeste. Su tripulación se compone de 47 tripulantes y trece indios, con velas nuevas, en las que se lucía una gran Cruz de Santiago. Por precaución se redujo la carga de clavo de la Victoria de unos 700 a unos 600 quintales[4] -unas 27 toneladas- y, por fin, el 21 de diciembre de 1521, zarparon hacia el cabo de Buena Esperanza.

La Trinidad, tras su reparación, volvería cruzando el Pacífico hasta el actual Panamá, único lugar de la costa pacífica americana en posesión española.   Al poco tiempo de iniciada su singladura tiene tan mala suerte, que un temporal destrozó el mástil mayor y los castillos de popa y proa. Fue capturada por portugueses y ya no regresó a España, aunque sí cuatro de sus tripulantes.

La Victoria recorre durante varios días diversas islas recogiendo muestras de las especias y acercándose al Sur. En la isla de Mallúa realizan reparaciones a la Victoria durante quince días. El 25 de enero llegan a Timor, donde dos tripulantes huyen a nado, siendo recogidos posteriormente por una embarcación portuguesa. La nao Victoria zarpa después de 11 días en busca del océano Atlántico. Al inicio del viaje, en el Océano Índico, navegan con vientos flojos, propios de las latitudes ecuatoriales en que se encuentran. Navegan hacia el Suroeste, tratando de evitar encuentros con expediciones portuguesas. En su navegación, pasan tan cerca de Australia que una desviación hacia el Sur, los hubiera llevado a sus costas.

Conforme descienden hacia el Sur, el Índico muestra su carácter feroz; los vientos y las corrientes desfavorables, hacen el avance cada vez más problemático. Cuando se van acercando al paralelo 40 tienen que luchar denodadamente para evitar ser devueltos hacia el Este. Tras unos días terribles, Elcano decide pasar al paralelo 36, encontrando las mismas condiciones, lo que le hace temer no poder rebasar el Cabo de Buena Esperanza. Al final pasan (sin verlo) a unos 40 Km. al Sur de él, y el 19 de mayo, ya en el Atlántico, toman rumbo Noroeste.

El Océano Atlántico les trae vientos favorables y avanzan con gran velocidad llegando a recorrer un día 100 leguas, unos 560 km-, siendo la mayor distancia recorrida en un día en toda su vuelta al mundo.

A partir del 12 de mayo debido a la falta de alimentos, el agotamiento y la dureza de la navegación, el número de fallecimientos es incesante. Elcano se enfrenta al fallecimiento de toda tripulación.  Para evitar esa tragedia, decide tomar una decisión contraria a sus planes: acercarse a la costa para avituallarse. Están cerca de Guinea, en una costa formada por manglares, bosques de árboles resistentes al agua salada que crecen en las desembocaduras de los grandes ríos de esta zona, lo que   les impide acercarse a tierra firme. Persisten dedicando desde mediados de junio hasta primeros de julio a recorrer las costas africanas en busca de un lugar donde fondear, mientras siguen las muertes. El 1 de julio Elcano somete a votación la decisión a tomar: continuar viaje a España sabiendo que quizá mueran todos en el intento, o recalar en las cercanas Islas de Cabo Verde donde se encuentran los portugueses a los que tanto temen. Se decantan por lo último, con la estratagema de que vuelven de América y necesitan reparar el trinquete.

El 9 de julio la Victoria fondea y parte de la tripulación acude a la costa a bordo de su bajel para traer provisiones. Los portugueses atienden de buena fe a los expedicionarios y les proveen de alimentos y agua. A los tres días de permanecer en Cabo Verde, el bajel que había acercado al puerto no volvía. Las autoridades habían descubierto la verdad[5] y estaban reteniendo a los 13 hombres que en él iban y que fueron rescatados pocos meses después por el Emperador Carlos I. La mañana del día siguiente se acercaron al puerto, donde acudió una embarcación portuguesa que les avisó de que sus compañeros habían sido detenidos, y que las autoridades les pedían entregar la nave. Elcano larga velas inmediatamente, emprendiendo así la huida. Son muy pocos para gobernar la nao, pero tendrán que arreglárselas. Y decide despistar a los portugueses. Toma rumbo Suroeste.

El camino a España a vela desde Cabo Verde, la distancia más corta es por las Islas Canarias, pero en la zona se encuentran vientos alisios constantes en dirección Suroeste, por lo que es un rumbo casi imposible para un velero. Cuando se navega en sentido contrario, hacia Sudamérica, es el mejor rumbo pues los fuertes alisios de popa hacen casi volar a las naves. El camino habitual es cruzar esa zona de alisios con rumbo Noroeste hasta aproximarse a las Azores, más o menos, según afecte el anticiclón que suele posicionarse en la zona, para después virar al Este camino de Portugal, con vientos favorables.  Elcano sigue fielmente esta ruta.

Aunque las Azores son portuguesas, no suponían peligro, puesto que era la ruta normal para la vuelta desde América para los barcos españoles. El viento le ayuda y lo hace a gran velocidad, sin cruzarse con ningún barco. Pero ya están en agosto y el anticiclón de las Azores les deja sin viento a los pocos días y apenas avanzan. Están a punto de conseguir su objetivo, pero el agotamiento por hacer funcionar las bombas de achique día y noche los está dejando exhaustos. Al fin se levanta viento favorable y pueden navegar hacia el Cabo de San Vicente. El 4 de septiembre, divisan el cabo, y dos días después, el 6 de septiembre de 1522, entran al puerto de Sanlúcar de Barrameda.

Los sanluqueños contemplan una nave parcialmente desarbolada y fuertemente escorada, de cuyas bordas asoman 18 escuálidos hombres que dicen ser los supervivientes de la armada de Magallanes, y que vuelven de haber dado la vuelta al mundo cargados de especias. Llevan a bordo tres indios de las Islas Molucas, de los 13 que habían embarcado en Tidore nueve meses atrás. De inmediato se corre la voz como la pólvora por la ciudad, que se presta a atenderlos.

Orgullosos de su gesta, quieren continuar hasta Sevilla de donde partieron hace 3 años y 28 días, siendo remolcados para remontar el Guadalquivir. Entran en el puerto de Sevilla gastando en salvas la pólvora que les quedaba. No olvidan la promesa hecha a la Virgen durante una tempestad que casi termina con ellos cuando viajaban a Timor, y piden cirios; descalzos y con ellos en las manos, desembarcan uno a uno y, como una procesión de espectros, se dirigen hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, en Triana, para dar gracias a la Virgen.

