MEMORIAS DE UN DESMEMORIADO. –

Monumento a Peter Pan en Hyde Park

Nuestro primer viaje a Londres fue en el otoño de 1975. Un par de años antes, se había producido la incorporación de Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca a la Comunidad Europea y se vivían las primeras experiencias como país miembro. Era un momento interesante porque se habían incrementado mucho las visitas de muchos países del resto de Europa. La pertenencia a la Comunidad ofrecía muchas facilidades y los precios eran muy razonables en aquella época.

Fue una interesante experiencia encontrar unos ciudadanos con un sentido de condescendiente superioridad, pero siempre dispuestos a ayudar al forastero con mucha amabilidad. En el momento que te encontrabas desorientado, siempre había algún ciudadano (con más frecuencia señoras mayores) que se aproximaba con una sonrisa y la frase: “May I help you”. He procurado a lo largo de mi vida, cada vez que he visto un ciudadano británico desorientado en mí tierra, acercarme con la misma frase y tratar de ayudarle.

Para empezar a orientarnos contratamos una visita guiada en bus para tener una visión global, al menos, de los lugares más emblemáticos. El guía, una persona de mediana edad y español impecable, nos fue ilustrando sobre la historia de los lugares y monumentos que visitamos, salpicando algunas disertaciones con anécdotas vinculadas al lugar visitado, que hacían la visita más amena.

Al visitar el barrio de Chelsea, uno de los más elegantes en la época, nos contó la anécdota que a continuación ofrezco como la recuerdo.

Vivían en ese barrio y a corta distancia, dos grandes literatos, George Bernard Shaw y Oscar Wilde. Había una cierta enemistad, celos profesionales, entre aquellos dos grandes personajes de la literatura universal, ambos con mucho talento, mucha arrogancia y engreimiento. Parece que el Sr. Shaw tenía además un carácter bastante hosco e irascible y como consecuencia, el número de sus amigos no era muy amplio.

En 1892, Wilde estrenó en el teatro St. James su obra “El abanico de Lady Windermere”. Siguiendo la costumbre entre colegas, caballerosos y bien educados, Wilde le envió a Shaw, dos entradas para el día del estreno acompañadas de una nota malintencionada:

Apreciado Mr. Shaw, el próximo día xx, se estrena en el Teatro St. James, mi obra “El abanico de Lady Windermere” y me complacería poder contar con su asistencia. Para ello le adjunto dos localidades preferentes, una para Vd. y otra para un amigo, si es que tiene alguno.

El siguiente día, Wilde recibió devueltas sus dos entradas con el siguiente mensaje:

Muy agradecido por su amable invitación. No podré asistir debido a un compromiso previo en esa misma fecha y hora.  Pero tendré mucho gusto en asistir a una representación posterior, si es que se sigue representando el siguiente día.

Parece que fue el primer gran éxito teatral de Wilde y estuvo en cartel durante mucho tiempo. Ignoro si el Sr. Shaw se dignó ir a verla.

La anécdota es divertida y refleja muy bien el carácter y el ingenio británico, pero me parece poco creíble, aunque con el peculiar carácter británico, todo es posible.

En cualquier caso, como dicen los italianos, “Si non e vero, e ben trovato”

NUEVOS RELATOS DE ULYSES

UNA ACTUACIÓN “ÚNICA”

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TEATRO INFANTIL

El primer colegio serio al que asistí en mi infancia fue el de los Hermanos Salesianos en 1953. Estaba situado detrás del hermoso edificio de la Diputación Provincial. Obra, si no me equivoco, del arquitecto D. Juan Vidal Ramos, con el que muchos años después mantuve una buena relación de amistad cimentada en aficiones comunes a pesar de la gran diferencia de edad.

Me incorporé en el curso de preparación para el examen de Ingreso en bachiller, que se llevó a cabo en la sede que tenía el Instituto en la calle Reyes Católicos esquina a Alemania, edificio en el que posteriormente estuvieron los Juzgados. Estudié allí hasta terminar  el curso tercero y me negué a continuar porque se implantó el uso obligatorio de unos guardapolvos (babis) horribles. Mi padre me dio su apoyo, cosa extraña, y me matriculé en el Instituto Jorge Juan, recién inaugurado en el Monte Tossal donde estudié hasta terminar el bachiller, con sus revalidas correspondientes (esas que ahora parecen aterrorizar a los  alumnos y a sus padres), con un profesorado magnifico y un nivel de enseñanzas muy superior al actual. Guardo muy buenos recuerdos de Dña. María Pascual Ferrándiz, literatura; D. Juan Maciá Vilanova, historia general y del arte; D. Fernando Puig,  filosofía, a cuyas clases no faltaba nunca nadie a pesar de ser la de 2 a 3 del mediodía. Eran muy amenas e interesantes. Consiguió que empezáramos a adentrarnos en la lógica, tan útil para estudios posteriores; Sr. Alfaro, profesor de física; la señorita  Dorado,  profesora de latín y griego; D. Abelardo Rigual, farmacéutico y profesor de ciencias naturales, autor de un catálogo sobre la flora en la provincia de Alicante; Dña. Isabel Zulueta, profesora de francés, etc… todos ellos magníficos. Tras esta pequeña digresión, fruto de añoranzas del pasado, vuelvo al tema objeto de este escrito.

El jefe de estudios en el colegio Salesiano en aquel tiempo era D. Benito. Era un sacerdote vascongado, alto, nervudo y sólido como los robles del valle de Amurrio.  Haciendo bueno el cliché referido a su tierra, montaba un orfeón con cuatro personas. Tenía pasión por el canto.  Organizaba  los coros, el teatro, los campeonatos de fútbol y baloncesto y cualquier otra actividad lúdica colectiva. También era el que aplicaba los castigos a los alumnos díscolos, llamándolos a su despacho. Un par de capones o una torta a tiempo enderezaron a muchos alumnos revoltosos.

