LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO

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LA NAO VICTORIA

EXPEDICIÓN MAGALLANES-ELCANO.

La Armada de la especiería.

Este fue el nombre que recibió la expedición armada por Carlos I, formada por cinco naves bajo el mando del portugués, al servicio de la corona española, Fernando de Magallanes.

La nao Victoria fue construida en los astilleros de Zarauz, desaparecidos hace tiempo. Desplazaba 102 toneladas y su eslora era de 28 m., manga 7,5 m y su calado de 2 m en la borda más baja y 7,5 m en el castillo de popa.  Constituían su aparejo tres mástiles, con gavias en trinquete y mayor y en mesana vela española, también llamad latina. Estaba artillado con 6 falconetes de hierro forjado y 4 cañones del mismo material. Su tripulación al inicio de su navegación era de 45 hombres. El mando inicial de la nave era de Luis de Mendoza, que, además de capitán de la Victoria, era tesorero de la Armada.

Además de la Victoria, los otros cuatro barcos fueron la Trinidad (nave capitana, 132 toneladas, 55 tripulantes), la San Antonio (144 toneladas, 60 tripulantes), la Concepción (108 toneladas, 45 tripulantes), y la Santiago (90 toneladas, 32 tripulantes).

La expedición zarpa de Sevilla el 10 de agosto de 1519. Tras una corta estancia en Tenerife, llega el 13 de diciembre a la bahía de Sta. Lucia, sita entre los actuales Rio de Janeiro y Sao Paulo. Continúan rumbo Sur y el 11 de enero llegan a la desembocadura del Rio de la Plata.

El 30 de marzo de 1520 fondean en una bahía a la que llaman puerto de San Julián, en la Patagonia argentina, donde se preparan para pasar el invierno. Algunos oficiales le presionan para que deje de andar perdido por esa costa estéril y Magallanes se ve obligado a revelar que tiene acordado con el Rey explorar toda esa costa hasta localizar un paso que les permita pasar al Océano Pacífico navegando hacia el Oeste. En esencia, explorar el Océano Pacífico y alcanzar las Islas de la Especias sin tener que navegar toda la costa africana y el subcontinente asiático. Le insisten en que no se detenga y siga avanzando, pero Magallanes se mantiene firme. Como nadie antes había llegado a estas costas cada entrante y cada bahía, debía ser explorada y cartografiada.

Los capitanes en desacuerdo, Luis de Mendoza, Gaspar de Quesada y Juan de Cartagena, se amotinan contra Magallanes, tomando el control de las naos Concepción, San Antonio y Victoria. Envían a la Trinidad un mensaje para Magallanes pidiendo negociar. Magallanes retuvo esta embarcación y envió a Gonzalo Gómez de Espinosa, su alguacil, al mando de cinco o seis hombres armados secretamente a la Victoria, con una carta para Luis de Mendoza. Mientras Mendoza lee el mensaje de Magallanes, Espinosa y otro de sus hombres lo matan a traición. El 7 de abril, Magallanes, manda cortar la cabeza y descuartizar a Gaspar de Quesada, capitán de la Concepción, y condena a ser abandonados a su suerte al veedor real, Juan de Cartagena, y a un fraile, Pedro Sánchez Reina.

Al mismo tiempo, otro bote también enviado por Magallanes, con Duarte Barbosa y quince hombres armados, abordan la Victoria tomando el control sin resistencia. Magallanes reúne la Santiago, la Victoria y la Trinidad en la salida del puerto de San Julián, haciendo imposible la huida de las dos naves rebeldes, que tienen que rendirse. Magallanes nombra capitán de la Victoria a Duarte Barbosa.

Reanudada la navegación, la nao Santiago que se había enviado a explorar más al Sur, encalla a causa de las fuertes oscilaciones de las mareas.  La tripulación se salva con la sola baja de un esclavo y se recuperan la mayor parte de los enseres y vituallas. Se envían dos hombres quienes a pie y en circunstancias muy penosas, llegan a Puerto San Julián para dar noticia de lo sucedido. El grueso de la expedición acudió de inmediato a su rescate.