Traen un preciado cargamento de 27 toneladas de clavo, una increíble fortuna para la época. Pero, tal como cuenta Elcano al Emperador Carlos I en la carta que le escribe desde la Victoria anunciando su regreso, “…aquello que más debemos estimar y tener es que hemos descubierto y dado la vuelta a toda la redondeza del mundo“.

No cabe mayor heroicidad, capacidad de sacrificio y audacia. Con su regreso, estos 18 hombres no solo entraron al puerto de Sevilla, sino que lo hicieron para siempre en la Historia de humanidad.

A Juan Sebastián Elcano le concedió el Rey que en su escudo nobiliario luciera una banda con la famosa frase “PRIMUS CIRCUMDEDISTI ME”.

NOTA FINAL. –

La didáctica visita al puerto de Alicante, donde se encuentra fondeada una réplica de la nao Victoria (y también un hermoso galeón de más porte), me ha servido para tomar conciencia real de las dificultades, dados los medios con el que se llevó a cabo esta hazaña, que, vista desde hoy, parece increíble. En una época sin más ayudas a la navegación, que sextante y brújula, sin mas cartas náuticas que su propia experiencia y un valor que, al menos yo no soy capaz de entender, llevaron a cabo una hazaña que hoy día es difícil de imaginar.  

Fue lo que me movió a investigar más a fondo la historia de esa epopeya y plasmarla en este artículo que publico en mi blog con mi admiración por aquella gloriosa aventura que llevaron a cabo españoles del S.XVI.

PARA SABER MAS. –

En Internet se encuentran infinidad de artículos sobre el tema, pero hay una página web donde se trata con más extensión y profundidad la aventura con lujo de detalles. Es lo mejor y más documentado que he encontrado.

Esa página es www.rutaelcano.com. Su autor es D. Tomás Mazón Serrano. Está disponible en español e inglés. Además del extenso y detallado relato, hay unos desplegables documentadísimos que tratan en profundidad diversos aspectos, desde LA HISTORIA A LOS MAPAS Y LAS FUENTES.

Desde aquí, le expreso mi admiración por su magnífico trabajo.


NOTAS DEL TEXTO.

[1] Posteriormente Carlos I encargó a Esteban Gómez el mando de una expedición para buscar otro paso al Océano Pacífico por el norte. Gómez fue el primer europeo que visitó la isla de Manhattan y la península del Labrador.

[2] La legua marítima usada por los marinos, equivale a 5.555,55 metros. 

[3] Dice el refrán que “quien a hierro mata, a hierro muere”. Magallanes y Barbosa asesinaron a Mendoza y a Gaspar de Quesada, y casi de la misma forma los asesinaron a ellos. Justicia poética.

[4] Un quintal castellano es aproximadamente, 46 kg.

[5] Parece ser que al comprar vituallas pagaron en especie, entregando alguna cantidad de especias de las que llevaban a bordo.

UNA HISTORIA MILITAR

 

El Regimiento de Infantería San Fernando 11 tiene sus orígenes en la Guerra de la Independencia española, concretamente, el 5 de mayo de 1808, en el que Don Francisco de Rovira organiza la sublevación contra las tropas francesas en la zona del Ampurdán, organizando con varias partidas una unidad que se denominó “Tercio del Ampurdán 1”, de la que fue primer jefe D. Manuel de Montesinos.

En el año 1809, se organizan las denominadas “Legiones Catalanas”, por lo que el Tercio del Ampurdán pasó a ser conocido como “Tercio de la Primera Legión de Infantería”

En el año 1811 cambia su nombre por el de “Regimiento de San Fernando de Infantería de Línea”. Finalizada la guerra de la Independencia toma el 57 de los de la Infantería y pasa a ser el “Regimiento de Infantería San Fernando 57”, que fue disuelto en 1815 al pasar a Ultramar.

Se vuelve a organizar la unidad en 1825 con el nombre de “Regimiento 10º de Cataluña”, para en ese mismo año pasar a “Regimiento de Infantería de Línea 10” y un año más tarde en 1826 recuperar el nombre de San Fernando y conocérsele como “Regimiento de Infantería San Fernando 10”. En el año 1831 tomo el nombre de “Regimiento de Infantería San Fernando 11”.

Reorganizada la Infantería en Batallones en el año 1844 se forman los batallones “Batallón de Infantería San Fernando 31”, “Batallón de Infantería Sevilla 32”, “Batallón de Infantería Tarifa 33”, hasta que en el año 1844 vuelve a tomar el nombre de “Regimiento de Infantería San Fernando 11”. Dividido en tres batallones en 1925 para la lucha en Marruecos, el primer batallón sirve de base para la formación del “Batallón de Cazadores de África 13”, que en 1929 pasa a ser el “Batallón de Cazadores San Fernando 3” y, finalmente con la agregación de varias Unidades, vuelve a convertirse en regimiento con el nombre de “Regimiento de Infantería San Fernando 11”

En el año 1931, destinado a Alcazarquivir (Larache), cambia su denominación por la de “Regimiento de Infantería 40”, siendo disuelto ese mismo año pasando su historial al “Batallón de Cazadores África 1”, que posteriormente pasa a denominarse “Batallón de Cazadores de Larache 1 y 2”, en 1935 con el que comienza la Guerra civil española en 1936.

Finalizada la Guerra Civil se organiza el “Regimiento de Infantería 59”, que recoge el historial y la bandera del Batallón de Cazadores y posteriormente en 1943 vuelve a llamarse en Alicante, el “Regimiento de Infantería San Fernando 11”, que pasa posteriormente de guarnición a Ifni.

En 1960 se organiza la “Agrupación de Infantería San Fernando 11”, para finalmente en 1963 volver a ser el “Regimiento de Infantería San Fernando 11”, integrado en 1965 en la Brigada DOT III con el que es disuelto definitivamente en el año 1985.

Participó en las Guerras Carlistas, Guerra de África, 1859-60; Guerra de Cuba en dos ocasiones; Campaña de Melilla, 1893; Guerra del Rif, 1909; Campaña del Kert, 1911-12 y Campaña del Rif, 1920-21. En esta última, la unidad tenía a su cargo la zona de Drius y sus tropas defendían 21 destacamentos. Durante el desastre de Annual perdió más de 1.800 hombres.