Un día D. Benito, se empeñó en que todo el colegio, como si fuera el orfeón donostiarra, cantara una canción, a cuatro voces. Es la forma musical que se llama un canon y de la que hay muchas variantes. En esta las cuatro voces cantaban la misma letra, pero  entrando en momentos distintos y con tonalidades distintas. Lo más parecido que luego he conocido en mi vida es un divertido canon de Mozart al que se llama “el brindis”, del cual doy un enlace al final de este artículo para el que lo quiera oír. Formados en los soportales del patio con D. Benito en una tarima elevada dirigiendo pasábamos cada rato libre. Al principio aquello fue un pandemónium, Pero al final, después de muchos ensayos, amenazas, halagos y un derroche generoso de entusiasmo contagioso, consiguió que sonara decentemente aquella canción que empieza así: “Debajo un botón que encontró Martín…”, con las cuatro voces entrando más o menos en su momento y coordinadas.

Recuerdo que aquel mismo año, D. Benito decidió que con motivo de las fiestas del patrón del colegio, San Juan Bosco, se programaran una serie de actos de diversos tipos. Los alumnos de nuestro curso debíamos de poner en escena una pequeña obrita teatral titulada  “Un perro para cinco”.

Del largo proceso de selección y pruebas salió el elenco básico para la obra, quedando unos papeles casi irrelevantes para cubrir que D. Benito se reservó para compromisos. Al fin uno de esos papeles me fue adjudicado tras algunas maniobras subterráneas de mi abuela, vecina del colegio y clienta habitual de misas y novenas… ¡Qué queréis!, para un niño de 10 años casi recién cumplidos, en aquella época, actuar en teatro era una especie de sueño realizado.

Tras un largo proceso de preparación tras las horas de clase, en un aula, leyendo cada uno su papel y cuando ya más o menos todos los participantes lo dominaban, empezó la fase de memorización y ensayos.

Mi papel era muy breve. Al fondo del escenario había una tapia de mediana altura. Detrás de ella se había colocado una gradilla que llegaba hasta la parte más alta. Yo debía simular que trepaba la valla por la parte exterior y saltaba dentro. Una vez en el escenario, mirar a uno y otro lado, después, volverme hacia el público y preguntar: “¿Ha visto alguien un perro…?”. ¿Sencillo, no?

Los ensayos se llevan a cabo sin más iluminación que unas bombillas desnudas que penden de los cables. La luz que así se produce es suficiente para el trabajo que se realiza: ilumina el escenario y parte del vacío patio de butacas. En ese ambiente y rodeado del resto de los amigos que actúan uno se encuentra cómodo y relajado. Repetimos los ensayos sin incidentes dignos de mención, hasta que D. Benito consideró que “aquello” podía pasar la prueba decentemente.

Por fin, el día de la actuación. El teatro a tope de público. Recuerdo el teatro con sillas de madera plegables y el suelo de tierra simplemente compactada. Las familias de los actores en las primeras filas, con los profesores del colegio y los invitados de honor. Empieza la obra, bastante divertida, y todo se desarrolla normalmente.

Llega el momento de mi salida a escena. El público ve aparecer dos pequeñas manos que se agarran a la valla, luego asoma una cabeza por encima; un brazo, una pierna y un cuerpo. Por fin un niño se deja caer sobre el escenario trastabillando ligeramente hacia atrás aunque sin llegar a caer. ALGUNAS RISAS ENTRE EL PUBLICO.  Mi cara se congestiona; una punzada nerviosa me aguijonea el estómago hasta la nausea. Sin seguir el guion trazado, me vuelvo lentamente hacia la boca del escenario. Las candilejas encendidas, con su potente luz blanca ciega al actor novel y le impiden ver más allá.  Mi pavor al enfrentarme a ese negro vacío, presentidamente repleto de público, me deja totalmente paralizado y sin poder articular palabra. Las risas arrecian. El apuntador desde su concha, frenético, repite mi frase y me incita a actuar. Los compañeros entre  las bambalinas me animan. Mi cara debe ser ya, o al menos a mí me lo parece, una roja bombilla que atrae todas las miradas.  A punto de romper a llorar, paralizado de terror, hipnotizado por el negro espacio frente a mí, lo miro fijamente sin poder ni moverme; estoy a punto de orinarme encima. El teatro ha estallado ya en carcajadas.  D. Benito, siempre al quite, toma el control de la situación. El resto de los actores entran en tropel en el escenario, como persiguiendo al perro, y casi a rastras me sacan de allí.

Todo ha pasado en menos tiempo del que se tarda en contarlo pero a mi me parece una eternidad. Entre bambalinas di rienda suelta a mi frustración con la conciencia de haber hecho el ridículo, llorando todo lo que un niño puede llorar, que es mucho. Al terminar la representación  no quería salir del escenario, no quería ver a mi familia, ni amigos, ni conocidos… Hay veces que uno quiere que se lo trague la tierra, pero ésta es renuente a tragar cuerpos extraños y generalmente no te engulle. Así que al final hay que salir…

Pero todavía hubo algo peor. Volver al colegio después cada día y soportar las bromas y pullas de todos los compañeros: “¿Has encontrado ya el perro…?”. Alguna pelea con los compañeros dejó rastro en mi anatomía.  Pero, después de un tiempo prudencial  D. Benito cortó el tema por lo sano y allí se acabo el martirio. Nunca más he intentado actuar en teatro. El pánico escénico se enseñoreó de mí para toda la vida. Mi actuación fue “única”.

Como consecuencia de ello, quizás uno de los chistes que más me gusta, es aquel en que una compañía de zarzuela que actúa en un pueblo, contrata localmente a un aficionado de buena voz pero sin experiencia, para una muy breve e irrelevante aparición, un partiquino, en lenguaje teatral.

En la antesala de la habitación en que el Rey se encuentra enfermo, el barítono, un gentilhombre de la corte, pregunta al sirviente que debe salir apenas un paso de las bambalinas:

  • “¿Cóóóómo está el Rey?”, a lo que el sirviente, el partiquino, debía responder simplemente: “Reeeegular”.