Al reanudar la navegación, encuentran condiciones meteorológicas muy desfavorables y deciden atracar el 26 de agosto en Puerto de Santa Cruz, en el que aprovechan para reponer vituallas por su abundancia en pesca. 

El 18 de octubre parten de Santa Cruz y a tres días de navegación se empiezan a adentrar, con una fuerte tormenta que separa a la San Antonio y la Concepción del resto, empujándolas hacia lo que estimaban una bahía en la que podían encallar. Al fondo de la zona encuentran un estrecho canal y continúan navegando. A la salida del canal, encuentran otra bahía y un nuevo canal al final del cual se abre el océano y toman conciencia de que han encontrado el ansiado paso hacia el Pacifico. Vuelven atrás y a los tres días se reúnen con las otras naves, con toda la arboladura desplegada y con descarga de salvas de artillería. Comunicaron el descubrimiento del estrecho con gran alborozo para toda la expedición.

Magallanes envía de nuevo a la San Antonio y la Concepción a explorar el estrecho. Estando ya las naves dentro del estrecho, la San Antonio perdió de vista a las otras, circunstancia que aprovecha el experto piloto portugués Esteban Gómez para hacerse con el mando de la San Antonio durante la noche y abandonar la expedición poniendo rumbo a España. Llegan a España en mayo comunicando al Emperador el descubrimiento del estrecho y los abusos de Magallanes.[1]

La exploración y cartografiado del recién descubierto estrecho, luego llamado de Magallanes, les llevará nada menos que 28 días, y por fin, el 18 de noviembre de 1520, desembocarán en el Océano Pacífico. Inician la travesía buscando latitudes más cálidas y navegando muy cerca de la costa al llegar a la altura de la actual ciudad de Concepción (Chile), ponen rumbo al Noroeste para atravesar el Océano. La climatología se mostró muy favorable, con vientos a favor y sin borrascas que entorpezcan la navegación lo que les permite avanzar cada día distancias del orden de 100 leguas[2], unos 560 km., aunque el océano parece no tener fin. La travesía se vuelve muy dura por la carencia de agua y alimentos lo que provoca una elevada mortalidad en las tripulaciones.

Siguiendo su singladura rumbo Oeste por el Pacífico, llegan el 6 de marzo de 1521 a la actual isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas, a las que llamaron “Islas de los ladrones”, por el saqueo al que los sometieron los habitantes de las mismas. Como contrapartida obtuvieron agua y alimentos abundantes. Tras aprovisionarse retoman viaje hacia el oeste, avistando el 16 de marzo un archipiélago que denominaron de San Lázaro (actual Filipinas). Divisan una isla grande, la de Homonhon y allí se dirigen. Hay un buen puerto y unos indios amigables. Parte de la tripulación se recupera de sus enfermedades.

Avanzan hasta la isla de Mazava, cuyo rey se ofrece a guiarlos hasta Cebú, donde dice que hay más población y otro rey. Un esclavo malayo capturado en otros viajes por los portugueses, se entiende bien con los nativos, lo que consideran una señal de estar cerca de su éxito, y todavía más importante, empiezan a confirmar la redondez de la tierra.

Entran en Cebú con salvas de artillería que atemorizan a los nativos. Los convencen de que es una forma de expresar su alegría. Se ganan la confianza del rey local con quien intercambia regalos. El rey de la población vecina, Mactan, desafía a los navegantes. Magallanes acude a la visita con muy pocos hombres y al desembarcar son atacados por miles de guerreros que los aguardaban. La superioridad numérica se impone y Magallanes muere alcanzado por una lanza que atraviesa su cabeza. Posteriormente, en una supuesta comida de desagravio, mientras el rey distrae a los españoles, entran cientos de guerreros en la sala y matan a 26 hombres más.[3]