LOS VOLUNTARIOS DE NOVIEMBRE DE 1962

En el momento de nuestra incorporación a filas, al Regimiento de Infantería San Fernando 11, en el hoy desaparecido Cuartel de Benalúa, Compañía de Morteros de 120, éramos un grupo muy joven y heterogéneo. Nacidos en la década de 1940, casi recién terminada la Guerra Civil, todos queríamos cumplir nuestro deber militar lo antes posible, cada uno por sus propios motivos, generalmente por estudios o trabajo.

Éramos unos 70 y, salvo excepciones, desconocidos entre sí hasta ese momento. La convivencia diaria del grupo, la instrucción, las marchas, las prácticas de tiro, las guardias y las clases teóricas de temas militares, fueron forjando entre nosotros una camaradería y amistades duraderas y muy firmes, que solo se dan en la Institución Militar, y que perduran en el tiempo. Tras el periodo de instrucción, se fueron asignando destinos y el grupo se fue disgregando, aunque la amistad que surge en el ejército, distinta de cualquier otra, se mantiene.

Una especial mención a nuestros mandos, jefes, oficiales y suboficiales, que tuvieron que lidiar con este grupo díscolo, bullicioso y a veces indisciplinado, al que inculcaron los valores militares y la disciplina necesarios para el buen funcionamiento de la Institución. Como es normal, al final, triunfó el respeto y la comprensión mutua.

El pasado 2017, celebramos nuestro 55 Aniversario de Jura de Bandera con actos muy emotivos, por la falta de un cierto número de compañeros, fallecidos unos y otros con graves problemas de salud. Tras la misa celebrada, se cantó con mucha emoción, “La muerte no es el final”.

Es una experiencia que marca toda la vida, de aplicación a la posterior vida civil. Se adquiere un fuerte sentido de la jerarquía y se asume como un deber casi religioso, la férrea obligación del cumplimiento del deber que, en tiempos difíciles, puede ayudar a salvar la vida propia, de los compañeros y de los ciudadanos. Lecciones de vida, que muchos creemos que, serian de gran valor para la juventud actual, bastante desorientada y muy necesitada de entender que en la vida no solo se tienen derechos, que también hay obligaciones y necesidad de disciplina para llevarlas a cabo, en especial cuando está en juego el bien común.

En los próximos días de noviembre del presente 2019, volveremos a reunirnos para conmemorar nuestra incorporación a filas hace ya 59 años, con la ausencia, desgraciadamente, de muchos compañeros algunos por enfermedad y otros porque Dios, con sus inescrutables designios llamó a su lado antes que a los demás.

Personalmente, cada vez que paso por el terreno que ocupó el Cuartel, no puedo evitar una extraña sensación de vacío y de melancolía por aquellos tiempos pasados.

 

 

MEMORIAS DE UN DESMEMORIADO. –

Monumento a Peter Pan en Hyde Park

Nuestro primer viaje a Londres fue en el otoño de 1975. Un par de años antes, se había producido la incorporación de Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca a la Comunidad Europea y se vivían las primeras experiencias como país miembro. Era un momento interesante porque se habían incrementado mucho las visitas de muchos países del resto de Europa. La pertenencia a la Comunidad ofrecía muchas facilidades y los precios eran muy razonables en aquella época.

Fue una interesante experiencia encontrar unos ciudadanos con un sentido de condescendiente superioridad, pero siempre dispuestos a ayudar al forastero con mucha amabilidad. En el momento que te encontrabas desorientado, siempre había algún ciudadano (con más frecuencia señoras mayores) que se aproximaba con una sonrisa y la frase: “May I help you”. He procurado a lo largo de mi vida, cada vez que he visto un ciudadano británico desorientado en mí tierra, acercarme con la misma frase y tratar de ayudarle.

Para empezar a orientarnos contratamos una visita guiada en bus para tener una visión global, al menos, de los lugares más emblemáticos. El guía, una persona de mediana edad y español impecable, nos fue ilustrando sobre la historia de los lugares y monumentos que visitamos, salpicando algunas disertaciones con anécdotas vinculadas al lugar visitado, que hacían la visita más amena.

Al visitar el barrio de Chelsea, uno de los más elegantes en la época, nos contó la anécdota que a continuación ofrezco como la recuerdo.

Vivían en ese barrio y a corta distancia, dos grandes literatos, George Bernard Shaw y Oscar Wilde. Había una cierta enemistad, celos profesionales, entre aquellos dos grandes personajes de la literatura universal, ambos con mucho talento, mucha arrogancia y engreimiento. Parece que el Sr. Shaw tenía además un carácter bastante hosco e irascible y como consecuencia, el número de sus amigos no era muy amplio.

En 1892, Wilde estrenó en el teatro St. James su obra “El abanico de Lady Windermere”. Siguiendo la costumbre entre colegas, caballerosos y bien educados, Wilde le envió a Shaw, dos entradas para el día del estreno acompañadas de una nota malintencionada:

Apreciado Mr. Shaw, el próximo día xx, se estrena en el Teatro St. James, mi obra “El abanico de Lady Windermere” y me complacería poder contar con su asistencia. Para ello le adjunto dos localidades preferentes, una para Vd. y otra para un amigo, si es que tiene alguno.

El siguiente día, Wilde recibió devueltas sus dos entradas con el siguiente mensaje:

Muy agradecido por su amable invitación. No podré asistir debido a un compromiso previo en esa misma fecha y hora.  Pero tendré mucho gusto en asistir a una representación posterior, si es que se sigue representando el siguiente día.

Parece que fue el primer gran éxito teatral de Wilde y estuvo en cartel durante mucho tiempo. Ignoro si el Sr. Shaw se dignó ir a verla.

La anécdota es divertida y refleja muy bien el carácter y el ingenio británico, pero me parece poco creíble, aunque con el peculiar carácter británico, todo es posible.