Al igual que en mi caso, tras un par de ensayos satisfactorios llega el día de la actuación. El público local espera expectante la aparición  de su conciudadano. El contratado otea tras el telón la concurrencia de amigos y paisanos. El teatro está a tope para ver actuar al “actor” local. Nervioso ensaya entre bambalinas sin parar su breve actuación. Por fin llega el momento. El gentilhombre aparece en el escenario y canta su pregunta. El contratado, atenazado por el pánico escénico, no sale a escena, sus piernas se niegan a andar, pese a ser empujado por detrás por el resto de la compañía para que cumpla su breve cometido. Agarrado con un brazo a cualquier cosa sólida que  encuentra no hay manera de moverlo del sitio. Al fin, asoma únicamente su otro brazo por la bambalina y gira su mano totalmente abierta, a un lado y otro, en esa forma en que se suele indicar que algo está regular, mientras todo el teatro estalla en carcajadas…

Es una historia para escenificar personalmente y quizás contada no sea muy graciosa, pero os aseguro, que a mi me divierte como pocas por los recuerdos que me trae a la memoria tantos años después.

                                                                                     Ulises

Un divertido canon, el brindis de W. A. Mozart,  interpretado de forma también muy divertida por el coro de Manises: 

 https://www.youtube.com/watch?v=FvH78vwvH7w

 

NUEVOS RELATOS DE ULYSES

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MI CHERNÓBIL

 Aunque incluyo este escrito entre  los relatos de Ulyses, no es una historia de ficción. Se narran hechos reales que sucedieron tal y como aquí se cuentan.

Trabajé entre los años 1977 y 1989 con empresas dedicadas a la pesca de altura en la costa occidental de África. Unas, españolas, radicadas en Las Palmas de Gran Canaria y otras mixtas, hispano marroquíes, con base en Casablanca. Todos los buques que tenían en operación (diez si mal no recuerdo) se habían construido en astilleros españoles. Alrededor del año 1985 la Unión Europea tratando de reducir la presión sobre los caladeros europeos, aprobó una normativa por la que los buques pesqueros  adquiridos para retirarlos de la pesca, bien por su traslado fuera de la UE o por su transformación en buques de recreo, tendrían una prima sobre el precio de venta del 70% que pagaría la propia UE. O sea, el adquirente del buque solamente tendría que pagar el 30% del precio pactado con el vendedor.

Una de las empresas marroquíes decidió iniciar las gestiones para ver qué posibilidades había de conseguir un buque de gran porte para explorar otros caladeros.  A partir del mes de octubre de 1986, los expertos de la empresa visitaron  diversos puertos y muchos barcos que estaban en oferta. Al final, el puerto en el que  se centraron fue el de Kingston upon Hull, o simplemente Hull, en Yorkshire,  en el estuario del rio Humber, zona de larga tradición pesquera. Allí, no solo había una buena oferta de barcos grandes para la pesca, sino muchos pequeños pesqueros. Un astillero local que  visitamos, nos mostró reportajes fotográficos de barcos de este tipo transformados para ocio, dotados de todas las comodidades y modernos sistemas de navegación, cuyo coste era casi irrisorio comparados con los nuevos del mismo tipo y utilidad.

Atraviesa el estuario del río Humber un espectacular puente colgante cuyo  vano central tiene una longitud de 1410 mts. Fue durante 17 años, el puente con el vano más largo del mundo, superado en 1998 por el de Akashi Kaikyō, en Japón.

Dada su situación, fue históricamente un puerto bien situado para comerciar con Europa del Norte. Hasta final del siglo XIX fue base para la pesca de ballenas y a partir de 1900, se centró en el arenque, haddock (eglefino) y bacalao.  El haddock de la familia del bacalao, es de menor tamaño, y su carne es de menor calidad; creo que los nombres con que se conoce en nuestras latitudes son merlán, burro o anón. Entero es fácilmente identificable por su línea negra lateral a ambos lados que lo diferencian del bacalao.

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HUMBER BRIDGE

 Se comercializa fresco, congelado, ahumado, seco y salado, en rodajas o filetes. Aunque no es de la misma calidad, es comercializado  como bacalao, sobre todo cuando se vende ya limpio y cortado en filetes congelado o ahumado. Abajo una imagen del haddock con su característica línea negra.

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Uno de los barcos visitado y descartado fue el “ARTIC CORSAIR”, de más tonelaje que los citados abajo, pero muy antiguo y peor equipado. En la actualidad está anclado en el puerto como museo de la actividad pesquera.

Al final se seleccionaron dos, el PICT y el THOR, pendientes de la decisión de la dirección de la empresa y de las negociaciones con la empresa propietaria, British United Trawlers Ltd. Eran dos magníficos buques de algo más de 100 metros de eslora muy bien equipados, que se habían dedicado principalmente a la pesca y ahumado del arenque con destino a los mercados del norte de Europa.

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ARTIC CORSAIR

 El primero, ya había retirado de sus bodegas toda la maquinaria de preparación y ahumado de los arenques, así como la de elaboración de  harina de pescado para piensos que se hacía con los residuos de los arenques y el resto de las especies capturadas. Toda la bodega era un inmenso frigorífico y disponía de un túnel de congelación a -60º. Era un arrastrero por popa con una maquinilla de  arrastre de gran potencia. Aunque su precio era mayor, ya estaba casi adaptado para la actividad a la que se pretendía dedicarlo.

De su potencia y fiabilidad era un indicio que durante la Guerra de las Malvinas, el buque fue fletado por la Royal Navy como transporte de suministros, tripulado por personal de la misma.  Poseía dos potentísimos motores, que a través de un complejo mecanismo, transmitían su potencia a un solo eje. La hélice era de paso controlado o variable (no recuerdo exactamente) y estaba provista de una tobera, mecanismo simple que montado alrededor de la misma aumenta su potencia propulsora.

El proceso de la compra de un buque es complejo en su aspecto técnico y arduo en las negociaciones económicas. En el aspecto documental se rige por unos contratos y procedimientos estándar de la Cámara de Comercio de París. Era necesario estar, en permanente contacto con el Ministerio de Marina Británico (muy ágil para resolver los temas dudosos) para no omitir algún requisito o incurrir en algún error que dificultara al vendedor el cobro de ese 70% que pagaba la UE. Al fin, tras varios viajes, reuniones y negociaciones, la compra llegó a su fin y el PICT, que resultó elegido, entró en dique seco en astilleros del puerto de Hull, para su revisión final y puesta a punto para navegar.