Tras las pérdidas de personal sufridas hasta ese momento, consideran insuficiente la tripulación para navegar de forma segura las tres naves restantes y deciden destruir, quemándola, la Concepción en Bohol, repartiendo su tripulación entre la Trinidad y la Victoria. Se nombra nuevo capitán a López Carvalho, quien da muestras de no estar capacitado para el mando. Recorren de isla en isla la zona del mar de Joló, al parecer perdidos y sin un rumbo claro. Terminan por encontrar la isla de Palawan donde se pueden surtir al fin de abundantes provisiones. Allí tienen noticias de la riqueza de la cercana Brunéi, en la isla de Borneo, donde llegan el 21 de julio. Brunéi cuenta con una gran población, y un grado de civilización muy superior al de los lugares que han visitado hasta entonces. El trato que reciben de la población es bueno, pero al ver aproximarse a las naves más de un centenar de canoas, con varios centenares de guerreros en ellas, se asustan y las atacan, causando muertos y tomando prisioneros. Se aclara al fin que los guerreros venían celebrando una victoria en una guerra con otras tribus y no tenían intenciones agresivas hacia nuestros navegantes, ya muy en guardia por las experiencias anteriores. Fue un error comprensible que terminó con las buenas relaciones, y obliga a los españoles a salir de Brunéi precipitadamente.

Pocos días después de abandonar Brunéi y tras un periodo de navegación caótica, encalla la nave Trinidad. Encuentran un puerto, no identificado, donde reparan los daños de la nave demorándose en ello 37 días. En esa escala se toma el acuerdo de relevar a López Carvalho por Gonzalo Gómez de Espinosa quien, de hecho, ya comandaba la nave. A la vez, Juan Sebastián Elcano es nombrado capitán de la nao Victoria, fijándose como objetivo prioritario continuar viaje hasta llegar a las islas Molucas y volver a España cargados de especias.

El 28 de octubre fondearan en la isla de Kagayan y contratan dos pilotos locales para que los guíen a las Molucas. En sólo 10 días, estaban ya viendo los picos volcánicos de aquellas islas, las islas de la Especiería. El 8 de noviembre llegan a Tidore, en las islas Molucas. A su llegada a Tidore los españoles son muy bien recibidos por el rey local, Almansur, al que enseguida llaman Almanzor. Es musulmán, ya que los árabes habían llegado mucho antes allí para comerciar con especias. Les pide que le ayuden a defenderse de los portugueses que no le trataban muy bien. Los españoles perciben que debían apremiar su salida para evitar problemas; el 25 de noviembre empiezan a cargar las naves de clavo, y el 8 de diciembre, después de haber atrasado la salida casi una semana parten rumbo Sur.

Al zarpar la Trinidad advierte que le cuesta avanzar. Ambas naves maniobran y dan la vuelta, y ya fondeadas se descubre que la Trinidad hacía agua de forma muy peligrosa. El rey Almansur dispuso buzos para localizar la entrada de agua, sin éxito. Descubren que el problema es más grave que una simple vía de agua, quizás por una mala reparación tras haber encallado en el trayecto a Brunéi, y con la sobrecarga las cuadernas se habían desencajado. Ello obligaba a descargar la nave, y pese a que el rey trae carpinteros para ayudar, la reparación de la Trinidad iba a precisar meses.

Con el fin de dar noticias al Rey de lo conseguido a la mayor brevedad, disponen que la Victoria zarpe ya para volver a España rumbo Oeste. Su tripulación se compone de 47 tripulantes y trece indios, con velas nuevas, en las que se lucía una gran Cruz de Santiago. Por precaución se redujo la carga de clavo de la Victoria de unos 700 a unos 600 quintales[4] -unas 27 toneladas- y, por fin, el 21 de diciembre de 1521, zarparon hacia el cabo de Buena Esperanza.

La Trinidad, tras su reparación, volvería cruzando el Pacífico hasta el actual Panamá, único lugar de la costa pacífica americana en posesión española.   Al poco tiempo de iniciada su singladura tiene tan mala suerte, que un temporal destrozó el mástil mayor y los castillos de popa y proa. Fue capturada por portugueses y ya no regresó a España, aunque sí cuatro de sus tripulantes.

La Victoria recorre durante varios días diversas islas recogiendo muestras de las especias y acercándose al Sur. En la isla de Mallúa realizan reparaciones a la Victoria durante quince días. El 25 de enero llegan a Timor, donde dos tripulantes huyen a nado, siendo recogidos posteriormente por una embarcación portuguesa. La nao Victoria zarpa después de 11 días en busca del océano Atlántico. Al inicio del viaje, en el Océano Índico, navegan con vientos flojos, propios de las latitudes ecuatoriales en que se encuentran. Navegan hacia el Suroeste, tratando de evitar encuentros con expediciones portuguesas. En su navegación, pasan tan cerca de Australia que una desviación hacia el Sur, los hubiera llevado a sus costas.