En cualquier caso, como dicen los italianos, “Si non e vero, e ben trovato”

¿Los últimos días de España?

atentados 11 MArticulo muy interesante del Sr. Joseph Stove

En 2007, el prestigioso escritor de la posguerra europea Walter Laqueur publicó “The Last Days of Europe”, un lúcido estudio sobre las causas de la decadencia europea. El libro no ha sido publicado todavía en España, donde la corrección política se impone. Laqueur trata de dar respuesta a la cuestión de qué ocurre en una sociedad cuando bajos índices de natalidad sostenidos y envejecimiento, se juntan con una inmigración incontrolada.

El autor cree que Europa, dada su debilidad, jugará, en el futuro, un modesto papel en los asuntos mundiales, a la vez que muestra su certeza de que será algo más que un museo de pasadas gestas culturales, para el solaz de turistas asiáticos.

Por supuesto que España no se escapa de su agudo análisis y deja constancia de su rol en el “landslide” europeo. El contexto sociocultural que expone Laqueur, es motivo para reflexionar sobre las singularidades que aquejan a España y que no comparte con ningún otro país de Europa, lo que hace de su situación algo particularmente grave:
– En España, a los 30 años de aprobarse una constitución democrática, el modelo de estado sigue sin cerrarse, lo que se ha traducido en una dinámica de descomposición. En un arrebato de originalidad se puso en práctica un modelo excepcional en el constitucionalismo comparado: se inventó el “estado de las autonomías”.

Su materialización ha consistido en ir desposeyendo, paulatinamente y sin pausa al Estado de sus competencias, creando a la vez fronteras interiores basadas en exclusivismos artificiales y en diferentes niveles de bienestar.

– España es el único país de Europa con un terrorismo propio, de carácter secesionista, donde sus miembros y simpatizantes están en las instituciones del estado y reciben ayuda de los presupuestos públicos.

– En España, se relativiza, o se niega el concepto de nación, impulsado por un “status” de idiosincrasia política que permite la puesta en manos de exiguas minorías independentistas, resortes políticos que cualquier estado con un mínimo sentido de la supervivencia no osaría considerar, ni tan siquiera en tono de broma, su transferencia a las regiones. Ejemplo: la educación.

– Y, sobre todo, existe un hecho de enorme importancia social: el pueblo español cree que vive en una democracia consolidada.

Las “élites” políticas españolas trasmitieron al pueblo que se había terminado con éxito la “transición política” y que todos se habían convertido en “demócratas de toda la vida”. Se había conseguido un hecho espectacular, lo que otras naciones habían tardado siglos en alcanzar, España lo había conseguido en una década prodigiosa. Se instaló en la opinión pública la certeza de que era madura y estaba bien informada, que había una clase política experta y con sentido de estado, que funcionaba la separación de poderes y actuaba como la fortaleza de la democracia, dado el vigor y prestigio de sus instituciones. Todo era una falacia.

Un largo periodo de crecimiento económico y bienestar material enmascaró durante años la metástasis que corroía el cuerpo nacional. El fin de los sueños se produjo el 11 de marzo de 2004. Un ataque, posiblemente por parte de un actor no estatal, en forma de acción terrorista, iba a poner de manifiesto la enfermedad terminal que aquejaba a España. La sociedad lo encajó como un “atentado”, un hecho al que estaba acostumbrada por las innumerables acciones de ETA y que tenía su liturgia particular.

Empieza con el estupor e indignación, sigue con las condenas, las manos blancas a continuación y, después, el olvido, hasta el siguiente golpe.
Pero esta vez, el ataque era de carácter “apocalíptico”, no era “selectivo” como los anteriores. Tenía un objetivo claro, destruir España como actor estratégico. Los casi doscientos muertos y los cientos de heridos, efecto material del ataque, sólo eran el catalizador para alcanzar los efectos estratégicos, los terroristas habían finalizado su trabajo. Los creadores de opinión pública y la puesta en práctica de una política diferente se encargarían de materializar esos efectos: El pueblo español se encogió.

 No había sido casual que España fuese elegida como blanco. La debilidad de sus instituciones y la vulnerabilidad de su opinión pública, la hacían pieza adecuada para asestar un duro golpe al mundo occidental, suprimiendo a uno de sus peones.

A partir del 11 de marzo de 2004, España desapareció como actor estratégico y se volvió hacia sí misma, como había hecho en los dos siglos anteriores. Una ola de “catetismo” invadió el país. La fabricación de “diferencias” entre regiones se acentuó, “la España plural”, a la vez que la Constitución se adaptaba convenientemente a las circunstancias. Se apeló a la “memoria histórica”, como si de la Guerra Civil al posmodernismo de principios del siglo XXI no hubiese ocurrido nada, y se articuló una política de “ampliación de derechos” que no era más que ingeniería social, al más puro estilo orwelliano.

El 11 de marzo de 2004 se convirtió en fecha incómoda. La sociedad española no consideró la acción terrorista un ataque a su integridad, sólo una retribución por una errónea política exterior. 

Cualquier estado moderno que sufriese una agresión semejante habría empleado (TODOS) los resortes adecuados para conocer quien promovió el ataque y a quien beneficiaba, en el ámbito internacional, para actuar en consecuencia. Pero a una sociedad que se le había inoculado el “no a la guerra“, no podía concebir que alguien emplease la violencia organizada para alcanzar fines políticos. La solución fue aplicar el procedimiento penal, aunque era, a todas luces, insuficiente. La “verdad judicial” aclararía el hecho.

Hoy se conoce dicha verdad, pero poco se sabe de quién ordenó el ataque y a quien benefició en el ámbito internacional. La opinión pública, dirigida por su clase política y por los medios de comunicación, olvida. Como señala Laqueur, Europa está enferma. El bajo nivel de natalidad y una inmigración descontrolada, es un cóctel letal para el ser europeo y para cualquier sociedad.

España sufre esa enfermedad y, además, su propia deriva centrífuga, que puede acelerarse al ampliarse las desigualdades sociales por la crisis económica.

Su sociedad está enferma y su mediocre clase política es incapaz de encontrar el tratamiento adecuado ya que, sin excepciones, se embarca en una huida hacia delante, alabando el “estado de las autonomías” y evitando las referencias éticas.

Si no se reacciona, todo hace indicar que “The last days of Spain” precederán a los del resto de Europa.”