La tripulación que debía hacerse cargo del buque se componía de un patrón de navegación británico, ya a bordo; el patrón de pesca, coreano, y una mínima tripulación, sobre todo de maquinistas (engrasadores en el argot),  para navegar hasta Vigo, donde se incorporaría el resto del personal y se dotaría al barco de la maquinaria necesaria para su nuevo cometido. El patrón de pesca y los marineros, venían de Canarias, vía Lisboa, estos últimos, gente muy joven.

Yo los esperaba en el aeropuerto de Heathrow para llevarlos a la estación de King Cross-St. Pancras, donde previamente había comprado billetes abiertos para viajar a Hull. A la hora prevista se comunicó la llegada puntual del vuelo en el panel de llegadas. Pero 45 minutos después, no aparecía nadie de la tripulación por la puerta de salida. Unos 15 minutos más tarde, un funcionario de Aduanas asomó por la puerta de salida de pasajeros acompañado del patrón de pesca, voceando: “Mr. Candela, Mr. Candela…”.  Al oírlo me alarmé y me apresuré a darme a conocer. Me llevó a la oficina de la aduana, donde me enteré de la causa del retraso. Los jóvenes marineros, que nunca habían estado en un país europeo se habían provisto en Las Palmas de cartones de cigarrillos (muy baratos como todo el mundo sabe) para el largo periodo que iban a pasar a bordo. Un Vista de aduanas de origen indio, intentó confiscarles el tabaco (menos dos cartones a cada uno) y se armó el cisco. Casi llegan a las manos y tuvo que mediar la policía, bastante más comprensiva que el aduanero.  Como nadie del grupo hablaba inglés, el problema había sido mayúsculo.

Un caballero alto de pelo blanco y con bigote de  oficial militar de Colonias, al ver que yo hablaba inglés, me llevó aparte y con buen humor británico, que siempre he apreciado, me puso al corriente de lo sucedido. Era el jefe de la Aduana del Aeropuerto. Recogí los pasaportes de los marineros, emitidos en Las Palmas solo dos días antes y le explique que alguno de los muchachos tenía experiencia en pesca en la costa africana, otros nunca antes habían salido de Canarias, como pudo comprobar por los pasaportes; ninguno había estado en Europa antes y desconocían las leyes de aduanas europeas. Le mostré los billetes de tren para Hull para que comprobara que no iban a quedarse en UK.

El caballero me pidió que aguardara y se llevó al aduanero aparte intentando que flexibilizara su postura, pero viendo sus gestos comprendí, que lo había hecho una cuestión personal y su superior no pudo insistir más.

Resultado: una multa a cada uno  y confiscación del tabaco que superaba lo permitido. Aunque la multa no era excesiva, yo no llevaba dinero suficiente. Busque  una sucursal de Barclays Bank en el aeropuerto, entidad en la que la sociedad había depositado algunos fondos para gastos y me facilitó la cantidad necesaria. Me dirigí a la oficina de la aduana pagué las multas y di por terminado el incidente.

Al exigir el aduanero la entrega de los cartones del exceso, los marineros  me dijeron que preguntara  cual iba a ser el destino de ese tabaco.  El jefe de Aduana me dijo que se destruía.  En ese momento, los chicos que se habían puesto de acuerdo, tras sacar los dos cartones permitidos a cada uno, arrojaron las bolsas al suelo y empezaron a saltar encima hasta que estaban hechos picadillo diciendo: “Este hijo de puta no se va a aprovechar de nuestro tabaco”, frase que afortunadamente no entendió el aduanero que estaba rojo de ira. Me asusté por las posibles consecuencias, pero me tranquilicé cuando vi que el Jefe de la Aduana se esforzaba por ocultar una amplia sonrisa. El indio trató de enredar más, pero ahí sí que el jefe hizo valer su autoridad. Se despidió de mi con una amplia sonrisa y un apretón de manos al tiempo que me decía: “Spanish sailors are very brave…”, “Yes, in fact as you probably know, the life in the sea is not for weak people…” a lo que me respondió “I know it perfectly. I was in the Navy in the Second World War”. Si el tabaco era para destruir, destruido estaba… aunque quizás alguien tuviera en mente otro destino.

Contrate un par de taxis y nos fuimos a la estación. Los billetes que eran válidos hasta cierta hora habían caducado; expliqué al jefe del servicio que el vuelo había llegado con retraso y los problemas con la aduana; le mostré los justificantes de las multas y con un pequeño pago adicional por cada uno, me emitió los definitivos. Cuando partió el tren, respiré hondo y para tranquilizarme me fui dando un paseo hasta el hotel en que me alojaba que era el Whitehouse (en la actualidad gestionado por Meliá), junto a Regent Park. Un paseo de un par de kilómetros.

Cuando llegué estaba agotado por los acontecimientos del día. Me duché y puse el pijama; cogí del mueble bar una bebida y conecté el televisor para ver qué había pasado por el mundo. Me golpeó la misma noticia, en todos los canales: ese día se había dado a conocer la catástrofe de Chernóbil sucedida dos días antes: era el día 27 de abril de 1987. Llamé enseguida a mi casa para comentarlo con mi esposa, que todavía no sabía nada. Luego me dijo que ya estaban dando la noticia en todos los telediarios, pero la alarma en España no era tan alta como en el norte de Europa, hacia donde los vientos habían movido la nube radioactiva.

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EL BUQUE PICT EN EL PUERTO DE HULL

HOMENAJE A D. MIGUEL DE CERVANTES

NUEVOS RELATOS DE ULYSES

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Con esta publicación en el blog, llego a la entrada número 50, cifra a la que nunca  pensé llegar cuando inicié esta actividad, que no tiene otra pretensión que mantener mi mente activa en la jubilación después de muchos años de trabajo intenso.  Y he querido hacerlo homenajeando  al que ha sido, probablemente el autor más universal de la literatura y la lengua española. El relato es un poco extenso, pero creo que D. Miguel se lo merece.