Conforme descienden hacia el Sur, el Índico muestra su carácter feroz; los vientos y las corrientes desfavorables, hacen el avance cada vez más problemático. Cuando se van acercando al paralelo 40 tienen que luchar denodadamente para evitar ser devueltos hacia el Este. Tras unos días terribles, Elcano decide pasar al paralelo 36, encontrando las mismas condiciones, lo que le hace temer no poder rebasar el Cabo de Buena Esperanza. Al final pasan (sin verlo) a unos 40 Km. al Sur de él, y el 19 de mayo, ya en el Atlántico, toman rumbo Noroeste.

El Océano Atlántico les trae vientos favorables y avanzan con gran velocidad llegando a recorrer un día 100 leguas, unos 560 km-, siendo la mayor distancia recorrida en un día en toda su vuelta al mundo.

A partir del 12 de mayo debido a la falta de alimentos, el agotamiento y la dureza de la navegación, el número de fallecimientos es incesante. Elcano se enfrenta al fallecimiento de toda tripulación.  Para evitar esa tragedia, decide tomar una decisión contraria a sus planes: acercarse a la costa para avituallarse. Están cerca de Guinea, en una costa formada por manglares, bosques de árboles resistentes al agua salada que crecen en las desembocaduras de los grandes ríos de esta zona, lo que   les impide acercarse a tierra firme. Persisten dedicando desde mediados de junio hasta primeros de julio a recorrer las costas africanas en busca de un lugar donde fondear, mientras siguen las muertes. El 1 de julio Elcano somete a votación la decisión a tomar: continuar viaje a España sabiendo que quizá mueran todos en el intento, o recalar en las cercanas Islas de Cabo Verde donde se encuentran los portugueses a los que tanto temen. Se decantan por lo último, con la estratagema de que vuelven de América y necesitan reparar el trinquete.

El 9 de julio la Victoria fondea y parte de la tripulación acude a la costa a bordo de su bajel para traer provisiones. Los portugueses atienden de buena fe a los expedicionarios y les proveen de alimentos y agua. A los tres días de permanecer en Cabo Verde, el bajel que había acercado al puerto no volvía. Las autoridades habían descubierto la verdad[5] y estaban reteniendo a los 13 hombres que en él iban y que fueron rescatados pocos meses después por el Emperador Carlos I. La mañana del día siguiente se acercaron al puerto, donde acudió una embarcación portuguesa que les avisó de que sus compañeros habían sido detenidos, y que las autoridades les pedían entregar la nave. Elcano larga velas inmediatamente, emprendiendo así la huida. Son muy pocos para gobernar la nao, pero tendrán que arreglárselas. Y decide despistar a los portugueses. Toma rumbo Suroeste.

El camino a España a vela desde Cabo Verde, la distancia más corta es por las Islas Canarias, pero en la zona se encuentran vientos alisios constantes en dirección Suroeste, por lo que es un rumbo casi imposible para un velero. Cuando se navega en sentido contrario, hacia Sudamérica, es el mejor rumbo pues los fuertes alisios de popa hacen casi volar a las naves. El camino habitual es cruzar esa zona de alisios con rumbo Noroeste hasta aproximarse a las Azores, más o menos, según afecte el anticiclón que suele posicionarse en la zona, para después virar al Este camino de Portugal, con vientos favorables.  Elcano sigue fielmente esta ruta.

Aunque las Azores son portuguesas, no suponían peligro, puesto que era la ruta normal para la vuelta desde América para los barcos españoles. El viento le ayuda y lo hace a gran velocidad, sin cruzarse con ningún barco. Pero ya están en agosto y el anticiclón de las Azores les deja sin viento a los pocos días y apenas avanzan. Están a punto de conseguir su objetivo, pero el agotamiento por hacer funcionar las bombas de achique día y noche los está dejando exhaustos. Al fin se levanta viento favorable y pueden navegar hacia el Cabo de San Vicente. El 4 de septiembre, divisan el cabo, y dos días después, el 6 de septiembre de 1522, entran al puerto de Sanlúcar de Barrameda.

