ALVAR NÚÑEZ CABEZA DE VACA (1)


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PÁNFILO DE NARVÁEZ

LA DESASTROSA EXPEDICIÓN DE PÁNFILO DE NARVÁEZ

Nació en 1470, pero no se sabe con certeza el lugar; algunos historiadores han señalado Valladolid, pero parece más probable que fuese natural de Navalmanzano, Segovia. Hay  testimonios de autores coetáneos y es un apellido frecuente en la zona. Murió en el Golfo de México en 1528. Tomó parte en la conquista de Cuba (1512) a las órdenes de Diego Velázquez. Posteriormente fue enviado por éste a México para someter a Cortés, que le atacó en Zempoala, donde perdió su ojo izquierdo, lo hizo prisionero (1520) y lo mantuvo encarcelado tres años.

Cuando tras su cautiverio el derrotado capitán logró regresar a España, pudo elevar sus quejas ante el rey Carlos I, quien confió en él a pesar de su lamentable actuación y le encargó la conquista de Florida. Lo nom­bró Adelantado y Gobernador de todas las tierras entre el río Las Palmas (Rio Grande) al oeste y la península al este. Florida era la denominación aplicada a un territorio de límites indeterminados que ocupaba una gran parte del sur de los actuales Estados Unidos.

Al mando de cinco buques y más de 600 hombres, Narváez partió de San­lúcar de Barrameda el 27 de junio de 1527. El mal tiempo, las constantes tormen­tas y continuas deserciones en las escalas,  fueron menguando la fuerza de su expedición. Tras sus escalas en Santo Domingo y Cuba, se encaminó hacia las costas de Florida, con 400 hombres y 80 caballos. Entre los embarcados iba Alvar Núñez Cabeza de Vaca, como tesorero y alguacil de la expedición. En abril de 1528, una tempestad les obligó a desembarcar en la bahía de Tampa.

Narváez tomo pose­sión del país en nombre del Emperador Carlos I. Sus ofíciales le prestaron juramento de lealtad y se procla­mó Gobernador. Pudo desempeñar un papel de gran importancia para futuras expediciones, pero resentido y endurecido no intentó atraerse a los indios, al contrario, fue duro y cruel en su trato con consecuencias funestas, incluso a largo plazo.

A partir de ese momento demostró un carácter salvaje, comportándose como el modelo perfecto de españoles arrogantes y brutales de la Leyenda Negra protestante. Moviéndose hacia el interior con su  ejército, encontró unos indios a los que impresionó con su poder y logró hacerse amigo del cacique. Lo que este no sabía es que el capitán castellano estaba obsesionado por lograr éxito y riqueza como su odiado enemigo, Hernán Cortés.  Reaccionó ante la falta de oro con una brutalidad increíble. Ordenó que al cacique le cortasen la nariz, matando y des­pedazando luego a su madre, echando los restos a sus perros de guerra: mastines entrenados para la caza del hombre y equipados con armaduras defensivas. Eran el terror de los indios. Tras semejantes actos de crueldad marchó en dirección al norte de la Florida, dejan­do en los indios una imagen aterradora (que rápidamente se extendió entre las tribus) de lo que podían esperar de los extraños hombres blancos que llegaban en gigantescas canoas aladas.

Narváez decidió seguir la expedición por tierra, mientras mandaba su flota hacia el oeste en busca de un puerto seguro en el río Grande, que creía erróneamente cercano. A Narváez llegaron noticias de que cerca de la costa había una ciudad llamada Apalache, que guardaba importantes riquezas. Narváez se lanzó a su búsqueda, convencido de que pronto se encontraría ante un mundo de inmensas riquezas. Los indios esclavizados y obligados a servir de guías les condujeron cada vez más al interior, hacía una región de ciénagas, pantanos y lúgubres selvas.

Tras jornadas de dura marcha, bajo un bochorno inhumano, aplastados por el peso de armaduras, cotas de malla, arcabuces, ballestas, espadas y picas y sin apenas comida, se alimentaron de los caballos que caían agotados. Debían combatir con pequeños grupos de indios que les hostigaban continuamente. Cuando encontraron la ansiada Apalache,  resultó ser un conjunto miserable de chozas cuyos escasos pobladores, que habían huido, apenas mantenían un campo de maíz. Los pobladores regresaron cautelosamente a la aldea y se acercaron a los hombres que acompañaban al gigantesco guerrero tuerto. No sabían es que se enfrentaban a un hombre enloquecido por la sed de poder y riqueza.

Narváez aceptó las ofrendas de amistad que le hicieron los indios de Apalache, pero al igual que en Tampa, capturó al cacique y lo trató como a un rehén para lograr la sumisión del poblado. Calculó mal; las tribus de Florida eran valerosas y con experiencia bélica. Lejos de amilanarse, se alzaron en armas, atacaron a los conquistadores y llegando a quemar sus propias chozas para que no pudieran refugiarse en ellas.

El cacique informó a Narváez, de que en la región en la que estaban no había oro, pero que si continuaba hacia el sur, siguiendo el río Apalachicola, llegaría en unos nueve días al mar y podría dirigirse a tierras mejores. Narváez lo creyó y marchó hacia costa en otro viaje infernal. Hostigado de continuo por  los  indios, atravesaron una región pantanosa, llena de trampas mortales, desde animales salvajes a arenas movedizas. Tuvieron que desplazarse por peligrosas selvas, avanzando a veces por zonas pantanosas con el agua por la cintura,  bajo la amenaza de panteras y caimanes, sin comida y con parte de la tropa enferma de fiebres. Los expedicionarios ya no querían oro, solo anhelaban llegar a la costa y salir del infierno en el que se encontraban.

Regresaron al litoral y al no encontrar los navíos, continuaron la búsqueda del río Grande en cinco canoas improvisadas que volvieron a naufragar poco después de superar el delta del Mississippi. La mayoría de los expedicionarios murieron (incluido el propio Narváez) y los pocos  supervivientes, con Alvar Núñez entre ellos, desembarcaron en una pequeña isla, a la altura de Galveston (Texas), a la que denominaron Isla del Malhado, donde fueron hechos prisioneros por los indígenas.

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Narvarez-CARTEL CONMEMORATIVO

Placa conmemorativa del desembarco de la expedición de Narváez.

Debido a la extensión de este artículo, se publica en dos entradas. El Titulo de la segunda es “La gesta de Alvar Núñez Cabeza de Vaca”.

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