También he escogido un texto que aunque se publica bajo la rubrica de Relatos de Ulyses, no es tal el autor, sino un querido amigo del mismo: D. CIPRIANO VALIENTE. 

Hace más de treinta años descubrí un lugar distinto de mi tierra alicantina y comparable en belleza a los más hermosos paisajes que he conocido en la parte  del mundo que he conocido, que no es pequeña. Naturaleza salvaje y agreste, a escasos 450 kilómetros de mi Alicante. Nos enamoramos hasta tal punto del lugar, que conseguimos una casa con ánimo de que fuera nuestro retiro al final de una agitada y viajera vida profesional. De ahí, su nombre: ÍTACA. Nuestro anhelo por el lugar es descrito por el famoso poema de Konstantin Kavafis del mismo título.

Entre las muchas personas que nos han honrado con su amistad siempre ha destacado un personaje por el que sentimos un gran afecto y admiración. Hombre todavía joven, amante de la naturaleza, de su tierra y sus tradiciones. Siente una pasión desmedida por dos temas propios de la Serranía de Cuenca: D. Quijote y su creador D. Miguel de Cervantes, y los gancheros.

Son estos últimos los hombres que a través de los cauces fluviales, transportaban desde tiempo inmemorial, las preciadas maderas de estos montes hacia levante o hacia el centro de la península. En la época califal, en la Geografía de España de Al Idrissí, se citan los transportes de troncos por el rio de Kalassa (identificado por el Prof. Francisco Franco Sánchez, arabista de la U. de Alicante como el Júcar), hacia su desembocadura en Cullera, desde donde eran luego dirigidos por mar  hacia Denia, donde se encontraban las Reales Atarazanas Califales. Hay también referencias a sentencias de pleitos de esa misma época, entre los propietarios de molinos y batanes y los gancheros, por los daños que se producían en el transporte de los troncos. Estas tierras están  atravesadas  por una serie de ríos de diverso porte que afluyen al Tajo. Por ese camino llegaban los envíos de maderas hasta Aranjuez y Toledo, desde donde se distribuían a los centros de utilización para la construcción de edificios o de navíos.

Nuestro personaje, llevado de su pasión y con sus propios medios, creo un pequeño pero muy interesante MUSEO DE LOS GANCHEROS Y DE LA MADERA, al que la falta de apoyo y ayuda por parte de las autoridades, mantiene en una vida precaria.

Ha sido también el impulsor de la celebración anual, de Jornadas Madereras en las que se revive la actividad de los gancheros, con preparación de los troncos, lanzamiento al río y conducción en cortos trechos. Recuperación festiva y popular de una actividad tradicional ya desaparecida.

Por su pasión cervantina, su otra afición, tras muchas lecturas y estudios ha establecido, la previsible ruta que siguió D. Quijote en su camino hacia Zaragoza y Barcelona a su paso por estas tierras. Este tema que puede parecer baladí teniendo en cuenta que D. Quijote no fue realidad más que en la mente de D. Miguel de Cervantes, provocó acaloradas disensiones entre los diversos pueblos de la comarca que optaban a ser la vía por donde supuestamente transitó.

Precisamente en las celebraciones del IV Centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, uniendo sus dos pasiones, escribió este relato, una nueva aventura del hidalgo manchego que con su permiso publico en este blog en este año en que se cumplen 400 años del fallecimiento del autor.

DE LO QUE LE OCURRIÓ A DON QUIJOTE DE LA MANCHA EN EL INESPERADO ENCUENTRO CON LOS HOMBRES DE LAS MADERAS.

“Así cuenta la historia un anónimo autor, que por no pecar no dejó su nombre, ni apodo, ni lugar…”.

…Y continuando su camino en dirección a Zaragoza vieron, D. Quijote y Sancho, un valle donde se juntaban dos ríos de regular caudal.  Desde el alto lugar donde estaban ven, como junto al paso del agua hay varias edificaciones, que es de  creer que serían batanes, molinos o destos ingenios que trabajan con la fuerza del agua. Siguiendo el camino que llevaban, que era el principal de la comarca, llegaron al fondo del valle y pasando por unos vados se dirigieron a donde habían visto varias casonas juntas.

-Sancho, buen amigo y servicial escudero – dijo D. Quijote dirigiéndose a Sancho he observado que en las últimas leguas no has hablado y me pregunto que se mueve por tu mollera que acalla tu garganta.

-Amo, ya sabe, vuesa merced, que yo soy de sencilla existencia y sólo los placeres y dolores terrenales me acompañan en mí existir. Pues mire mi señor D. Quijote, que desde que iniciamos esta última jornada tengo un bullir en las tripas, que no se si cólico, o qué mal he cogido, que entre ventosidades y eructos llevo todo el día, y creo yo, que dos días comiendo pan cenceño y ciruelas me han producido estos males. Y no digo nada, no sea que vuestra merced me dé remedio como el que en otra ocasión me dio, que pa ese remedio no me hace falta doctor.

-Amigo Sancho, hasta al mejor escribano se le escapa un borrón, y si mis remedios no quieres porque dudas, no te he de juzgar yo mal, sino precavido y desconfiado. Y ya que así lo quieres y para ver si se pueden aliviar tus males, vamos a preguntar por si posada, fonda o cuadras hubiese en este lugar.

Y así hablando de estos menesteres llegaron junto a las casas, que bien se veía que una de ellas era molino, y la otra pudiera ser posada, porque se  veían cuadras y un cartel maltrecho sobre la puerta.

-Me adelantaré, dice D. Quijote, a ver qué población es esta.

-¡Ah de la casa!, -exclama D. Quijote, inclinándose hacia adelante en la silla, poniéndose de puntas sobre los estribos y despegando el trasero de la montura. ¡Si posada o molino, salga alguien, que aquí se presenta el  caballero D. Quijote, valedor de débiles y desfacedor de entuertos!