SOBRE EL AUTOR: El Sr. Joseph Stove, es analista político. Colabora con la Ilustración Liberal y con el GEES (Grupo Español de Estudios Estratégicos) con certeros y documentados análisis sobre temas internacionales.  Este artículo se publicó en febrero de 2010 en La Ilustración Liberal

EL VALLE DE LOS CAÍDOS

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Artículo publicado en el diario Ya, de los Sres. D. Alberto Bárcena y D. Laureano Benítez Grande-Caballero que guardaba en mi archivo. No guardé la fecha de publicación, pero pienso que fue en ocasión de alguna otra ronda de estupideces como la actual sobre el Valle de los Caídos.

Toda la verdad y nada más que la verdad sobre el Valle de los Caídos.

El Valle de los Caídos en un conjunto monumental construido entre los años de 1940 y 1958 en el Valle de Cuelgamuros, en la Sierra Norte de Madrid. Fue concebido por Francisco Franco como un mausoleo donde fueran enterrados cristianamente los fallecidos en la Guerra Civil española, pertenecientes a los dos bandos en lucha, por lo cual su verdadero espíritu es el de ser un monumento a la reconciliación nacional, siendo una completa falsedad afirmar que es un mausoleo franquista, un monumento al fascismo, porque Franco no levantó la Basílica con la intención de que fuese su sepultura. Fue enterrado allí, porque el rey Juan Carlos I, de acuerdo con el Gobierno y el Ayuntamiento de Madrid, así lo decidió a los tres días de su fallecimiento.

Con este objetivo, están allí inhumados 33.384 fallecidos durante la contienda, de los cuales pertenecen al bando nacional el 58%, y al bando rojo el 42% restante. Los cuerpos fueron trasladados allí desde toda España, con el consentimiento de sus familias en la gran mayoría de los casos, en muchas ocasiones recogidos de las cunetas, porque Franco deseaba que sus restos descansaran en terreno sagrado.

Aparte de ser un Centro de reconciliación nacional, Franco quiso erigir en el Valle de los Caídos un monumento a la fe católica, que consta de una basílica y de un monasterio benedictino, edificaciones donde no existe absolutamente ninguna alusión a la victoria franquista, ni a la derrota de la España republicana, y que carece por completo de cualquier símbolo que pudiera ser calificado de franquista o de fascista, pues Franco no levantó el Valle para que fuera un centro de adoctrinamiento de su régimen, ni de celebración de la victoria. En su lugar, el complejo monumental contiene todos los principales símbolos, dogmas y principios de la fe católica, simbolizado por la enorme cruz de 150 metros que preside el conjunto monumental, considerada como la mayor del mundo.

Un pretexto del que se valen quienes quieren acabar con el Valle de los Caídos es el de recuperar los restos de los allí fallecidos para proceder a su identificación y su devolución a las familias, pero los expertos que han estudiado el tema afirman que realizar esto es completamente imposible, y así se ha reconocido en las instancias oficiales.

También se alega que Franco no falleció en la Guerra Civil, por lo cual no debería estar enterrado en un monumento que guarda los restos de los que sí perdieron la vida durante la contienda. Pero este argumento no quiere tener en cuenta que, según el Derecho Canónico, el fundador y benefactor de una institución o edificación religiosa tiene pleno derecho a ser enterrado en ella, y esto se ha hecho así a lo largo de los dos milenios de historia de la Iglesia.

Por otra parte, según afirman todas las leyes internacionales, es completamente ilegal la profanación de tumbas, hecho en que incurriría el Gobierno que quisiera exhumar los restos de Franco, ya que su familia se opone completamente a ello, y ha afirmado ante notario que no se hará cargo de los restos exhumados.

En cuanto a la historia de que el Valle fue edificado con el trabajo esclavo de miles de presos republicanos, es otra completa falsedad, otro argumento con el que se quiere justificar el ataque al Valle. Este tema ha sido investigado exhaustivamente por el doctor Alberto Bárcena, que empleó en el estudio ocho años de trabajo, accediendo a miles de actas, y con sus conclusiones elaboró su tesis doctoral ―y posteriormente un libro, que publicó con el nombre de «Los presos del Valle de los Caídos», editorial San Román, 2015― cuyo contenido resume él mismo con estas palabras:

«El 23 de enero de 2013 defendí mi tesis doctoral, titulada “La redención de penas en el Valle de los Caídos”, en la Universidad CEU San Pablo. Era el resultado de siete años de investigación que venían a contradecir absolutamente la leyenda negra tejida contra el monumento y contra el propio franquismo, presentado desde hacía años como un régimen tiránico que habría explotado inhumanamente a miles de presos políticos en aquellas obras, con el resultado de varios miles de muertos en accidentes laborales o a causa de las condiciones extremadamente duras que se les obligó a soportar.

El propio monumento se ha presentado como una construcción faraónica levantada a mayor gloria del jefe del Estado y del bando ganador en la Guerra Civil. Para desmentir esto último basta leer el decreto de 23 de agosto de 1957 que constituye la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, ya próximo el final de las obras. En él consta con toda claridad que aquel era un monumento a todos los caídos de los dos bandos, “bajo los brazos pacificadores de la Cruz”, a la vez que se establecía la fundación de una comunidad religiosa encargada del culto en la basílica; de rezar por todos los caídos, y de dirigir una escolanía, que sigue funcionando, y un Centro de Estudios Sociales cuya finalidad era recopilar y dar a conocer la Doctrina Social de la Iglesia como instrumento capaz de establecer un régimen social verdaderamente justo. Dicho centro, de brillante trayectoria, dejó de funcionar al verse privado de la financiación oficial establecida, por decisión del gobierno de Felipe González.

En cuanto a la construcción del monumento, objeto de mi estudio, encontré un fondo documental, apenas utilizado por los investigadores, de 69 cajas que contienen miles de documentos relativos a las obras. Se trata del Fondo Valle de los Caídos conservado en el Archivo General del Palacio Real de Madrid, sección de Administraciones Generales. Las fuentes primarias, tanto como los testimonios publicados y los textos legales, contradicen el mito calumnioso en todos sus extremos: los trabajadores penados tenían que solicitar, mediante una instancia presentada en el Patronato de Nuestra Señora de la Merced para la Redención de Penas, del ministerio de Justicia, su traslado al Valle de los Caídos. Y lo hacían por razones obvias reconocidas por los propios presos cuando fueron entrevistados tras la muerte de Franco: en primer lugar, reducían sus condenas en una proporción que llegó a ser de seis días de condena por uno de trabajo, contándose a tal efecto las bajas laborales y las horas extraordinarias que realizaran. Esta figura jurídica ―la redención de penas―, creada en plena guerra civil, junto a los indultos que alcanzaron a los presos, tuvo como consecuencia la reducción de las condenas, hasta quedarse en una cuarta parte o menos de lo que marcara la sentencia.

