NUEVOS RELATOS DE ULYSES

UNA PEQUEÑA HISTORIA TAURINA 

espla- 23 mayo 2001- las ventas- partido de resina

Los Montes de Toledo, son uno de los paraísos de vida salvaje de este país. Hay caza abundante, agrestes paisajes, unos bosques de quejigos maravillosos, ríos de aguas limpias  y sobre todo, mucha tranquilidad. La comarca de La Jara,  esta densamente cubierta de la planta del mismo nombre. En primavera abre sus grandes flores blancas con una pincelada púrpura en la base del pétalo. Su resina, desprende un aroma peculiar. Está acompañada de cantuesos con flores de azul más intenso, tomillos, romeros, espliegos…  La Nava de Ricomalillo, Anchuras de la Mancha y  Sevilleja de la Jara, son el corazón de esa comarca.

Convaleciente de un reciente percance, decidí terminar la recuperación, haciendo vida sana y cazando, acompañado de un amigo. Cada día, hay que lavar, curar y cambiar los apósitos de la herida, un par de veces. Me divierte la  cara de horror de mi amigo al verla, cuando me curo cada mañana.

Esta mañana, en el comedor, al pasar el camarero, se le ha resbalado la bandeja y varias cubiertos han caído al suelo con estrépito. He saltado de la silla, como impulsado por un resorte, sujetándome la cabeza.

-¿Que le ha pasado? – ha exclamado con cara de asombro y preocupación – ¿Le ha caído algo encima?  ¿Le he hecho daño?, discúlpeme…

– No se preocupe Eduardo, son rarezas mías…

Mi amigo, levanta su taza de café con leche, mientras esboza una sonrisa de complicidad…

La vida de un torero no es tan apasionante como puede parecer desde fuera de este mundillo. Un continuo trasiego, de una ciudad a otra, de una habitación de hotel a otra, lejos de la familia, lejos de los amigos. Después de actuar, al hotel a quitarse la ropa de faena; atender a los conocidos y a la prensa; quizás una cena con la gente de la peña y  después al coche,  a viajar hasta la próxima ciudad.No hay manera de coordinar las fechas. Un día Madrid, el siguiente La Coruña, el otro Cádiz, el siguiente Valladolid… viajar toda la noche. Llegas a la ciudad de destino, deseando acostarte, cuando el resto del mundo se levanta.A las doce, despertada  para tomar el desayuno-almuerzo. Es necesario que a la hora de la actuación el estómago ya esté completamente vacío, ¡por si acaso!

El desayuno-comida suele ser, un poco de ensalada,  y filete o pescado a la plancha. Un zumo de naranja completa el menú. El entusiasmo por ingerirlo, recién salido de la cama, creo que podéis imaginarlo. Después, leo mucho y también trabajo en el cuaderno de bocetos para mis cuadros.   Mas tarde, empiezan a llegar algunos amigos de la ciudad en que actúo y personas a las que hay que atender. También se suelen colar en la habitación algunos pelmas que  vienen a pedir algo.

Ya desaparecieron los sobrecogedores, que eran visitantes habituales. Algún día, contaré algo sobre esa institución. Quedan algunos tipos simpáticos, como “El Diamante Rubio”, que es un pájaro de otra especie.

Hoy arranca la temporada. Una pequeña plaza cerca de Madrid, Valdemorillo,  donde acuden buenos aficionados y muchos empresarios. De aquí, puede salir la Feria de Madrid y otras muchas. Hay que estar bien.

A las dos de la tarde llega Manolo y empieza a largar gente de la habitación,  “para que pueda descansar otra vez antes de vestirse”. No es mas que una excusa,  para que el largo proceso de ponerme el “uniforme” este rodeado de la tranquilidad necesaria que requiere este oficio.

Poco después llega D. Manuel, el apoderado, con su inseparable habano, y termina de vaciar la habitación. Hace falta concentrarse en las horas previas a un trabajo de tanta responsabilidad como el de hoy.

Manolo, que ha estado en el sorteo del ganado, trae noticias de lo que  “nos” ha tocado en suerte:

  • ¿Cómo ha ido el sorteo?
  • Muy bien, Te han tocado dos;  dos buenos mozos. Algo más de 560 kilos calculo yo; negro zaino uno, el otro, cárdeno.
  • ¿Y de cabeza?
  • , maestro, eso lo tienes tú dominao.
  • Manolo, no me jodas, que lo de Vitorino, son alimañas que no las domina nadie.
  • Bueno, ya tú sabes como son; están en el tipo de la casa.
  • ¡O sea, con dos puñales cada uno!
  • ¡Ea…! Ma o meno… ¡Vamos a triunfar hoy y cerrar Madrid!

D. Manuel se ríe por lo bajo. “Tranquilo, solo es trabajo”, apostilla.

Una cosa curiosa para el que no conozca este mundo. Cuando se triunfa, toda la cuadrilla dice: “Hoy hemos estado muy bien, hemos salido por la puerta grande…”  Pero cuando las cosas salen mal, “hoy el maestro ha estado fatal…” Así es la vida.