Al punto sale un hombre de la casa,  escucha las últimas palabras y con sorpresa exclama:

-Un caballero por aquí! señor ¿se mofa vuesa merced?, ¡si en estos lugares no hay más que pobreza y miseria! ¡Ni damas ni entuertos ni nada que se parezca! Pero si lo que quieren es posada, ¡aquí la tienen!

El posadero ve como Sancho cansado, a lomos de su rucio también se acerca y cavila que van los dos juntos.

-¡Soy Gonzalo!, exclama, aunque me dicen ‘el cangrejero’, ya sabréis el por qué. Como estos, ríos son tan abundantes en cangrejos, no faltan en mi mesa estos ricos animales, que bien con tomate, fritos, con torreznos, guisaos o, simplemente echados a las ascuas, los viajeros que por aquí pasan, que son pocos, no hay vez que no los prueben, aunque de otras comidas y manjares ni se caten. En este valle estamos cuatro familias, y Félix, el pastor que a temporadas nos visita.

Habiendo el posadero acondicionado a Rocinante y al rucio en una cuadra, que tan pobre era, que ni el Mesías en su humildad hubiese querido nacer en ella, vuelve a la venta donde esperan caballero y escudero.

Entran D. Quijote y Sancho; el Hidalgo, como Señor y portavoz, narra a Gonzalo las dolencias de Sancho:

-No es la primera vez que en estas andamos y yo con remedios muy sabios de farmacia y otros brebajes he aconsejado a mi amigo, pues yo también sufro de verlo tan afligido. Pero no damos, con el remedio, aunque para mí que es la propia condición de Sancho la que le causa tantos perjuicios, que mire usted señor ventero que a mi amigo le preocupa más llenar su estómago, que el hambre en el mundo entero.

Gonzalo escuchó en silencio y en acabando D. Quijote salió al paso diciendo:

-No os preocupéis señor Caballero, que conozco un remedio para esos cólicos a que os referís, y que a menudo aquejan a vuestro escudero.

-¡Pues decidlo por amor de Dios!, exclamaron al unísono, que no quiero pasar más  tiempo de ésta manera, -continuó diciendo Sancho- y si como bien decís me curáis, ya me gustaría probar esos cangrejos guisados a los que se ha referido vuesa merced cuando estábamos en la puerta.

-Primero necesito haceros unas preguntas, -díjoles Gonzalo- porque el remedio así lo aconseja. Es necesario saber qué fue lo último que habéis comido.

-Hace dos días que un buen aldeano de estas sierras nos dio dos panes cenceños y una buena talega de ciruelas.

-¿Y cuantas ciruelas habéis comido?, pregunta Gonzalo dirigiéndose a Sancho.

-Pues de la talega…, sacao de dos almorzás que habrá comío el amo, las demás yo, ¡…y con gusto!

-Mire buen hombre, por la boca muere el pez, que de buen cristiano es sabido que el abusar de las ciruelas no es bueno, ni aun maduras. Y como sin duda para aplacar estos calores habréis bebido agua fresca de las muchas fuentes que habéis encontrado estos días, a buen seguro que la mezcla os ha soltado el vientre y os produce esas dolencias que relatáis. Pues el pan cenceño que decís haber comido solo es dañino si se come caliente.

-¡Venga ya el remedio!

-¡Ayuno! -replica Gonzalo-. Primero ayunáis y además beberéis un brebaje que tonifica y relaja los intestinos. Hecho de flores, que aquí abundan; una es la de un árbol que llaman tilo, y la otra una florecilla que le dicen manzanilla. Y no preocuparos, que en estando dos días con este tratamiento de ayuno v tomar tres o cuatro veces al día esta medicina, hasta las tripas más inquietas se sosiegan y normalizan. Y si aun así persisten sus dolencias, a poco menos de una legua río arriba, -señala Gonzalo con el dedo hacia levante- , hay unos manantiales, que ya en tiempos de nuestro señor Jesús, los romanos los utilizaron como medicinales, y en el país son bien conocidas por limpiar tanto las vías mayores como las menores.

Y con este sabio consejo, que a Sancho gustó solo en parte, pues aunque estaba manso por el dolor la idea de ayunar no era de su agrado, se dijo para sus adentros: “A la fuerza ahorcan”.

Así se condujo el resto del día Sancho con su ayuno. Mientras, D. Quijote despachose con unas pocas migas con cangrejos y luego que terminó el condumio, conducidos por Gonzalo fueron a sus alcobas, que no tenían más que una yacija con una saca de gamones secos por colchón, que a nuestros amigos no les debieron de parecer incomodas, aunque pobres, pues ni un comentario hicieron de la estampa que allí vieron.

De madrugada, con las primeras luces que anuncian la llegada del astro rey se oye un tumulto de voces y bullicio de silbidos y gritos que venían de fuera e inundaban todo el valle.

-¿Has oído Sancho?, por Cristo, ¡se oyen gritos y lamentos, que diría yo, que ahí fuera hay aventuras, que nos aguardan! Ven, ayúdame a vestirme por si tuviera como caballero que intervenir en afrenta, batalla, ajuste o noble causa, que es de buen caballero, según dictan las leyes de caballería, vestir y llevar con honra las armas, escudos y linaje por las que un caballero se distingue y ensalza.

Sancho desde su alcoba, tras un tabique y cortina, medio escucha, y al tiempo que acaba D. Quijote le  responde:

-Mi amo y señor D. Quijote, más quisiera que levantarme presto, como vuestra merced me dice, que aunque oiga voces y vengan del mismo infierno, con lo mucho que he soltao y el ayuno que me ha prescrito el posadero, no me quedan fuerzas para moverme de este lecho. Ande pues vuestra merced y averigüe qué tumulto es ese, que yo voy despacio en el vestir, y de poca ayuda os he de servir si lo que viese fuese peligro o estampida.