Aparte de esto, los penados cobraban jornales iguales a los de los trabajadores libres, con los que compartieron los trabajos en completa igualdad de condiciones, también en cuanto a sus seguros sociales.

En lo que respecta al número, los presos oscilaban entre 500 y 800 de promedio, y solamente participaron en las obras durante siete de los diecinueve años que duraron (entre 1943 y 1950, cuando fueron indultados ya los últimos). Además, se construyeron poblados donde pudieron llevar a sus familias, y contaron allí con escuela gratuita y obligatoria para sus hijos, que estudiaban junto a los de los libres y los funcionarios que también vivieron allí; el maestro era uno de los presos que había llegado al Valle por los mismos motivos que el resto de penados, y siendo ya libre permaneció allí ejerciendo su profesión, lo mismo que el médico (uno de ellos si no me falla la memoria, fue el padre del Sr. Peces Barba, que una vez cumplida su pena, prefirió seguir en el Valle hasta la terminación de las obras) y el practicante.

En resumen, puede decirse que la realidad del Valle de los Caídos es diametralmente opuesta a la falacia que se viene difundiendo desde hace décadas interesadamente».

Como consecuencia de todos los argumentos considerados, se puede concluir que tras la decisión política de exhumar los restos de Franco lo que se oculta es un proyecto de persecución religiosa a la fe católica, persecución tradicional en los partidos de izquierda, que en la Segunda República española protagonizaron una de los holocaustos de católicos más horrendos de la historia, con asesinatos masivos de religiosos y destrucción de edificios religiosos. Esto último es lo que buscan realmente con sus ataques al Valle de los Caídos, contra lo que todos los católicos están llamados a combatir.

LA DEMOCRACIA EN AMERICA

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ALEXIS DE TOCQUEVILLE.

La noticia aparecida en la prensa de que un cretino, concejal del Ayuntamiento de Los Ángeles (California), ha ordenado la retirada de una estatua dedicada a Cristóbal Colón, y su afirmación de que debían destruirse en todo el mundo, por considerarlo el iniciador de un genocidio sin precedentes en la historia, me ha llevado a publicar este artículo en mi blog, que hace tiempo venía preparando.

Me uno a la indignación del admirado Sr. Pérez Reverte y espero que sirvan las informaciones de Monsieur Tocqueville, para ofrecer unas autorizadas opiniones sobre quiénes fueron los autores del genocidio en lo que hoy son los Estados Unidos de América.

El pobre don Cristóbal, abrió nuevos horizontes, grandes espacios para la humanidad, y de ninguna manera puede ser culpable de lo que hicieron los que vinieron tras él. Como se puede comprobar en las transcripciones que tomo del libro de Monsieur Tocqueville que da título a este artículo, no fue Colón quien perpetró el genocidio, sino todos los pueblos que invadieron el norte de ese continente, muy en especial los sajones.

Quiero que sirva también este escrito para poner de manifiesto el distinto trato que tuvieron los países colonizados por España y Portugal (a pesar de la leyenda negra urdida por esos mismos sajones que cometían todo tipo de tropelías y negaban cualquier derecho a los pueblos sometidos), que conservan grandes poblaciones indígenas y mestizas, con las del norte del continente donde tuvieron que confinar a los nativos allí existentes en una especie de zoológicos, ocultos tras la neutra denominación de “Reservas”, con el objeto de que no se perdieran totalmente las razas anteriores a su colonización.

Alexis Henri Charles de Clérel, vizconde de Tocqueville, fue un pensador, jurista, político e historiador francés, precursor de la sociología y uno de los más importantes ideólogos del liberalismo temprano. Tocqueville es conocido por su obra “La democracia en América” en dos volúmenes y también por “El Antiguo Régimen y la Revolución“.

Nacido el 29 de julio de 1805 en una familia de monárquicos que perdió a varios de sus miembros durante el período conocido como “El Terror” en la Revolución francesa. La caída de Robespierre (el modelo del gran demócrata Lenin) en el año II de la Revolución (1794), libró in extremis a sus padres de la guillotina. Probablemente por esta razón, desconfió toda su vida de los revolucionarios, sin que ello lo llevara a planteamientos ultraconservadores.

Estudió Derecho y obtuvo una plaza de magistrado en Versalles en 1827. Su inquietud intelectual lo llevó a aceptar una misión gubernamental para viajar a los Estados Unidos a estudiar su sistema penitenciario en 1831. Su estancia allí duró nueve meses, y le sirvió para profundizar en el análisis de los sistemas político y social estadounidense, que describió con mucha amplitud en la obra que ha servido de base a este artículo.

Todo lo transcrito, es una muy pequeña parte del capitulo 10 de la obra, cuyo titulo es “Consideraciones sobre las tres razas que habitan Estados Unidos”. Tras el capitulo dedicado a los nativos indios viene otro de título: “Posición que ocupa la raza negra en los EEUU; peligros que su presencia hace correr a los blancos”. Más adelante publicaré algunas reflexiones que hace sobre el tema de ese capítulo. No tienen desperdicio. Realmente vale la pena leer el libro porque es extraordinario e instructivo.

“Estado actual y probable futuro de las tribus indias que habitan el territorio poseído por la Unión”.

“Todas las tribus indias que en otro tiempo habitaban el territorio de Nueva Inglaterra, los narragansetts, los mohicanos, los pecots, sólo existen ya en el recuerdo de los hombres; los lenapes, que recibieron a Penn hace ciento cincuenta años en las orillas del Delaware, hoy han desaparecido. He conocido a los últimos iroqueses: pedían limosna. Todos los pueblos que acabo de nombrar se extendían antaño hasta la orilla del mar; ahora hay que andar más de cien leguas por el interior del continente para encontrar un indio. A estos salvajes no sólo se les ha hecho retroceder, sino que se les ha destruido[i]. A medida que los indígenas huyen y mueren, ocupa su lugar y crece incesantemente un pueblo inmenso. Nunca se había visto entre las naciones un desarrollo tan prodigioso y una destrucción tan rápida. En cuanto a cómo se opera esta destrucción, es fácil describirlo”.