Manolo, el mozo de espadas, trabaja conmigo y cuando no tenemos actuación,  con Curro Romero. Es un gaditano con toda la gracia de su tierra. Su  obsesión es, como él dice, tener la nevera llena en invierno. “Pa darle de comer a mi niña chica. Es tan bonita, que no voy a tené mas remedio que trabajá pa mantenerla…”

-Manolo, ¿qué has hecho este invierno?, le preguntan los amigos

– Déjame ver: he sio, mariscal de Napoleón; bandolero de Sierra Morena y asesino a sueldo. He llenao la nevera el invierno.

Antes, arreglaba relojes en el establecimiento de su hermano. Cuando empezaron a llegar los nuevos relojes digitales, le trajo uno un pescador de altura; lo había comprado en Las Palmas en una escala:

– Manolo, a ver que le pasa, que no da la hora.

-¡Esto que coño es…! -exclamo al abrirlo- aquí no hay muelles, ni resortes, ni rubíes, ni volantes… ¿Qué coño quiés que arregle  aquí? ¡Tíralo y comprate un reloj de verdad!

Pero vio venir el futuro: el oficio de relojero, como él lo entendía,  se había acabado. A partir de ese día cambió de oficio. Buena presencia, buen caballista, y bien relacionado en el mundo del espectáculo; empezó a trabajar de secundario en cine y en series de televisión. ¡Cabalgó mucho con Curro Giménez!

Vestir a un torero es todo un rito, lleno de manías personales y supersticiones. Primero los calzoncillos, largos, atados a la parte alta de la pantorrilla. Luego las medias, la izquierda primero y la derecha después, siempre. A continuación, la taleguilla, pierna izquierda primero, derecha después. Los machos, se aprietan  en el mismo orden. A continuación, un proceso muy delicado, la colocación de los testículos en su sitio correcto, en el camal izquierdo: las baterías del traje de luces, que decía un cachondo amigo inglés. Vienen ahora las zapatillas siguiendo el orden indicado, primero…, eso es, lo habéis adivinado. Se coloca seguidamente la moñeta, que sustituye a la coleta que se llevaba antiguamente. Después, la camisa, los tirantes, el corbatín, el fajín, el chaleco, y por último, la pesadísima chaquetilla. Todo el proceso no lleva menos de una hora.

Es el momento de coger la montera, el capote de paseo y el ascensor, para bajar a la calle y dirigirse a la plaza de toros, con toda la cuadrilla que ya está en el auto esperando.

Una vez allí, como un rito supersticioso, el paso, breve, por la capilla: “Dios mío, haz que vuelva a casa sano, que los niños aún me necesitan”

La entrada en la plaza es por el patio de cuadrillas. Allí, los picadores, montados en los caballos con los ojos tapados, las orejas llenas de papel de periódico y los ollares tapados con algodón, los andan  para compenetrarse con ellos: adelante, atrás, vuelta…  Los alguacilillos hacen trotar los suyos  ligeramente,  para que entren en calor. En un rincón,  los componentes de la banda de música, interpretan esa discordante sinfonía que resulta al afinar y ajustar los instrumentos. Fotógrafos, aficionados, bellas mujeres… El aire está cargado del polvillo que levantan los caballos al andar y trotar. Huele fuertemente a sudor de caballo, a perfume de mujer y sobre todo a cigarros habanos. Música, murmullos de innumerables conversaciones, risas… Todo un mundo, mí mundo.

Llega el aviso del presidente. El festejo va a empezar. Nos dirigimos hacia el túnel que comunica el patio con el ruedo. El penetrante olor de los habanos, es aquí todavía más intenso. La comitiva está formada: matadores delante, el más antiguo en el escalafón a la izquierda, el más nuevo en el centro. Detrás los subalternos y los picadores. Con ellos los monosabios y los areneros. Los alguacilillos a caballo, abren el paseíllo.  Al salir al ruedo una pequeña parada para los fotógrafos, luego, hacia la presidencia y el saludo, antes de iniciar el festejo.

La plaza no es muy grande, pero es coqueta y confortable, y está llena hasta la bandera. El día es espléndido, sol y muy buena temperatura. No es la pesadez de Julio y Agosto.

Como soy el mas antiguo, toreo en primer lugar. Mi primero, el negro zaino, no da juego y la lidia pasa con más pena que gloria. ¡Que se le va a hacer! A ver si hay  mas suerte en el siguiente.

Después de lidiar los compañeros, llega el momento de salir el cuarto, que es mí  segundo toro, el cárdeno.

Para mí, la estampa más hermosa de un toro, es el momento de salir a la plaza por la puerta de toriles. La cabeza alta, buscando pelea, Las ventanas de la nariz dilatadas, los cuartos traseros bien asentados, los ojos inteligentes y con un punto de astucia y un  leve temblor en todo su cuerpo, creo yo,  que provocado por la furia que lo embarga en ese momento. El cárdeno muestra su poderío y fiera belleza. En la plaza se levanta un murmullo de admiración. Vitorino, en su barrera, cubierto con su gorrilla campera y aferrado a su enorme habano, sonríe  y saca pecho.