Sale D. Quijote vestido y armado. Se dirige río arriba, a Oriente, de donde proviene la algarabía. Espada en mano se abre camino entre sargas y cañizos y, oído ya muy próximo el bullicio, se parapeta tras un grueso fresno que lo oculta por completo. Se asoma cauteloso por un lado del tronco y a  través de los orificios de  su celada ve algo que lo paraliza y, al tiempo le hace saltar como un resorte espada en alto.

-¡Teneos! ¿Qué ejército es ese?, ¡bajad vuestras armas!

Todo quisiera decir más en su boca se amontonan las palabras. Con un fuerte suspiro, exclama al fin:

-¡Y decía el posadero que por aquí no pasaba nada!

Grande sorpresa la suya, y no menor la de aquellos que lo ven aparecer. Interrumpen sus voces y gritos y el silencio se adueña de todo. Sólo el murmullo del agua habla en el lugar.

Se adelanta  uno de la treintena de hombres, que llevan largos palos con dos puntas de hierro forjado, recta y puntiaguda la una y curvada hacia el mástil, la otra. Van río abajo, unos dentro del cauce, andando sobre los troncos que flotan en el agua; por las orillas los otros, como cabras montesas, todos a una y a la vez desperdigados en lo que alcanza la vista de D. Quijote.

-¡Quietos!, en nombre de la Cristiandad -exclama D. Quijote-, dejad vuestras alabardas y salid de las embarcaciones, que para mí, que estas tierras están tan alejadas  del Reino, que ni las Justicias ni la Santa Hermandad han desalojado al morisco de estos lugares, y aquí los he sorprendido en armas y a punto de batallar. Tomo como mía la cruzada de nuestro rey y señor, contra estos moros sarracenos amigos de los turcos, y enemigos de esta patria. ¡Daos presos y quedaos quietos hasta que los alguaciles de la Santa Hermandad se hagan cargo deste ejército!, que yo, como Caballero, juro no moverme y derramar toda mi sangre aquí mismo si es preciso. No encontraré causa más noble y justa que defender estas tierras del morisco invasor. Si no os paráis y abandonáis armas y pertrechos, por Dios juro que aquí mismo acabo con vosotros.

-¡Sancho amigo, Sancho!, ¡Gonzalo! venid que hay aquí emboscado un ejército de moriscos.

Félix, el pastor, que está presenciando como bajan los gancheros, que es espectáculo digno de ver, ha asistido a la aparición y el discurso de D. Quijote, y aunque se quiere dar prisa para llegarse y desengañarlo, la distancia no se lo permite, y baja corriendo la ladera advirtiendo:

-¡Señor!, ¡Señor!, que no son bandidos, ni moros ni cosa que se parezca, que son gancheros, que todos los años llevan río abajo las maderas de pino que se cortan por estas, tierras. ¡Quieto Señor que comete una tropelía!

Pero ya decidido D. Quijote, y sin mediar más palabras, espada en alto y gritando: -¡Daos presos malandrines, daos presos! se lanza a la carrera contra los hombres de la madera, que boquiabiertos contemplan la escena.

Según iba D. Quijote derecho hacia ellos blandiendo la espada, íbanse apartando, esquivándolo y como venía de un punto más elevado, su carrera  era cada vez más alocada. No encontrando, al fin, obstáculo ni enemigo que lo parara, vino a dar con su cuerpo en el río; y aún con suerte que al estar lleno de madera  por los troncos que por allí pasaban, quedo sobre ellos y sin apenas mojarse más que una pierna, aunque el descalabro fue tal que quedó inconsciente, sobre la madera, flotando río abajo como si de un fardo se tratara.

De inmediato uno de los hombres más  próximos al río cogió su largo palo y con el gancho tiró un lance para sujetar los troncos gritando:

-¡Lorenzo, Pecas, Leandro! Sujetar la madera que saquemos a este loco  que si se hunde, con tanto hierro que lleva encima, ni él sale, ni nosotros lo podemos sacar vivo.

Y así arrastrándolo sobre la arena es colocado boca arriba, al tiempo que se abren paso Sancho y Gonzalo, el posadero, entre la cuadrilla de hombres, que gancheros se llaman, por ser ese palo largo que llevan con punta y gancho su herramienta de trabajo.

-¡Mi amo!, – exclama Sancho- ¡que le habéis hecho a mi amo!, ¡mal rayo os parta si lo habéis herido o magullado!

Don Quijote espabila con torpeza sin saber qué ha pasado; trata de incorporarse y presto acude Sancho, que aun con pocas fuerzas por su ayuno, las saca de la cólera del momento, y cogiendo a D. Quijote por los sobacos ayudado por los que allí había, lo levantan y sujetan, porque de no hacerlo así, volvería a caer.

Ya vuelve D. Quijote en sí; al ver a Sancho y a Gonzalo y encontrándolos  familiares, intenta de nuevo arremeter contra los gancheros.

-¡Bandidos!, ¡qué golpes me habéis dado! ¡Moros renegados!, ¿qué embrujo es este que me ha tumbado con la fuerza de la coz de un buey?

– ¿Qué locura es esta?, -grita uno de los allí presentes-, soy  Venancio, el cabo de delantera y ni ensoñado me hubiese visto en un entuerto así. De los muchos años que llevo por estos ríos, bajando millares de troncos, no me he topado nunca con semejante burla. Este año vamos con retraso por las crecidas de mayo, y por la gran maderada que llevamos para un rico hacendado de la corte de Toledo. Soy  el cabo de la delantera, que es el título o cargo que ostenta el ganchero más práctico encargado de preparar el río para el buen circular de las maderas peladas y labradas que en cada maderada o viaje hacemos desde las altas sierras hasta Toledo o Aranjuez donde desembarcamos. A lomos de estos ríos que nacen en humildes manantiales, se mueve la gran riqueza forestal de este país, precisa para las obras y construcciones de nobles y monarcas, de obispos y señores; que es tan noble esta madera que solo ricas arcas y señores poderosas las ponen en sus palacios, iglesias, capillas y monasterios. Y tan solo me refiero a la madera que va al corazón del imperio, que otra igual o en mayor número, ya desde el siglo IX viajaba desde estas tierras a través del rio Júcar a la ciudad de Cullera, donde desemboca, y de allí por mar a las Reales Atarazanas que los Califas tenían en Denia. Bien decía quién afirmó que todo tronco que flotaba en el Mediterráneo a España pertenecía.

