EL NARANJO

El poeta levantino Ibn Al Zaqqaq, debió de nacer hacia el final del siglo XI, cuando el Cid gobernaba Valencia. La mayor parte de los datos de su biografía son inciertos. Residió en diversos puntos de la geografía regional, con centro, en la reconstruida Valencia de los almorávides. Hay un precioso poema de titulo “Amanecer en la Marina” que me hace pensar en sus desplazamientos por el ámbito regional

Era sobrino del poeta de Alzira Ibn Jafaya, quien probablemente dirigió sus primeros pasos en el mundo de la poesía. Lo cierto es, que nos dejó una poesía maravillosa recopilada en un Diwan que tradujo al español el insigne arabista y poeta Don Emilio García Gómez. Una selección de esa poesía fue publicada por Ediciones Aitana de Altea, del buen amigo Pepe el “Barranqui”, al que tenemos que agradecer su labor de publicación de obras que de otra manera se hubieran perdido, y ello no siempre con provecho personal. Alguna vez se le tributará el homenaje que merece.

Hace algún tiempo, su bellísimo “Epitafio para mí mismo”, me inspiró este breve cuento (fantasioso) que les ofrezco a continuación.

cement. Estambul

Nunca alcancé a conocer el porqué de mi nacimiento en tan extraño lugar. Lejos de mi tierra, de la proximidad de mis congéneres y de los cuidados de primorosos agricultores. Fuera de mi ambiente, lejos  de las soleadas tierras de inviernos suaves y veranos restallantes de luz y calor mi probable destino debía ser un raquítico desarrollo y una muerte temprana. Pero no ha sido así.

Antes de continuar aclararé que soy un árbol y pese a lo extraño de mi nacimiento en el lugar que habito y las adversas condiciones en que mi vida se ha desarrollado, soy un hermoso ejemplar de naranjo que miran con envidia indisimulada, lo sé muy bien,  el resto de los habitantes de este extraño lugar.

La naturaleza, obra de Allah, en su inmensa sabiduría tiene caminos enrevesados y sorprendentes para que este milagro o ésta anomalía, según se mire, se pueda producir. Quizás en los excrementos de algún pájaro se encontraba la semilla que dio  origen a mi nacimiento. Quizás algún ser humano, en tiempos ya lejanos, comió en este lugar el fruto de mi árbol materno arrojando las semillas a continuación. Sea como fuere, lo cierto es que broté en un intersticio entre piedras talladas, casi sin tierra,  en forma de una pequeñísima y tierna varilla que se fue poblando de hojas y ramas luchando duramente con la piedra por conseguir el espacio vital, hasta llegar a mi estado actual.

Me encuentro en la ladera de una alta y fría sierra, desde la que se avista en la lejanía, tras una fértil llanura el azul Mediterráneo. Estoy próximo a una antigua aldea tan abandonada como el lugar que me sirve de residencia. El recinto está circundado por un alto tapial de piedra, a trechos semiderruido, al que da acceso una verja de forja que en tiempos debió de ser hermosa y hoy es una ruina herrumbrosa. Ocupan la mayoría del espacio pequeñas construcciones de piedra, algunas finamente talladas, pero en triste estado de abandono. Sobre algunas de ellas hay bustos humanos de blanca caliza, ennegrecida y carcomida por el paso del tiempo y los elementos.

Ha sido duro luchar con un clima adverso y con otras especies que invaden cada rincón de este lugar. Aliagas y genistas de flores amarillas y duras espinas; romeros y tomillos olorosos; estepas negras con sus grandes flores primaverales; hinojos de largos tallos; cantuesos, gamones, prímulas, espliegos, violetas africanas, madreselvas, yedras, espinos albares, que alimentan con sus rojas bayas a los pájaros en invierno, agracejos, saúcos,  serbales, zarzamoras, escaramujos… Cada uno de ellos busca en los resquicios de la piedra tallada de las  pequeños edificaciones, en los pasillos enlosados y en los muros, el camino hacia la tierra que les ha de servir de apoyo y de la que van a extraer el agua y el sustento.  Ensanchan las grietas en las que enraízan, facilitando la entrada del agua de las lluvias,  y así el material más frágil, lleva a cabo una tenaz labor de destrucción sobre la dura piedra.

¿Y qué decir de mis grandes compañeros? Hermosos cipreses, altos y negros, de porte serio y señorial,  que se mecen con elegancia al impulso del viento. Pinos,  de troncos retorcidos por los vientos, densa copa  y fuertes agujas, que perfuman con su aroma resinoso el ambiente en el estío. Algunas moreras de negros y jugosos frutos y dos hermosas palmeras en un rincón,  cuyo cimbreo compite en elegancia con los cipreses.

Sin embargo…, ninguno puede competir conmigo. Cuando la primavera me cubre de blanco azahar, ningún otro tiene la fuerza, la fragancia y la belleza de mis flores.  Y al llegar el otoño, mis ramas se cargan con un tesoro de doradas y dulces naranjas. Ninguno a mí alrededor se me puede igualar. Es por eso, estoy seguro, que me miran con envidia.

Pero lo que me extraña de este lugar, es que nadie, nunca, se ha acercado para disfrutar de mis flores y mis frutos. Abajo en los llanos mis flores son usadas para crear los más bellos ramos nupciales. Las jóvenes más hermosas hacen pequeños ramos que fijan en sus vestidos para perfumarse. ¡Y que diré de mis frutos! Apreciados por las gentes del llano e incluso, creo que por gentes de lejanas tierras, nunca un ser humano se acercó a probar los míos. Solamente los pájaros disfrutan de ellos cuando están en mis ramas y una vez que la madurez los lleva a tierra, sirven de alimento a las miríadas de insectos que pueblan este mundo.

Un pájaro  que me habita con regularidad en algunos periodos del año y que luego viaja hacia el sur a lejanos países, un pájaro muy sabio, ha podido  leerme muy recientemente, un texto grabado en la piedra del pequeño edificio en que enterré mis raíces y que me intrigó durante mucho tiempo. Son unos caracteres extraños que nunca pude yo solo descifrar y que al parecer vienen de tiempos en que otras gentes habitaban estas tierras. El texto es tan hermoso, que no resisto la tentación de transcribirlo:

De vuestro lado me robó la muerte,

inexorable ley de los humanos.

En ella os precedí; pero a la postre,

no tardaremos en hallarnos juntos.

Decid, por vida vuestra y por mi sueño:

¿no fue nuestro vivir una delicia?

Ore por mí quien por mi tumba pase,

Y pague a la amistad la fe jurada.

            IBN AL-ZAQQAQ

          poeta

     Nació en 494. Falleció en 533

       ¡Que Alá, bendito sea su nombre,  lo acoja en su seno!

 

¿Qué clase de lugar es este donde se tallan para la posteridad versos tan hermosos y nadie aprecia el aroma delicado de mis flores y la dulzura de mis frutos? ¿Adónde vine a parar? ¿Lo sabré alguna vez…?

 

 

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