Los sanluqueños contemplan una nave parcialmente desarbolada y fuertemente escorada, de cuyas bordas asoman 18 escuálidos hombres que dicen ser los supervivientes de la armada de Magallanes, y que vuelven de haber dado la vuelta al mundo cargados de especias. Llevan a bordo tres indios de las Islas Molucas, de los 13 que habían embarcado en Tidore nueve meses atrás. De inmediato se corre la voz como la pólvora por la ciudad, que se presta a atenderlos.

Orgullosos de su gesta, quieren continuar hasta Sevilla de donde partieron hace 3 años y 28 días, siendo remolcados para remontar el Guadalquivir. Entran en el puerto de Sevilla gastando en salvas la pólvora que les quedaba. No olvidan la promesa hecha a la Virgen durante una tempestad que casi termina con ellos cuando viajaban a Timor, y piden cirios; descalzos y con ellos en las manos, desembarcan uno a uno y, como una procesión de espectros, se dirigen hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, en Triana, para dar gracias a la Virgen.

Traen un preciado cargamento de 27 toneladas de clavo, una increíble fortuna para la época. Pero, tal como cuenta Elcano al Emperador Carlos I en la carta que le escribe desde la Victoria anunciando su regreso, “…aquello que más debemos estimar y tener es que hemos descubierto y dado la vuelta a toda la redondeza del mundo“.

No cabe mayor heroicidad, capacidad de sacrificio y audacia. Con su regreso, estos 18 hombres no solo entraron al puerto de Sevilla, sino que lo hicieron para siempre en la Historia de humanidad.

A Juan Sebastián Elcano le concedió el Rey que en su escudo nobiliario luciera una banda con la famosa frase “PRIMUS CIRCUMDEDISTI ME”.

NOTA FINAL. –

La didáctica visita al puerto de Alicante, donde se encuentra fondeada una réplica de la nao Victoria (y también un hermoso galeón de más porte), me ha servido para tomar conciencia real de las dificultades, dados los medios con el que se llevó a cabo esta hazaña, que, vista desde hoy, parece increíble. En una época sin más ayudas a la navegación, que sextante y brújula, sin mas cartas náuticas que su propia experiencia y un valor que, al menos yo no soy capaz de entender, llevaron a cabo una hazaña que hoy día es difícil de imaginar.  

Fue lo que me movió a investigar más a fondo la historia de esa epopeya y plasmarla en este artículo que publico en mi blog con mi admiración por aquella gloriosa aventura que llevaron a cabo españoles del S.XVI.

PARA SABER MAS. –

En Internet se encuentran infinidad de artículos sobre el tema, pero hay una página web donde se trata con más extensión y profundidad la aventura con lujo de detalles. Es lo mejor y más documentado que he encontrado.

Esa página es www.rutaelcano.com. Su autor es D. Tomás Mazón Serrano. Está disponible en español e inglés. Además del extenso y detallado relato, hay unos desplegables documentadísimos que tratan en profundidad diversos aspectos, desde LA HISTORIA A LOS MAPAS Y LAS FUENTES.

Desde aquí, le expreso mi admiración por su magnífico trabajo.


NOTAS DEL TEXTO.

[1] Posteriormente Carlos I encargó a Esteban Gómez el mando de una expedición para buscar otro paso al Océano Pacífico por el norte. Gómez fue el primer europeo que visitó la isla de Manhattan y la península del Labrador.

[2] La legua marítima usada por los marinos, equivale a 5.555,55 metros. 

[3] Dice el refrán que “quien a hierro mata, a hierro muere”. Magallanes y Barbosa asesinaron a Mendoza y a Gaspar de Quesada, y casi de la misma forma los asesinaron a ellos. Justicia poética.

[4] Un quintal castellano es aproximadamente, 46 kg.

[5] Parece ser que al comprar vituallas pagaron en especie, entregando alguna cantidad de especias de las que llevaban a bordo.

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