“Cuando los indios eran los únicos que habitaban el desierto del que hoy se les expulsa, sus necesidades eran escasas; ellos mismos fabricaban sus armas, el agua de los ríos su única bebida y usaban por vestidura la piel de los animales cuya carne les servía de alimento”.

“Los europeos introdujeron entre los indígenas de América del Norte las armas de fuego, el hierro y el aguardiente y les enseñaron a sustituir con nuestros tejidos las bárbaras vestimentas con que hasta entonces se había contentado la simplicidad india. Al contraer nuevos gustos, los indios no aprendieron el arte de satisfacerlos y han tenido que recurrir a la industria de los blancos. A cambio de estos bienes que no sabía crear, el salvaje no podía ofrecer nada sino las ricas pieles que aún encerraban sus bosques. A partir de ese momento, la caza no sólo debía ya proveer a sus necesidades sino a las pasiones frívolas de Europa. Ya no perseguía a los animales de las selvas sólo para nutrirse, sino para procurarse los únicos objetos de intercambio que podía ofrecernos[ii]”.

“Mientras las necesidades de los indígenas iban así aumentando, sus recursos no dejaban de decrecer. Tan pronto como un establecimiento europeo se implanta junto a un territorio ocupado por los indios, la caza se siente alarmada[iii] . Los millares de salvajes que erraban por los bosques sin morada fija no la espantaban; pero en el instante en que el estruendo continuo de la industria europea se deja oír en algún sitio, empieza a huir y a retirarse hacia el este, donde su instinto le dice que todavía encontrará desiertos sin límites. Las manadas de bisontes se retiran sin cesar -dicen los señores Cass y Clark en su informe al Congreso de 4 de febrero de 1829-; hace algunos años se acercan todavía al pie de los Alleghany; dentro de pocos será tal vez difícil ver alguno en las inmensas llanuras que se extienden frente a las Montañas Rocosas. Me han asegurado que el efecto de la proximidad de los blancos a veces se dejaba sentir a doscientas leguas de la frontera. Su influencia se ejerce así sobre tribus cuyo nombre apenas conocen, y que padecen los males de la usurpación mucho antes de conocer a los autores de la misma[iv]”.

[…]

“Les resulta fácil hacerlo, pues los límites del territorio de un pueblo cazador siempre son imprecisos. Por otra parte, este territorio pertenece a la nación entera y no es propiedad nadie determinado; el interés individual no defiende, pues, ninguna de sus partes”.

“Unas cuantas familias europeas, ocupando puntos muy alejados entre sí, acaban de expulsar definitivamente a animales salvajes de todo el espacio intermedio que se extiende entre ellas. Los indios, que hasta entonces habían vivido en una especie de abundancia, apenas encuentran medios de subsistencia, y aún les resulta más difícil procurarse los objetos con que realizan el intercambio que necesitan. Espantarles la caza es como llevar la esterilidad a los campos de nuestros cultivadores. Pronto los medios de existencia faltan por completo. Se ve entonces a esos desventurados, vagar como lobos hambrientos por sus bosques desiertos. El amor instintivo de la patria los ata al suelo que los vio nacer[v], donde no encuentran más que miseria y muerte. Por último, se deciden; parten de allí, y siguiendo a distancia en su huida al alce, al búfalo y al castor, dejan a estos animales el cuidado de escoger su nueva patria. No son, pues, propiamente hablando, los europeos, quienes echan del territorio a los indígenas de América: es el hambre; feliz distinción que escapó a los antiguos casuistas y que los doctores modernos han descubierto”.

“Son inimaginables los horrores que acompañan a estas migraciones forzosas. Cuando los indios abandonaron los campos paternos, ya estaban extenuados y disminuidos. La región donde van a fijar su morada está ocupada por otros pueblos que miran con recelo a los recién llegados. Detrás de ellos está el hambre; ante ellos la guerra, y por todas partes la miseria. Para escapar a tantos enemigos, se dividen. Cada uno de ellos se va por su lado, para encontrar furtivamente medios con que sostener su existencia, y vive en la inmensidad de los desiertos, como el proscrito en el seno de las sociedades civilizadas. El lazo social, ya hace tiempo debilitado, se rompe. Ahora no hay patria para ellos y pronto no habrá pueblo; apenas quedarán las familias; el nombre común se pierde, la lengua se olvida, las huellas del origen desaparecen. El pueblo ha dejado de existir. Apenas vive en el recuerdo de los anticuarios americanos, y tan sólo es conocido por algunos eruditos de Europa”.

“No quisiera que el lector crea que recargo las tintas. He visto con mis propios ojos muchas de las miserias que acabo de exponer; he contemplado males que me sería imposible describir”.

“A finales del año 1831 me encontraba en la margen izquierda del Mississippi, en un lugar llamado Menfis por los europeos. Mientras estaba allí, llegó una numerosa tropa de choctaws (los franceses de Luisiana les llaman chactas); estos salvajes abandonaban su país e intentaban cruzar a la orilla derecha del Mississippi, donde esperaban encontrar lo que el gobierno americano les había prometido. Estábamos en pleno invierno y el frío se dejaba sentir ese año con violencia desacostumbrada. La nieve había endurecido la tierra y el río arrastraba enormes bloques de hielo. Los indios llevaban consigo a sus familias, cargando con heridos y enfermos, niños que acababan de nacer y ancianos que iban a morir. No tenían ni tiendas ni carros; tan sólo algunas provisiones y armas. Los vi embarcar para cruzar el gran río, y ese espectáculo solemne jamás se apartará de mi memoria”.

“De aquella compacta muchedumbre no surgían sollozos ni quejas; todos guardaban silencio. Sus desgracias ya eran antiguas, y las sabían irremediables. Todos los indios habían entrado ya en el barco que debía transportarles; sus perros permanecían aún en la orilla. Cuando estos animales vieron por último que iban a alejarse para siempre, lanzaron a un tiempo espantosos aullidos y, arrojándose todos a la vez a las gélidas aguas del Mississippi, siguieron a sus amos a nado hasta perecer ahogados”.