La alimaña, se dejaba torear por el pitón izquierdo, pero derrotaba terriblemente por el derecho. Conforme avanzaba la lidia, cada vez medía más sus  embestidas; derrotaba, tiraba gañafones, no atendía el engaño: cada vez era más consciente de lo que dejaba detrás en cada pase.

Por el pitón derecho no había nada más que hacer. Tomé distancia, lo deje recuperarse y me tiré la muleta a la mano izquierda.

– Luís, no lo intentes –gritó D. Manuel desde su burladero- se acuesta mucho por ese lado y te va a buscar.

– Maestro –llamó mi atención Manolo desde la barrera, enseñándome el estoque fuera de su funda- una estocada y fuera. Ya no tiene ni un pase.

Hay ocasiones en que hay que jugársela, pensé, y esta era una de ellas. La lidia iba muy bien y había que rematarla. Además mis veinticinco años de profesión de algo me tenían que servir. Cité de frente,  por bajo; cuando arrancó, con la cabeza baja, compuse el gesto para darle salida y quedar colocado para el siguiente pase, pero el cabrón, cuando me tuvo a su alcance, estiró el cuello, levantó la cabeza lo justo y note como el cuerno me entraba, algo por encima de la ingle.  Mis años de experiencia, solo me sirvieron, para apoyar instintivamente la mano derecha sobre el morrillo, de modo que el propio impulso del animal me ayudó a salir del enganche trastabillando. Toda mi cuadrilla y los compañeros se lanzaron frenéticamente al ruedo, para intentar llevarme a la enfermería.

-¡Dejadme, coño, que no es nada!  Dadme el estoque rápido, antes de que ese cabrón coja mas sentido; ya ha aprendido el camino.

Mientras me cuadraba para hacer el volapié, intentando amarrar la estocada, un cosquilleo empezó deslizarse por la piel, calzoncillo abajo, colándose por debajo de los machos y manchando de sangre la media. Al tiempo que ajustaba, intentaba calibrar los daños. Si no llego a apoyarme en el morrillo, pensaba, me rebaña el hígado el hijoputa este. El bicho, me medía con sus ojos  maliciosos, como esperándome otra vez, para terminar lo empezado. Afortunadamente, una estocada, con toda la rabia que llevaba dentro, lo hizo rodar por el suelo en breves instantes.

El flujo de sangre de la herida es ya lento pero continuo. La taleguilla, la media y la zapatilla están ya empapadas en sangre. El público puesto en pie, aplaude en silencio, mientras cruzo la plaza, dejando ya, pequeños charcos de sangre sobre la arena. En las primeras filas del tendido, veo algunas caras contraídas por la impresión de la cogida y la sangre.

Ya fuera de la vista del público, se monta el follón de siempre. Todo el mundo nervioso, gritando y tratando de cogerte en volandas para llegar antes. Al llegar a la enfermería, Manolo, que es el más sereno, hecha a todo el mundo fuera, me desnuda rápidamente, en silencio, mientras gruesos lagrimones caen  por sus curtidas mejillas, y puedo al fin ver la herida. No tiene muy buen aspecto. Por el dolor intenso, casi puedo adivinar las trayectorias. Mientras los cirujanos inician su trabajo, intento hablar con Manolo, que llora en silencio.

– Joder, este hijoputa me ha jo-di-do las si-gui-en-… La anestesia está haciendo su efecto.

Al ayudante de quirófano, se le cae en ese momento un escalpelo sobre la bandeja metálica del instrumental, haciendo saltar todas las piezas. El agudo sonido del choque de metal con metal, me produce una última punzada de consciencia en el cerebro, y un dolor intenso. Después, la nada…

Me despierto medio abotargado todavía por la anestesia. La boca amarga, de tan seca; parece de esparto. Estoy lleno de tubos, sondas y goteros.

– ¿Que hora es? – consigo al fin articular.

– Las dos –me responde una voz que no reconozco.

– Me duele mucho. ¿No pueden darme un calmante?

– Ahora mismo aviso a las asistencias –responde la misma voz.

Una enfermera solícita, viene al momento con inyectables, y me los aplica a través de los tubos de los goteros.

Cada latido provoca en la herida una punzada de terrible dolor. Intento pensar en otra cosa: cuanto tardaré en recuperarme y cuántas corridas voy a perder; pienso  en mi mujer, en mis hijos…  Intento inspirar pausadamente, mantener el aire y volver a expirar lentamente. Intento planificar mi próximo cuadro… No hay nada que hacer, el dolor está ahí, omnipresente, invadiéndolo todo, anulándolo todo, desde el mismo centro de mi ser. La noche es interminable. El nuevo día, los calmantes y el agotamiento provocado por el dolor, traen al fin el descanso reparador…

                                                                                          Ulyses

 IN MEMORIAM.- Quiero dedicarle un recuerdo afectuoso a Manolo Brihuega, gran profesional y mejor persona, al que una desgraciada enfermedad impropia de su edad se llevó a destiempo.

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