-Gonzalo, amigo, díjole Venancio, cuéntale a estos señores que somos de estas tierras, y aunque de apariencia podamos parecer sarracenos, serán los zaragüelles, el pañuelo y las esparteñas, que son ropas propias de ellos, pero muy útiles para nuestro trabajo. Somos cristianos viejos todos, e hijos destas sierras. Hace más de 40 años que paso por aquí, que de niño ya venía con mi padre y mis primeras letras fueron escarchas y de mi juventud solo recuerdo hambre, frío y grietas en mi cuerpo.

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D.Quijote, que escuchaba maravillado el relato de Venancio le responde:

– ¡Valientes sois hombres de las maderas! Creed que siento el haberos confundido con moros renegados, que como sabéis están siendo expulsados de la España cristiana. Habéis de entender que con tanto griterío, las lanzas en ristre y vuestros vestidos, es justo y cabal que pensara que de un ejército de moriscos se tratara. Y aunque no he tenido lucimiento en la aventura, luego que se me pasen los dolores y magullos, recordaré este encuentro como uno de los más importantes que este caballero ha tenido. Estad seguros que por donde vaya hablaré de vuestros viajes, de la dura vida que conlleva este oficio y, aún más os diré, que para no ser caballeros ni de estudios es de mérito vuestro trabajo y digno de mención cuando se escriba la historia de estas villas y ciudades, de sus iglesias y catedrales, nobles casas, galeras, bajeles y galeones que surcan todos los mares.

Entre esto y lo otro se acercaba el mediodía. D. Quijote observaba la destreza de estos hombres en el manejo del gancho y los enormes troncos. Sancho repone fuerzas al frescor de un avellano de los que allí abundaban, mientras Gonzalo volvía a sus diarios quehaceres.

Estando en esto, acercose Venancio a D. Quijote:

– D. Quijote, noble caballero, vamos a parar la madera antes de llegar al molino, que allí el cuidado nos exige pasar los palos de uno en uno, así que vamos a comer mientras se rejuntan las piezas. Nuestra mesa es humilde, de pie derecho y de cuchara a sartén, y la bota de vino sin parar de mover.  “Que el español fino con todo bebe vino”. Son migas con cangrejo y lagarto, a buen seguro que en otras mesas con buenos  manjares se habrá deleitado vuesa merced, pero como ya le dije antes, la vida del ganchero es dura aunque a todo se acomoda y al cabo, viene en gustarle.

Atiende una cosa Venancio, -dice D. Quijote- si estas maderas van a tan ricas haciendas tendréis buen pago.

-Mire vuesa merced, basta con decirle lo que reza una coplilla que cantan mis compañeros:

“Aranjuez de mi vida/larga rivera/lo que gano en el viaje/aquí se queda”.

A menudo los dineros que nos dan los tenemos que gastar en medicinas y farmacia. Aun así, cada año volvemos a empezar.

-Vamos pues, -asiente D. Quijote-, que no seré yo quien ponga reparos a vuestra comida, que aunque humilde, le diré que de hambre a nadie vi morir y de mucho comer a cien mil.

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Ansí comieron en las proximidades del molino y Sancho, con buen criterio  ya que el remedio le hacía efecto, sólo tomo el caldo de hierbas, y con pena aún soñó con  participar en el festín que a su juicio se estaban dando los demás.

Pasó la tarde con tranquilidad y D. Quijote viendo que Sancho iba mejorando,  pensó en continuar el camino a la mañana siguiente y así se lo hizo saber.

– Señor, llevare conmigo una cantimplora con brebaje, pero no pasa de mañana, el comer como Dios manda. Así pues ya tengo hablado con Gonzalo el llevarnos provisiones para que en cuatro días no nos falte de nada, aunque no veamos ni un alma.

-Sea como dices, Sancho. Prepara las alforjas que salimos mañana con las primeras luces.

Mientas Sancho se andaba en el trajín de recoger y preparar, busca D. Quijote a  Venancio, para comunicarle que tiene que continuar el viaje y despedirse de él como buen Caballero. Aunque sin apresuramiento, tiene fecha fija para llegar al sitio donde se celebran ciertos eventos entre Caballeros, en los que desea participar v compartir mesa y discurso con los  de su igual. Solo cada cuatro años, se realizan estas juntas, viniendo Caballeros de muchos y lejanos países.

-Que aunque a ojos del profano pueda parecer que este oficio tiende a su fin, os diré buen amigo que en habiendo injusticias y atropellos, abusos y cobardías, siempre habrá un buen Caballero que se ponga de la parte del dañado y del afligido, del burlado y del perseguido.

-Buen viaje llevéis, mi señor D. Quijote, y cuando paséis por ricas haciendas, pensad por un momento que tal vez de estas maderas fueron hechas. ¡Id con Dios!

– ¡Quedad con Él, mi buen Venancio!

Pasaron la noche en agradable descanso; seguramente D. Quijote visitó en sueños a su dama Dulcinea y tímidamente la llenó de halagos y fantasías.

Gonzalo ya de mañana les tenía preparado el ato, con Rocinante y el rucio aparejados en la puerta cuando salieron D. Quijote y su fiel escudero Sancho.

-Amigo Gonzalo, -dijo D. Quijote con voz grave- dos días y dos noches hemos pasado en este bello lugar y ha querido el destino que nos encontrásemos con los valientes hombres de las maderas. He visto vuestro talante, y condición humana, buena gente la de esta Sierra, hospitalaria donde las haya. Nos despedimos como amigos, sin rango de Caballero, que hemos compartido todo como iguales que somos. Quedad con Dios y a la vuelta en unas semanas si seguimos esta ruta volveremos a encontrarnos.

Y así acaba este “nuevo capítulo” del Ingenioso Hidalgo, escrito con amor al libro, a su autor y a su tierra serrana por D. Cipriano Valiente.

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