“El desposeimiento de los indios se suele efectuar hoy de una manera regular y, por así decirlo, completamente legal[vi].

[…]

“Acabo de describir grandes males, pero he de añadir que me parecen irremediables. Creo que la raza india de América del Norte está condenada a morir, y no puedo menos que pensar que el día en que los europeos se hayan establecido en la orilla del océano Pacífico habrá dejado de existir[vii]”.

“Los indios de América del Norte no tenían más que dos caminos de salvación: la guerra o la civilización; en otras palabras, tenían que acabar con los europeos o convertirse en sus iguales”.

“En los primeros tiempos coloniales habrían podido, uniendo sus fuerzas, desembarazarse del corto número de extranjeros que se establecían  en las orillas del continente. Mas de una vez intentaron hacerlo, estando a punto de lograrlo. Hoy día, la desproporción de recursos es demasiado grande para que puedan soñar en tal empresa”.

Al final de este capítulo, el señor Tocqueville, tras recitar la obligada letanía de las “horribles masacres” de los españoles sobre las poblaciones indígenas, deja este par de perlas apoyándose en la leyenda negra urdida por los sajones: “[…] pero todo no se puede destruir y el furor tiene un término; el resto de poblaciones indias que escapara a las matanzas acaban por mezclarse con sus vencedores y por adoptar su religión y sus costumbres”

“Los españoles […], no han llegado a exterminar a la raza india, ni pudieron siquiera impedir que compartieran sus derechos. Los americanos de EEUU han obtenido este doble resultado con maravillosa tranquilidad, tranquilamente […] No es posible destruir a los hombres respetando mejor las leyes de la humanidad (¿?)”.

O sea, los españoles en cuyos dominios se han mantenido las poblaciones autóctonas, y que incluso en la actualidad son mayoritarias en muchos países, hemos sido una raza de genocidas exterminadores. Por el contrario, los pobladores del norte del continente que han tenido que crear “reservas” para que quedara algún vestigio de todas aquellas razas, son los que han cumplido “las leyes de la humanidad”.

Por citar solo algunos ejemplos de respeto a las leyes de la humanidad, recuerdo solo las batallas de Fallen Timbers, agosto de 1794; Point Pleasant, octubre 1794, en la que murió el padre de Tecumseh; Tippecanoe, noviembre 1811; Thamesville, octubre 1813, donde perdió la vida el caudillo Tecumseh (ver artículo publicado en este blog sobre el personaje) y la famosa Wounded Knee, 28 de diciembre de 1890, donde fue atacado el campamento de una tribu india con cuatro cañones además de los rifles y ametralladoras, con el resultado de unas 300 personas muertas, al menos 200 mujeres y niños. Son algunas de las más destacadas (en internet buscando “las guerras indias” se pueden encontrar muchas más), pero la determinación de exterminar a los indios, fue continua tan pronto pusieron los sajones el pie en el continente americano.

ASI SE ESCRIBE LA HISTORIA.

 

[i] En los trece Estados originarios no quedan más que 6.373 indios. (Véase Documentos legislativos, XX Congreso, n.º 117, p. 20.) Clark yCass.

[ii] Los señores Clark y Cass, en su informe al Congreso de 4 febrero de 1829, p. 23, decían:

“Ya está lejano el tiempo en que los indios podían procurarse los objetos necesarios para su sustento y vestido sin recurrir a la industria de los hombres civilizados. Al otro lado del Mississippi, en un país donde aún se encuentran grandes rebaños de búfalos, habitan tribus indias que siguen a estos animales salvajes en su emigración; los indios de que hablamos todavía encuentran el medio de vivir conformándose a todos los usos de sus padres; pero los búfalos retroceden sin cesar. Hoy sólo pueden cazarse ya con fusiles o trampas los animales salvajes de especies más pequeñas, como el oso, el gamo, el castor y la rata almizclera, que son los que especialmente proporcionan a los indios su necesario sustento.”

[iii] «Hace cinco años -dice Volney en su Cuadro de los Estados Unidos, p. 370-, yendo de Vincennes a Kaskaskias, territorio comprendido hoy en el Estado de Illinois, y entonces completamente salvaje, 1797, no se atravesaba ninguna pradera sin ver rebaños de cuatrocientos a quinientos búfalos; hoy día no queda ninguno; han cruzado el Mississippi a nado, empujados por los cazadores y sobre todo por los cencerros de las vacas americanas.» El conde de Volney es otro interesante personaje de principios del S. XIX. Autor de “Las ruinas de Palmira” y “La Ley natural”. Es uno de los más destacados representantes del racionalismo, cuyo pensamiento entronca con la Ilustración.

[iv] Puede comprobarse la verdad de lo que digo consultando el cuadro general de las tribus indias contenidas dentro de los límites reclamados por los Estados Unidos. (Documentos legislativos, XX Congreso nº 117, pp. 90-105.) Se observará que las tribus del centro de Norteamérica decrecen rápidamente, aunque los europeos se encuentran aún muy lejos de ellas.

[v] Los indios, dicen Clark y Cass en su informe al Congreso, p. 15, tienen por su país el mismo sentimiento afectivo que nos liga a nosotros al nuestro: además, unen a la idea de ceder tierras que el Gran Espíritu concedió a sus antepasados ciertas ideas supersticiosas de gran poder sobre las tribus que aún no lo han hecho o que sólo han cedido aún una pequeña parte de su territorio a los europeos. “No vendemos el lugar donde reposan las cenizas de nuestros padres”, es la primera respuesta que dan a quien les propone comprarles sus campos.

[vi] El 19 de mayo de 1830, Mr. Ed. Everett afirmaba ante la Cámara de Representantes que los norteamericanos ya habían adquirido por tratado (¿?), al este y al oeste del Mississippi, 230.000.000 de acres. (Unos 93 millones de hectáreas)

[vii] Esta opinión, por lo demás, es, a mi parecer, la de casi todos los hombres de Estado norteamericanos. «Si se juzga el porvenir por el pasado -decía Cass al Congreso- es de prever una disminución progresiva del número de indios hasta llegar a la extinción final de su raza. Para que este acontecimiento no tuviese lugar, sería preciso que nuestras fronteras dejaran de extenderse y que los salvajes se estableciesen al otro lado, o bien que operase un cambio completo en nuestras relaciones con ellos, lo que razonablemente no es de esperar.»